Comentario Dominical

Miguel Ángel Jiménez


Una esperanza de eternidad

04/12/2020

Se puede vivir sin esperanza? ¿Sin deseos? ¿Sin sueños? Sí, se puede vivir sin nada. Sin proyectos, sin anhelos, sin afectos ni apegos. Se puede ser pobre de todo, incluso siendo rico. Se puede no tener ni siquiera a nadie con quien vivir. La pobreza es no tener ni esperanza ni futuro ni a nadie con quien compartirlos. Se vive mal, muy mal sin el último recurso con el que es posible movilizar una vida porque ella, la esperanza, es lo último que se pierde y lo único verdaderamente irremplazable. Y entonces, correr, no pensar, no pararse, seguir sin dirección alguna. Vivir para nada y sin nadie. En su ausencia, la de la esperanza, todo es gris, todo conduce a la muerte. Ella, la esperanza, da horizonte y sentido: los ojos brillan, el corazón vive caldeado. Tiene hogar. 
Una esperanza más inmediata, la de proyectos que van tomando cuerpo cotidiano, que se van realizando, cumpliendo: la del esfuerzo de cada día, la de las aficiones, los gustos, los placeres, los proyectos… Y otra, la esperanza de eternidad que es la que sostiene todo.  ¿Qué sentido tiene vivir cada día, esforzarse, ir cumpliendo sueños si todo queda aquí? ¿Qué esperanza vivimos si cuando muramos lo único que encontraremos será la nada y de nada seremos conscientes? Se apagará la luz y… fin. Lo único que mueve una vida es la esperanza, la cotidiana, la de cada día, la de las alegrías cumplidas y la esperanza de eternidad, fuente y raíz de la primera. Si falta cualquiera de las dos, todo pierde su sentido, pero, ¿hay tantas cosas, tantas personas por las que vivir? Cada gesto, cada situación, cada proyecto, cada sueño, cada persona nos da una razón y la razón para vivir.