PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


Montes de enero

04/12/2020

En el corazón de la España central, mesetaria y dura, de inviernos heladores y páramos de ventisquero, existen unos montes prodigiosos y providenciales. El rey Alfonso, el Onceno, injustamente olvidado por la historia, gran conocedor de sus reinos, buen cazador y escritor de certero tino y agudo mirar, los bautizó como ‘montes de enero’.
Son montes más de carrasca que de roble, que buscan las honduras de los barrancos y los refugios de las cárcavas. Más de solana que de umbría.
Muchos de sus árboles, aun cuando sus congéneres como robles y chaparros y en general toda la especie sí lo hacen, no pierden la hoja y la mantienen todo el año. Algunos quercus tienen esa rara virtud.
Estos bosques se convierten a partir de ahora, cuando las inclemencias del tiempo se extreman, por esa característica que les confiere una mejor condición de abrigo y porque suelen ocupar algunos minúsculos microclimas locales algo menos gélidos, en el mejor de los refugios para las especies salvajes, tanto de caza menor como de ungulados de mayor porte, como corzos o jabalíes. Preservarlos resulta esencial para nuestra fauna, tanto cinegética como protegida. El Onceno, como buen observador, bien lo sabía y por eso señalaba la conveniencia de cazarlos cuando el frío apretaba para obtener los mejores resultados.
 Sus observaciones resultan tan certeras que incluso han alumbrado a los científicos de hoy. Por ejemplo, cuando los de la Fundación Oso Pardo, proverbial en la recuperación del oso parto en la Cordillera Cantábrica, observaron que algunas osas con crías del año se resistían a invernar e incluso algunas no lo hacían Pues aquello estaba anotado ya en el libro de aquel rey en la primera mitad del siglo XIV. Y no daba mala razón. Los cachorros la incomodaban en la guarida y no la dejaban dormir. Por cierto, da cuenta también de donde logró cazar un plantígrado en nuestras tierras. Nada menos que en Sopretán. Sí, ahí, donde el monasterio, en Torre del Burgo, a la vista de Hita.  
 Alfonso XI no fue un mal rey y en lo suyo se supo manejar. Fue quien acabó con el último intento del integrismo islamista de recuperar al-Andalus, por parte de los benimerines, sucesores de los fanáticos almorávides y los aún más terribles almohades, derrotados en las Navas, venciéndolos en la batalla del Salado y dejando reducido ya el poder musulmán al reino de Granada. El Onceno murió de peste mientras cercaba Gibraltar.
 Ello es más o menos conocido, cada vez menos, pues la historia de España se estudia ya poco y en ocasiones en contra y al revés, pero quien a mí me hizo conocer su obra y sabiduría venatoria fue un buen amigo, a quien con estas líneas quiero también rendir homenaje y que unió siempre a su condición de avezado y respetuoso cazador el ser también un gran estudioso del arte venatorio y un profundo conocedor de la obra escrita en los siglos anteriores. Lorenzo llegaba y lo hacía con esmero los viejos y hermosos libros, que eran las joyas de su biblioteca. La maldita pandemia se lo llevó y hoy quiero yo tenerlo en el recuerdo de los buenos días en el monte junto a él y como me señalaba aquellos montes de enero que hoy siguen siendo refugios invernales de la caza.
 En la provincia de Guadalajara algunos hay y, aunque no hayan leído el ‘Libro de la Montería’ de Alfonso XI, conozco yo también a algunos avezados monteros y rehaleros de hoy que los tienen en la memoria y en su particular saber. Diré el nombre de uno que ha pateado todos los montes de Guadalajara, bastantes de Cuenca y no pocos de Toledo y Ciudad Real, Isidro Martínez Sanz, con piernas de alambre y olfato de jabalí, quien gusta de dejar plasmadas sus experiencias en libros. Hace ya un tiempo que tuvo la buena idea de ponerse tal reto y tal meta y lo está superando con nota. Sabe de lo que habla, lo lleva en el corazón y lo desparrama con tranquila sencillez. Así que como supongo que les será muy difícil encontrar ese libro del viejo rey castellano pues si quieren echarles un vistazo a algunos del ‘Isi’, no se arrepentirán. ‘Peludo’ y ‘Taimado’, que es el último publicado. Por su título intuirán que van y de las dos grandes pasiones de Isidro, sus perros y los jabalíes.