PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


De vuelta con las grullas

26/02/2021

He vuelto a la ciudad y esta vez para quedarme por un tiempo. Me he ido cuando también se estaban yendo las grullas. Los primeros escuadrones comenzaron a pasar rumbo al norte hace ahora ya dos semanas y desde entonces el paso ha sido continuo. El pasado martes, desde los altos de Miravalles, sobre el Tajo, en los que me encontraba su clamoreo en los cielos sonaba incesante y cercano. Volaban hacia el norte y sabemos cuál era su siguiente parada pues se dirigían hacia tierras aragonesas, cruzando sobre el señorío molinés para ir a aterrizar a la laguna de Gallocanta donde ahora las hay por decenas de miles. Es su estación tránsito, a la ida y a la vuelta. De vuelta a casa, una de sus últimas formaciones, ya de atardecida ha girado en círculo, reagrupándose justo sobre la vertical de la cabaña y yo he querido interpretarlo como despedida.
Han sido dos meses, y no voy a decir que largos, sino hermosos. Me los llevo dentro y los atesoraré con nostalgia. Vividos en soledad, en la buena compañía de mi perrete, Thorin, que ha pasado de cachorro a mozalbete montaraz y donde no nos ha faltado, en verdad, de nada. Ni un bloqueo de diez días por una inmensa nevada. Ni lluvias, ni nieblas, ni cielos de azul lavado y atardeceres de luz filtrada y soles de sangre y rosa.
 Vuelvo con el reposo y la fuerza de la tierra, de mi tierra, en mis corrientes y con sus sonidos, que no ruidos, serenándome el ánimo y los pulsos. Regreso a la ciudad al tiempo que las grullas a la tundra. Ellas van al lugar donde nacieron y allí nacerán en el verano ártico, de extrañas noches donde el sol no se pone nunca del todo.
 Me gustaría un año acompañarlas, pero ahora me conformo con poder comenzar siquiera a recuperar las sencillas cosas que este año hemos perdido y poder hacer esas cosas tan sencillas como darle la mano y abrazar a un amigo.
 Concluye febrero y llega marzo, aquellos meses del año pasado donde de tantas cosas hay, aunque los que más debieran se niegan hasta hablar de ello, de que arrepentirse. No sé si me queda esperanza para desear que al menos no vuelvan a ser contumaces en la insensatez más estúpida.
 Pero no quiero deslizarme por esas malas trochas ni enfangarme en esos barrizales, que he empezado hablando de grullas y quiero acabar también haciéndolo.
 Volverán del norte en otoño. Allá por octubre espero poder volver a saludarlas. Y quisiera compartir con ustedes un deseo. Que entonces al verlas volar gráciles, poderosas y libres les sigamos teniendo esa envidia cierta que los hombres hemos tenido siempre de las aves pero que de alguna forma podamos pensar que también nosotros ya estemos en condiciones de extender nuestras alas. Que ya hayamos salido un poco, un algo, un bastante y a nada un todo de esta atroz pesadilla que nos ha paralizado y carcomido por fuera y por dentro.