85 días de espera para el abrazo más deseado

Pilar Muñoz
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Ángel y Guadalupe han sido de los primeros padres de residentes en Centro Guadiana II queque han podido reencontrarse con su hijo y vivir un momento de besos, lágrimas y risas

85 días de espera para el abrazo más deseado - Foto: Tomás Fernández de Moya

No pudieron pegar ojo en toda la noche pensando en el reencuentro con su hijo. Desde hace casi tres meses Ángel y su mujer Guadalupe no han podido ver a su hijo, que se encuentra en el Centro de Atención a Personas con Discapacidad Intelectual Grave Guadiana II de Ciudad Real. «No lo veíamos desde el 8 de marzo», dice con énfasis en declaraciones a La Tribuna Ángel Arreaza, evidenciando que tiene muy presente cada uno de los días que el coronavirus les ha privado de la oportunidad de estar cerca de su hijo Ángel, de 25 años, que tiene síndrome de Down.
«Cuando hemos llegado a la residencia y hemos visto a nuestro hijo nos hemos fundido en el abrazo más anhelado de nuestras vidas. Ha sido un momento indescriptible en el que han aflorado los sentimientos, las emociones y no hemos podido contener las lágrimas», relata Ángel Arreaza, quien añade que también «ha habido risas», sobre todo cuando vio «el premio como el dice» que le llevaron: jamón  del bueno del que dio buena cuenta. «Le gusta muchísimo», cuenta el padre sin dejar de sonreír y sin poder ocultar la emoción por volver a estar con su hijo. Nada más recibir el pasado viernes un mensaje del centro indicándoles que se reanudaban las visitas, solicitó cita y ayer, primer día de la reapertura, acudió con su mujer para ver a su hijo.
«Han sido tres meses larguísimos   por el distanciamiento impuesto a consecuencia de la pandemia. Lo hemos pasado muy mal, sobre todo cuando supimos que muchos de los residentes habían dado positivo. Por fortuna, mi hijo dio negativo y ha sido muy consciente desde el primer momento», explica Ángel Arreaza, quien añade que los responsables del centro «nos han tenido muy informados» desde el primer momento.
Su hijo ha estado aislado en su módulo para evitar que se contagiara.  La residencia Guadiana II de Ciudad Real «es muy grande, tiene jardines y mi hijo ha podido salir al aire libre. Sólo permaneció en su módulo aislado cuando el foco (la epidemia) estaba en su apogeo. Pero podía ver la tele y jugar en la sala de juegos», específica.
Al principio de la pandemia podían hablar por teléfono con su hijo, pero con el aislamiento se cortó esta vía de comunicación porque no podía ir a la centralita como medida de prevención. Después pudieron realizar videollamadas.
Ángel Arreaza también tiene palabras de agradecimiento para con la trabajadora social que les mandaba fotos de su hijo, que «ha tenido un comportamiento ejemplar», dice con orgullo el padre, quien indica que su hijo lo comprende todo y se expresa bien. «Nada más vernos ha gritado ¡mi padre, mi madre’ y enseguida ha preguntado por su hermano pequeño. Le echa de menos. No ha podido venir porque tenía un examen». Mario tiene 20 años y está a punto de acabar segundo de la carrera de Matemáticas. «Los dos hermanos se echan en falta, se quieren mucho y no se ven desde Reyes», lamenta el padre.
Ángel hijo ansía verlo pronto. Los fines de semana tenían la costumbre de llevárselo a casa, a Bolaños, y «no lo ha olvidado. Nos ha dicho el sábado después de que tome el chocolate con churros o magdalenas nos vamos a casa». Le he dicho que de momento no puede ser, que no dejan y lo ha entendido», dice el padre. Mientras tanto sueña con la apertura de la piscina. «Me ha dicho que pronto van abrir en el centro la piscina. Está deseando porque le encanta el agua y le viene muy bien para que se ejercite», dice Ángel Arreaza, muy apegado a su hijo y éste a él.