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Deutschland ist nicht Spanien

Carlos Dávila
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Alemania se echa las manos a la cabeza ante las políticas fiscales de un Gobierno de España que trata de vender una falsa armonía

El líder socialista (d), junto al canciller germano, tras su reunión del pasado lunes en el Palacio de la Moncloa. - Foto: MARISCAL

Esta pasada semana, la fábrica de engaños e intoxicaciones varias de La Moncloa preparó un formidable aparato propagandístico para presentar al baranda Sánchez como número dos, o uno incluso, del binomio socialdemócrata europeo, Scholz y el propio jefe del Gobierno de España. Pero el chasco fue de los que hacen época. Por lo pronto, los periódicos más influyentes de aquel país se ocuparon mínimamente de la visita a Madrid de su nuevo canciller y despacharon el evento como una gacetilla a pie de página. Su resumen fue doble; por una parte, no hay ni una sola coincidencia en la modificación de las reglas fiscales que aseguran el Pacto de Estabilidad. Unos, los de allí, insisten en que el Pacto es la base de asentamiento económico e incluso político de la Unión, y los de aquí gimen reconociendo lo que siempre han ocultado: que «las reglas, textualmente, son difícilmente cumplibles». Sánchez dixit. 

Esta disparidad se entiende porque la estrategia de uno y otro Ejecutivo son antitéticas: Alemania, de la mano de su poderoso ministro de Finanzas, el liberal Christian Lindner, un tipo bragado que no está precisamente por el gasto desbocado modo Sánchez, se dispone antes de que termine este 2022 a bajar los impuestos, o sea exactamente lo contrario que pretende hacer el trío nefasto Sánchez-Calviño-Díaz. 

Por otra parte, Lidner y su canciller Scholz, el turista germano, exigen que se ponga coto a la deuda pantagruélica que soportan estados como España y al consiguiente déficit que arrastra. Encontrarnos en más de un 120 por ciento del Producto Interior Bruto es una invitación al suicidio. La coyunda social-leninista no ha dado una sola muestra de que tenga la menor intención de apretarse el cinturón y reducir los números gordos. En Alemana, fíjense, es lo contrario: el Gobierno de coalición de Berlín está constituido por 16 ministros, el ultraizquierdista de Sánchez nada menos que por 23. Dirán que esto al final es el chocolate del loro, y no, no lo es: todos los días España engorda su deuda en una estratosférica cantidad: 200 millones de euros. Me dicen periodistas que saben de estos asuntos que, cuando Scholz antes de llegar a Madrid repasó estas cifras se quedó a cuadros y con su mejor acento de la Baja Sajonia exclamó: «¡Das kann nicht sein! (¡Esto no puede ser!)». Y no puede ser. 

Es verdad, en todo caso, que el canciller alemán va repartiendo por media Europa algo parecido: ha estado en Francia, Italia, Bélgica, Polonia y los Países Bajos, antes Holanda, con un mensaje similar. Es la denuncia del patrón que suele pagar los desvaríos de los manirrotos del Sur. 

Presunta cumbre bilateral

Llegado a este punto y para que no se olvide el dato: el Gobierno español y sus adláteres informativos, cada día más activos, han pretendido retratar la breve estancia de Scholz en Madrid como un auténtico bombazo, un ensayo general con todo para una presunta cumbre bilateral que ni siquiera posee fecha en agenda alguna. Han ocultado lo dicho anteriormente: antes de aterrizar en Barajas el jefe del Gobierno alemán ha estado en otros cinco países. Así que de amigos preferentes, amigos para siempre tra-tra-tra, nada de nada.

Además, otro detalle para situar los resultados de la reunión en sus justos términos: no ha faltado diario alemán que se precie que no haya recordado que no existe ningún paralelismo entre las coaliciones de los dos países. 

Allí, el tripartito está compuesto por socialdemócratas moderados (el partido es otra cosa) liberales entusiastas del capitalismo ordenado, y Verdes, la tercera pata que, en verdad, representan muy poco. Aquí, ya lo saben, preside Pedro Sánchez Castejón y mandan los leninistas de Yolanda Díaz. ¿Pruebas? Muy recientes: la portavoz socialista del Ejecutivo ha terminado por proteger la insidia estulta del ministro Alberto Garzón sobre la calidad de nuestras carnes exportables. ¿Quién se ha tragado a quién?. Otra más: ha salido a la palestra una infumable Ley de Vivienda, que es todo un asalto pirata a la propiedad privada. ¿Quién se ha llevado el gato al agua en esta peripecia? En los dos casos, los comunistas.

Mercado energético

Deutschland ist nicht Spanien. Más constancias. No hay un solo punto de acuerdo en la reforma del mercado energético europeo. Alemania, que cometió la torpeza de cargarse las centrales nucleares por la presión insoportable de los socialdémocras de entonces, mantiene su terquedad sobre la fijación de precios y también sobre las compras conjuntas de gas. O sea, que no quiere ser el pagano de nuestras fiestas. 

En España, el camino se desvía: quiere cuotas bajas de coste soportadas por los ricos del Norte, algo ante lo que los germanos y otros países pudientes de Europa hacen literales pedorretas.

Y es que los alemanes serán muy amigos, pero a la hora de los negocios se ponen más serios que Lutero a las puertas de la Iglesia de Wittenberg. Además, no soportan que nadie les saque tonillo, es decir, sin ir más lejos, esa superioridad patológica con que Sánchez se manifiesta ante cualquiera que pase a su lado. Eso les estomaga. Del binomio de las SS, Scholz-Sánchez, ya han dicho que ad calendas graecas, que les va mucho mejor el trío de poder que se está abriendo paso en Bruselas: Scholz-Draghi-Macron. 

Al español ni está, ni se le espera mientras siga encamado con los comunistas, un partido, a mayor abundamiento, que está tan prohibido como los nacionalsocialistas en Alemania. En este país no se admiten las frivolidades que tanto se han pagado históricamente: ni discípulos afectos al asesino Hitler, ni seguidores del criminal Stalin que tuvo aherrojados, recuérdese el dato porque parece que nunca ha existido, nada menos que a cinco estados y ocupada y dividida la actual capital de la República Federal, Berlín. 

Fracaso, por tanto, de la épica visita que habían preparado con tanto esmero como sectarismo los ayudantes de Sánchez, fiasco que debería ser un aviso para los fastos de la Presidencia Española de la Unión Europea de este mismo año. Un programa que ha cogido en su mano el secuaz Albares. La tentación es idéntica: fotografiar a Sánchez como el gran patrón de Europa, como si antes de él nunca hubiera existido otro en el continente. Risas generales en los palcos de Bruselas.