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Juan Bravo

BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


La guerra de Putin

14/03/2022

Antaño las guerras las hacían los ejércitos, en tierra o en el mar, en tanto que las mujeres, niños y ancianos permanecían a salvo en sus pueblos y en sus casas esperando el desenlace de la batalla. Había, bien es verdad, excepciones, los célebres sitios de Numancia o Sagunto, por poner sólo dos ejemplos. La Guerra Civil Española, con la salvajada de Guernica y los bombardeos de Madrid, marcó un hito en la historia de la Barbarie. De entonces acá el horror, que alcanza su punto álgido en Hiroshima y Nagasaki, se institucionaliza, de tal modo que es la población civil la que arrostra los peores horrores de la guerra.
Estábamos acostumbrados a la 'barbarie sublimada', pero, mientras en lo bello y en lo bueno rara vez se superan los límites establecidos, en la maldad y en la crueldad no hay día en que no se superen. Creemos estar saciados de horrores, que decía Shakespeare, y sin embargo, las líneas rojas establecidas constantemente se llevan más allá, superando los límites de la humanidad, las convenciones y acuerdos de Ginebra o de quien sea. Lo vimos en Vietnam, lo vimos en la guerra de los Balcanes y lo vemos estos fatídicos días en la guerra de Putin contra la hermosa Ucrania.
Acabar con el nazismo de la clase dirigente ucraniana a base de cañonazos contra centrales nucleares o contra hospitales es un sinsentido sólo comparable al que Jarry expone en esa farsa grotesca que lleva por título Ubu rey, que muy bien podría ser el ideario oculto de Vladimir Putin: «Los mataré a todos, y luego me iré». «Rusos, no sólo habéis cruzado el límite de lo que es admisible en las relaciones entre Estados y pueblos, sino que habéis sobrepasado los límites de la humanidad», clamaban el pasado martes las autoridades (o lo que queda de ellas) de esa nueva ciudad mártir de Mariúpol, contemplando lo que quedaba del hospital pediátrico de la ciudad tras ser bombardeado sin contemplaciones por los aviones y cañones rusos. En esta misma línea, el presidente ucraniano Volodimir Zelenski (convertido en héroe nacional por méritos propios) denunciaba la atrocidad perpetrada en Mariúpol (vista por el mundo entero excepto por el propio pueblo ruso), donde, aseguró, «hay gente, niños, bajo los escombros». Y, acto seguido, en un gesto de absoluta desesperación e impotencia, se dirigía a la comunidad internacional en estos términos: «¡Cuánto tiempo más seguirá el mundo siendo cómplice e ignorando el terror? ¡Declarad ahora mismo la zona de exclusión aérea! ¡Detened la matanza! Tenéis el poder, pero parece que estáis perdiendo humanidad». Y ahí siguen, en el momento en que escribo estas miserables líneas, 400.000 seres humanos cercados, sin agua, sin luz, sin calefacción, soportando temperaturas de -10 grados, sin medicinas, sin víveres… Otro puto horror, ante nuestra impotencia, y mientras este nuevo diablo del Kremlin, bien comido, bebido y mejor dormido, suelta una tras otra las tópicas mentiras extraídas del viejo manual de Stalin.
«Nos quiere exterminar», advertía el propio Zelenski hace unos días. Y es la verdad. La forma de cañonear los edificios, las escuelas, los hospitales, las centrales eléctricas, con la inaudita excusa de que sirven de refugio a los nazis y a los que andan preparando armas químicas (otra vez la vieja patraña) contra el pueblo ruso, cuando es precisamente el ejército ruso el que está haciendo uso de armas prohibidas, es un insulto a la inteligencia del ser humano.
Hacía tiempo que las gentes de buena voluntad no sentían este sentimiento de impotencia ante un loco fanático y su camarilla, mientras ven cómo los que podrían dar un puñetazo en la mesa y decir «hasta aquí hemos llegado» permanecen pasivos, prudentes y acojonados (digámoslo de una vez) ante el arsenal atómico ruso, probablemente obsoleto como sus mentes, y limitándose a imponer medidas económicas contra Rusia; medidas de cuya efectividad no dudamos, pero ¿qué habrá sido de ese valeroso pueblo ucraniano para cuando surtan su efecto?