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José Luis Loarce

Con Permiso

José Luis Loarce


Runners

26/04/2022

Las Torres de Colón edificadas y restauradas desde arriba, la blanca cabeza alargada y perpleja de Plensa, el reloj de Castellana 1 como anotando la hora analógica de los miles de corredores abajo. La capital tomada por los runners en la gran cita maratoniana del país, ahora con el rótulo de la 'Zurich Rock'n'Roll Running Series Madrid', edición 44, a la altura de las grandes citas internacionales como Nueva York, Londres o Berlín. Enjambre de emociones, de abrazos a la llegada, de medallas por acabar los 42, los 21 o los 10 km, cargados de aplausos de la gente, de choques de manos, de selfis y videos, de agradecidos gritos de ánimo.
Héroes por unas horas, tienen las calles solo para ellos. Miden el asfalto con el sudor de horas y de madrugones para correr, entrenar, huir, escapar de ellos mismos, para retarse y comprobar si es cierto aquel título de un libro y una película triste que se llamó La soledad del corredor de fondo. Luchadores no del crono sino de la resistencia, fondistas, que se decía antes, cuando no se habían inventado todavía el footing ni el jogging, solitarios y necesarios iconos de la moda y las marcas deportivas, abnegados deportistas que miran sin ira a etíopes y keniatas volar etéreos sobre las marcas como gacelas con alas. Siento hacia estos locos seres llamados runners una suerte de emocionada y envidiosa admiración. 
Este domingo rodeaban la Puerta de Alcalá, 'ahí está, ahí está', como un borbotear de color en oleadas venidas de cualquier sitio, de todos los sitios, amurallando el Retiro y negando la ciudad al ruido y al tráfico; en una suerte de venganza matinal, inocua pero simbólica, altiva y retadora, mítica como la ciudad griega que dio nombre a la prueba, emocionante en su trotar hacia la meta que anunciaba la diosa Cibeles. Allí esperábamos a Adrián en el debut ilusionado de su Media maratón, el teatro colectivo de un sueño hecho de esfuerzos transferidos desde otros deportes a este: acaso el más puro, el más noble, el más épico, el más generoso. Y allí, después, al final de la meta, enmedallado como todos, contenidamente eufórico entre una nube de agotamientos que no se notan y fotos que no terminan. 
Y me vienen los años setenta, cuando la Transición democrática nos sacaba libres a las calles y nacían los maratones populares por todas las ciudades (aquí, nuestro Quijote Maratón) como expresión de un nuevo tiempo, y correr era un ejercicio de libertad. Hoy es un espectáculo y una industria, un alarde organizativo y mediático que apasiona cada vez a más. En esa mañana radiante de abril me parecía sonar la banda sonora cinematográfica de Vangelis a modo de carros de fuego tirados por el corazón, anegados de metas alcanzables.