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José Luis Loarce

Con Permiso

José Luis Loarce


Conventos y cobertizos

27/09/2022

Nuestra relación con los lugares y las ciudades siempre es un misterio por elucidar. Un cruce entre asombro incondicional, amor imposible y deseado desencuentro. Una extrañeza sin explicación que con el paso de los años se hace más densa, más intermitente. Porque vas a Toledo y no eres turista, sin dejar de serlo, tampoco el buscador de arte contemporáneo que parece incompatible con la vieja ciudad imperial. ¿O acaso sí eres todo eso, y un poco más, cuando te dejas llevar sin norte aparente, confiado al vaivén vertical de sus calles pulidas de sombra y siglos?
No querría caer en la hipérbole sobre una ciudad como posiblemente no haya otra en el mundo, tan mestiza de historia y religiones, levítica y cardenalicia, tan presa y orgullosa de glorias diversas como para atraer al Greco o, en los años veinte del siglo pasado, a Buñuel y su cuadrilla de artistas, dipsómanos de nuestra vanguardia, locos inventores ellos de la Orden de Toledo. Ese Toledo que se ha defendido del tiempo y la decadencia, de esa especie de belleza flamígera y fluvial, y que de pronto hace brotar como de la nada, en medio de un valle seco y lunar de las afueras, un parque temático de marca francesa, Puy du Fou, que arrastra gentes como un flautista de Hamelín al uso, donde la Historia es mágica fantasía que camina sobre las aguas y brota del fondo del mar o una ensoñación dentro de otro sueño más profundo.
Pero uno se ha despertado de pronto, sin saber, braceando en otras calles más hondas, en un Toledo taladrado por los agujeros del tiempo, por donde no transita casi nadie. Tan cerca y tan oculto. Por el hueco de luz del cobertizo del Monasterio de Santa Clara, se recorta la silueta —una auténtica fotografía en blanco y negro— de dos monjas del cercano Convento de las Comendadoras de Santiago, camino de su tiendita de dulces y de los veintitantos niños de su guardería, tras el cobertizo de Santo Domingo el Real, desembocando en la minúscula plaza del mismo nombre, bajo el sonido de las campanas y de un silencio que no se puede contar. El mismo rumor que escuchara Gustavo Adolfo Bécquer e inspiró su espíritu romántico y la leyenda de Las tres fechas, como recuerdan varias placas desde 1915, o enfrente la lápida conmemorativa del discurso en este lugar del escritor José Ortega y Munilla, abril 1922.
Tomo del libro de Gómez Aragonés, Toledo. Biografía de la ciudad sagrada (La Esfera de los Libros, 2022), la cita de Gregorio Marañón, otro gran enamorado de la ciudad, cuando escribió que todo puede pasar «en los recodos de las callejuelas toledanas, en sus cobertizos, en sus claustros, en sus subterráneos mitológicos…». Donde es posible que no lleguen las apresuradas visitas guiadas, solo los seres perdidos.