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Juan Bravo

BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Mendigos

15/11/2021

Se llega a la mendicidad por muchas y muy variadas razones. Posiblemente, junto a la prostitución, sea la profesión (o la lacra) más antigua del mundo. Cada nación tiene sus pordioseros y éstos su método de pedir y en cada una de las tierras por el método de pedir son diferenciados y conocidos. Dice Néstor Luján que «los alemanes solían pedir cantando en tropa; los franceses, rezando; los flamencos, reverenciando; los gitanos, importunando; los portugueses, llorando; los toscanos, con arengas; los castellanos con fueros, pero con orgullo, siempre respondones y mal sufridos». Galdós cuenta, en Misericordia, cómo en el pórtico de la iglesia del Carmen, en Madrid, cada uno de los mendigos 'titulares' tenía su puesto y su preeminencia, y ¡ay! del que se atreviera a usurpárselo. Era la época de la profesionalización del vicio. Europa nos trató.
Hace años, en la estación del metro de Trocadero, en París, era célebre la presencia de un tullido cuyas taras y purulencias producían horror y compasión, traducidos en francos contantes y sonantes. Yo mismo me dejé seducir por su muda prédica, digna de una tragedia bélica,  pero, cuando, ya de madrugada, me apresté a coger el último tren antes del cierre, en una encrucijada de la misma estación, me di de bruces con él, y confieso que sólo lo reconocí merced a los adminículos, perfectamente diseñados, todos falsos de toda falsedad, que llevaba en la mano como el actor que, acabada la función, se despoja de su atuendo y regresa a su casa. Lo miré con cara de asombro; me miró con rictus cómico y, como esos augures que no podían encontrarse en las calles de Roma sin sonreír, porque ambos sabían que eran un par de mentirosos, no pude menos de felicitarlo alzando el dedo pulgar.
Lo que llevaremos visto en este ámbito: de todos los colores. Sin embargo, lo que el pasado miércoles vi frente a la estrada del Parque de Abelardo Sánchez de Albacete, en el arranque de Simón Abril, me dejó ojiplático (que decía mi amigo Paco Yedó), demostrándome a las bravas que, como dice el barbero de La Virgen de la Paloma, hoy las ciencias –y las desvergüenzas– adelantan que es una barbaridad. Junto a la acera y aprovechando el vano de un edificio, un individuo treintañero había montado su tingladillo, donde reclinado, solicitaba, despreciativo y ausente, la caridad del viandante, mientras él, como todo hijo de vecino, hablaba, Dios sabe con quién, por el móvil. Junto a la yacija, este joven mendigo moderno, tenía su bicicleta de carreras, con la que, al cabo, salió a hacer algún recado mientras dejaba su tingladillo tal cual.
Naturalmente, no pude menos de sonreír, imaginando que este 'innovador' del oficio, muy pronto, si no ya, solicitaría el óbolo del viandante por medio de tarjeta e incluso se permitiría hacer, a una hora determinada, su prédica, sus abluciones, comidas y meriendas, antes de echarse a dormir, recordando a la autoridad que viniera a molestarle, su derecho constitucional a una casa digna.
¡Qué distancia, querido Antonio Cebrián, de aquel 'pobre' con quien tan solícitos os mostrabais tus familiares y tú en la calle del Cornejo, a este 'induráin' de la mendicidad! Y pensar que, como advierte el propio ministro de Trabajo, faltan carpinteros, fontaneros, electricistas y hasta camioneros y especialistas en decenas de oficios; pero, nada, al parecer, como el deleite de no hacer nada.
Al paso que vamos, veremos agencias de pobreza, anuncios por palabras de pobres de solemnidad, solicitando lo que, en justicia, les corresponde, mientras ellos, como Diógenes, viven plácidamente y espetan al político de turno venido a hacerse con el la foto electoral, «apártate de mí, Satanás, que no me tapas el sol». Lo importante, queridos amigos, es el arte y no digamos la genialidad, y eso no se improvisa.