Vivir con el alma desollada

David Casillas
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Ya está en las librerías 'Nuestro corresponsal en el vacío', de Dimitri Verhulst, un escritor transgresor capaz de despertar conciencias

Vivir con el alma desollada

Apareció recientemente en el inflacionado panorama literario español un título que bien puede distinguirse de la mayoría por original, incómodo e intenso, entre otras singularidades. Su autor es el flamenco Dimitri Verhulst, su título es Nuestro corresponsal en el vacío (Bunker Books), y su lectura es aconsejable para el lector que busca algo diferente, esa literatura que a veces duele porque sangra.

Con mucho de autobiográfico, Verhulst trasvasa a este libro la angustia vital (en la que a veces se siente incómodo, a veces atrapadado, a veces desesperanzado, sin ánimo o sin fuerzas para salir de su pozo) de un escritor alcohólico, cocainómano, noctámbulo e inadaptado, que siendo consciente de esos graves problemas no quiere o no puede salir de ninguna de sus adicciones.

Y todo eso lo cuenta abiertamente, sin tapujos, sin vergüenzas y sin moralinas, como dando testimonio del suicida devenir de quien lleva mucho tiempo asomándose a un abismo que comenzó a cavar un padre también alcóholico que murió muy joven de cáncer.

No hay intención de redención (quizás sí de advertencia, aunque eso debía confirmarlo el autor) en la crónica que, a modo de diario muy libre, escribe casi con su sangre un hombre inteligente que parece necesitar vivir asomándose al vacío sin barandilla y sin red. 

Duele leer frases tan brutales, tan oscuras, como «si logro congraciarme con mi dolor, no estaré solo nunca más» o «la depresión es una enfermedad, no necesita una razón específica, eso la diferencia de la infelicidad», porque denotan la derrota que sufre un hombre (y un poco con la de él la de toda la humanidad) que siendo consciente de sus enormes problemas ha tomado el camino de la deserción, de tirar la toalla, en vez del de la lucha.

Dimitri Verhulst vive (o malvive) con el alma desollada, arrastrando su cuerpo y muchas veces su dignidad (su alma) por inframundos no poco poblados, en una especie de mundo paralelo y opuesto al recomendable por la OMS, la familia y el médico de cabecera, y cuenta esa travesía sirviéndose de una literatura descarnada que no necesita de metáforas, ni las quiere.

Es como un ser humano hecho no a imagen y semejanza de Dios sino de alguna criatura maldecida que vive en una autodestrucción constante, en la que asoman algunos momentos de conciencia del daño que se hace a sí mismo... que de nada le sirven para dar un volantazo.

Ajeno a convencionalismos e hipocresías sociales, con permiso para ser absolutamente incorrecto, no desaprovecha Verhulst la oportunidad de despellejar a esa sociedad farisea que a él le ha despellejado, a medias resentido, a medias para hacer una especie de justicia propia que convive con la venganza.

Puede que en algún momento se intuya algún exceso gratuito, algún postureo forzado para ser más el personaje construido que la persona retratada, pero en el fondo de este libro, y también en su superficie, late el constante dolor de alguien profundamente humano que no sabe cómo salir de su tragedia y que se ve obligado a convivir con una humanidad que en muchos casos le asquea.

En un libro que pierde algo de fuerza conforme se acerca al final, y eso es inevitable porque mantener la brutal fuerza de su inicio es casi imposible, Verhulst delinea la crónica en presente de una vida devastada a la que, de vez en cuando, parece querer dar la enésima oportunidad... por mucho que sepa que no va a ser constante en hacer de salvavidas propio.

Nihilismo, desencanto, denuncia, rabia y mucha humanidad doliente se dan cita en este libro que no dejará a nadie indiferente.