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José Luis Loarce

Con Permiso

José Luis Loarce


Efecto mariposa

14/06/2022

Tenía totalmente abierta la hoja corredera de la ventana y esa mañana se posó en el filo blanco y vertical del marco interior. Nunca una mariposa había ascendido dos alturas y cruzado la terraza hasta casi entrar en su estudio. No movió las enormes alas plegadas, hasta que él, sigiloso, armó el móvil para la foto, «se iría antes de dejar la huella en el circulito de la pantalla y atraparla en imagen» —huella del crimen que se comete al fotografiar: matar el alma—, pensó, pero no, incluso le dio a tiempo a componer el plano en vertical y que, para ver la proporción, apareciera también el pequeño termómetro-souvenir que uno de sus hijos les trajo de una excursión a Santander y adornaba el hueco exterior. «¿Y si la intentara coger antes que volara?». Con la ilusión o la sorpresa de un niño que nunca había cogido mariposas, ah, sí, un muy soleado verano por el Bosque de Irati salían tantas al paso que era difícil no llevarse alguna, blancas, casi verdes, transparentes en su levedad, entre las páginas de aquel libro de viajes navarricos. Y la cogió con temblor, temeroso de que sus alas se disolvieran como un pensamiento en el fragor de la siesta y espolvoreasen su pigmento por la agresión a aquel insecto volador, pintado por la primavera de oro viejo y pinceladas negras sobre fondos rojizos y verdosos. De pronto, sin saber cómo, tenía en la mano un bote de cristal, especie de prisma de diez lados, con tapa metalizada, y la mariposa ya dentro, agitada, sin poder desplegar completamente sus alas, posando en algún instante para que pudiera fotografiarla a través del cristal de aumento del envase sin marca comercial, que antes habría contenido pepinillos en vinagre o alguna mermelada artesana. Tardó poco en decidirse a soltarla y ver que su corazón voló alegre con ella hacia los floridos melias del jardín de enfrente… 
A la mañana siguiente, cuando regresaba del paso por Moledores vio sorprendido —«no es posible»— que la misma mariposa se cruzaba con él, saliendo de entre el muro de adelfas de color rosa, huyendo acaso del veneno traidor que esconden. Luego se tomaba una cerveza helada en el kiosko-bar, mientras leía el periódico bajo un enramado de plataneros sucios y un abeto ladeado, mientras en la mesa de al lado tres chicas italianas parloteaban ruidosas como si estuvieran en el Trastévere. Y él, en su extraño y fugaz 'efecto mariposa', deseó entonces ser columnista para manufacturar un artículo literario, que como escribe Manuel Vicent «es un ejercicio de puntería muy psíquico» y donde a veces se destila «el licor profundo de un verso», recordando de paso cuando entrevistó al pintor Gregorio Prieto en una exposición suya en la galería Biosca, y al fondo colgaba el retrato de Walt Whitman con su «barba llena de mariposas», como decía el poema de García Lorca.  

ARCHIVADO EN: Santander, Selva de Irati