Recuerdo del «excepcional» don Marcelo

J.S.
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Hoy se cumplen 15 años de la muerte del cardenal y arzobispo de Toledo durante 23 años, una de las figuras más relevantes de la Iglesia. Su secretario durante cuatro décadas recuerda emocionado a quien «respetó a todos»

Santiago Calvo eligió la inscripción de la sepultura de don Marcelo en 1998, seis años antes de que falleciese el cardenal, en ella se destaca su amor ferviente «por la Iglesia y por todos». - Foto: Víctor Ballesteros

Don Marcelo se fue hace ya 15 años. Hoy 25 de agosto de 2019 se cumple el 15 aniversario de la muerte del cardenal Marcelo González Martín, uno de los arzobispos más queridos y carismáticos de la diócesis de Toledo, donde ejerció durante 23 años, de 1972, cuando llegó a la capital regional procedente de Barcelona, hasta 1995.
Se trata de uno de las figuras más relevantes de la Iglesia católica y de la Historia española reciente, clave en la Transición, además de uno de los ‘padres’ del concilio Vaticano II, que aplicó en Toledo, además de ser amigo del papa Juan Pablo II. Una persona que ha dejado una huella imborrable en la diócesis toledana, por su carácter y por sus obras. Queda patente al charlar con el exdeán de la Catedral Primada, canónigo y secretario personal del purpurado durante 43 años, desde su consagración como obispo de Astorga en 1961 hasta su fallecimiento el 25 de agosto de 2004. Santiago Calvo recibe a La Tribuna en el archivo cardenal Marcelo González Martín de la seo metropolitana, situado en el claustro superior, una estancia pequeña y plagada de fotos y de documentos escritos por el fallecido.
Lo más probable es que no haya nadie que conozca mejor al religioso que don Santiago, quien, con su gesto y sus palabras amables, recuerda emocionado a un hombre «excepcional». «Respetó a todos y practicó en su vida lo que predicó. No hay nada más importante que sus obras y en la diócesis de Toledo son más que evidentes», enfatiza.
Obras que han sido ampliamente recordadas en estos 15 años, con un mayor reconocimiento a medida que pasa el tiempo. Aunque menos común es trazar un perfil más humano de don Marcelo. «Era muy tímido, aunque la gente creía que no, y también tenía mucho carácter», comenta.
Cuesta creerlo al ver algunas de las fotos del cardenal, conservadas en su archivo. Son de la etapa de estudiante en la Universidad de Comillas. En ellas aparece disfrazado, participando en algunas obras de teatro. «Era un gran comediante», comenta don Santiago, añadiendo que «cuando vencía la timidez ya no había quien le sujetase».
Tras sus etapas como obispo de Astorga, donde se le recuerda con inmenso cariño, y arzobispo de Barcelona, donde estuvo seis años, llegó a Toledo. Aquí son numerosas las referencias a él. Por ejemplo en la Catedral, donde permanecen sus restos mortales, en la capilla de San Ildefonso, patrono de Toledo. Una capilla cerrada que este periódico recorre junto a don Santiago.
Nada más abrir sus puertas, son numerosos los visitantes que intentan acceder. Entre ellos una señora que recuerda al cardenal. «Mi sobrino se llama Ildefonso y está en las misiones y en la familia tenemos un gran afecto a don Marcelo», comenta. También unas hermanas religiosas que llegan procedentes de una congregación de Madrid.
También hay referencias a él en la placa que refleja la visita del papa Juan Pablo II a la Catedral, así como en el Altar Mayor y en los dos lugares de la seo donde quedan reflejada una pequeña inscripción de todos los arzobispos de Toledo. En la propia sepultura, que eligió Santiago Calvo en 1998, cuando don Marcelo atravesó una crisis de salud, aparecen referencias a sus grandes logros, destacando una frase al final: ‘Amó fervientemente a la Iglesia y a todos’.
El canónigo recuerda que han sido muchos los homenajes que ha recibido don Marcelo, por ejemplo el año pasado con motivo del centenario de su nacimiento, pero insiste que él nunca los buscó, aunque siempre se mostró muy agradecido. «Practicó en su vida lo que con frecuencia decía a sacerdotes y seminaristas. Tenemos que ser sembradores del bien sin preocuparnos de recoger la cosecha. La buena semilla, bien sembrada, siempre produce frutos. Nosotros sembramos, otros recogerán».
Apunta otra anécdota, cuando en 1986 cumplió sus bodas de plata de obispo y recibió una carta del papa Juan Pablo II. Una misiva «muy afectuosa, llena de elogios a su persona y a su trabajo personal». Antes de la bendición final, recuerda el exdeán, la carta terminaba con las siguientes palabras: ‘Sigue adelante por el camino emprendido para gloria de Dios en el servicio de la Iglesia’. «Esto era una aprobación de toda la obra de don Marcelo. Una persona muy cercana le preguntó si le habría gustado la carta del santo padre y él respondió que sí, que el papa le quería mucho y era siempre muy generoso con él. Pero añadió: Eso es importante, aunque lo verdaderamente importante es que Dios sea misericordioso conmigo cuando me llame ante su presencia».
Calvo acompañó a don Marcelo de principio a fin en el Concilio, así como en los cónclaves donde fueron elegidos Juan Pablo I y Juan Pablo II. Recuerda cuando el purpurado leyó un periódico en Madrid donde se deslizaba que podía haber sido papa, que había recibido votos. «Soltó una de sus expresiones espontáneas y no dijo nada más. Yo tuve la sensación de que allí podía haber pasado algo», comenta.
El recuerdo permanece vivo, pero también toca hablar de presente. Preguntado sobre lo que diría don Marcelo sobre la situación actual del país y de la Iglesia, Calvo sostiene que era una hombre con las ideas claras. «De esto no hablo. Hablo de lo que viví en los 43 años junto a él. En su vida tuvo momento fáciles y alegres y momentos difíciles, por no decir muy complicados. Actuó y habló siempre obrando en conciencia y con plena libertad de espíritu sin dejarse llevar por las alabanzas ni acobardarse ante las dificultades. Habló y actuó siempre con respeto a las personas y con plena libertad para hacer lo que creía que tenía que hacer y para expresar su juicio contrario para lo que creía que tenía que ser corregido. Respetó a todos, autoridades y fieles anónimos, con verdadero amor y sin acobardarse ante nadie», concluye.