Foto: El Greco

La pluma y la espada - Alonso de Ercilla

Alonso de Ercilla y la gran épica ‘La Araucana’


Soldado y autor, desgrana en primera persona la singular campaña de los españoles contra el pueblo mapuche durante la conquista de Chile

Antonio Pérez Henares - 26/12/2022

Alonso de Ercilla, hoy un autor en buena medida olvidado, fue en su tiempo no solo de los más exitosos sino considerado por los más grandes de nuestra literatura y en aquel Siglo de Oro de nuestras letras que compartieron como una de las cumbres de la poesía, en su caso épica. Merced, sobre todo, no tiene una obra extensa, a La Araucana, escrita en su juventud y siendo él mismo un soldado de quienes combatieron en aquella guerra en el confín del mundo conocido, en el extremo y desolado sur de Chile. En ella, escrita en plena campaña, utilizando como soporte cueros cortezas o pedazos de cartas, fue desgranando sus versos para contar aquella singular campaña y cruenta guerra con la etnia mapuche que había derrotado y dado muerte al avezado militar y conquistador Pedro de Valdivia, fundador de Santiago de Chile y de Concepción.

Quizá también en parte por ello, porque aunque en ella se narra la victoria final, no puede sustraerse el recuerdo de lo que fue una verdadera tragedia para las tropas españolas, y mucho más todavía porque no es precisamente afición a leer lírica épica, con la excepción del Mío Cid, lo que ahora abunda en España. Sin embargo, el personaje de Valdivia sí continua suscitando interés y levantando pasiones encontradas. Inés del alma mía, la novela de la chilena Isabel Allende, es buena prueba de ello y la conjunción de la figura de Valdivia, con su aguerrida y leal amante, en la hermosa prosa de la autora, ha sido un éxito mundial. Valdivia, un curtido militar que había servido con Francisco Pizarro en la La Araucana es un poema épico que narra la guerra de los españoles contra los indios araucanos durante la conquista de Chile,  conquista de Perú y alcanzado rango y honores, había sido determinante en la derrota, ya muerto este asesinado por los almagristas, de su hermano menor el rebelde Gonzalo de Pizarro, sublevado contra la Corona y al que venció en la batalla definitiva al frente de las tropas realistas. Tras ello se desplazó hacia el inhóspito Chile y allí conquisto todo el norte de la actual nación, fundando Santiago y bajando luego continente abajo para establecer también Concepción. 

Topó allí con los mapuches. Los venció en varias ocasiones, pero liderados por Lautaro, que había sido de niño capturado por los españoles y servido como paje del propio Valdivia, fugado y habiendo aprendido sus tácticas y el uso de la caballería, acabó por derrotarlo, darle muerte, tomar Concepción y amenazar la propia capital. Según algunos cronistas, la muerte de Valdivia fue espantosa, vengándose con atroces torturas y mutilaciones de las que él había infligido antes a los indios. Otros aseguran que su fallecimiento, tras su captura, fue rápido y de un mazazo en la cabeza. En cualquier caso, la situación era penosa para los castellanos. Y fue entonces cuando el joven Alfonso Ercilla se alistó para combatir en aquellas lejanas tierras, que le subyugaron e hicieron brotar el gran poema épico con el que ha pasado a la historia.

Alonso de Ercilla y la gran épica ‘La Araucana’Alonso de Ercilla y la gran épica ‘La Araucana’Había nacido en Madrid (1533), aunque sus padres eran vizcaínos, de Bermeo, de origen noble, Fortún García de Ercilla, miembro del Consejo Real, y Leonor de Zúñiga, con parentesco con las más linajudas familias, como los Mendoza y los Manrique, siendo el hijo menor de los cinco del matrimonio. Al año de nacido quedó huérfano de padre y para colmo de desdichas su familia había perdido en un pleito su renta más importante, el señorío de Bobadilla, y quedado prácticamente en la ruina. Acudió en su ayuda el propio emperador Carlos, quien los acogió en la corte e hizo de la madre dama de la emperatriz, la bellísima y eficaz Isabel de Portugal. Alonso, por su parte, acabó como paje del futuro Felipe II. 

Viajes y cultura

Supo sacar buen provecho a ello y adquirió una importante formación renacentista en todos los aspectos, desde la cultura, los idiomas -sabía cuatro, además de castellano; latín, francés, italiano y alemán-, a las armas, aprendiendo a montar a caballo y manejarlas con destreza. 

Acompañando al príncipe Felipe viajó por muchos lugares de Europa, recorrió Génova, Milán, Trento, Innsbruck, Múnich, Ulm, Luxemburgo, Bruselas y Augsburgo. Al volver a España se afincaron en Valladolid (1549), lo que le permitió presenciar el gran y apasionado debate del momento y que tuvo trascendencia oceánica, entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas, sobre el derecho de conquista. Después, viajó a Viena acompañando a su madre y doña María, hermana de Felipe, a su boda con el rey de Hungría y Bohemia. Tres años después, regresó a España para acompañar ahora de nuevo a Felipe, esta vez a Inglaterra como rey consorte por su matrimonio con María Tudor. 

Allí le llegó la noticia de la insurrección de Hernández Girón en Perú y la derrota y muerte de Valdivia a manos de los araucanos. Nombrados Andrés Hurtado de Mendoza, virrey de Perú, y Jerónimo de Alderete, gobernador de Chile, para poner remedio al desastre, Ercilla consiguió licencia de Felipe para partir con ellos desde Cádiz rumbo a las Indias en el año 1555. Alderete murió de fiebres en la isla de Taboga, antes de llegar, y Ercilla siguió junto al el virrey hasta Lima hospedándose con él en el palacio virreinal. Derrotado Hernández Girón, decidió entonces proseguir la aventura y enrolarse con las tropas de su hijo García Hurtado de Mendoza, nombrado gobernador y capitán general de Chile, que partían para combatir la revuelta araucana (1557).

Cuando Alonso de Ercilla llegó al territorio, el signo de la contienda había cambiado. Las tropas españolas al mando de Francisco de Villagra, tras no pocos reveses -Concepción había quedado despoblada tras la derrota de Valdivia y luego, repoblada de nuevo, otra vez abandonada tras un nuevo asalto mapuche- habían logrado rehacerse. Los araucanos no consiguieron hacerse con Santiago y desde allí Villagra lanzó su contraofensiva contra un Lautaro al que sus éxitos habían ensoberbecido y hecho que surgieran disensiones y descontento entre las diversas tribus contra su despótico liderazgo. Finalmente, Villagra no solo consiguió sorprenderle y derrotarle sino que pereció en el combate (abril de 1537). 

La rebelión, sin embargo, seguía siendo muy fuerte y Ercilla sufrió junto con las tropas los duros combates y las terribles inclemencias del tiempo al que hubieron de enfrentarse: Ercilla permaneció en Chile 18 meses, 12 de los cuales estuvo en campaña capitaneando una compañía y dio prueba de valor y temple militar. Participó en las batallas de Lagunillas, Quiapo y Millarapue. Fue testigo de la captura y muerte de uno de los grandes líderes araucanos de Caupolicán, a quien convertiría en protagonista de La Araucana. En él, Alonso de Ercilla, no solo hace exaltación militar de los soldados españoles sino que manifiesta una profunda admiración y respeto a la valentía, así como gran compasión con los mapuches, y reprocha con dureza las crueldades cometidas contra ellos. 

Camino lleno de baches

Pasó indudables peligros, alguno de gravedad para su vida, pero donde estuvo a punto de perderla fue ya vuelto hacia el norte y con su jefe y amigo el gobernador García. Este había fundado la ciudad de Osorno y, celebrando una fiesta en ella, salió de incógnito, cubriéndose el rostro con un casco con la visera bajada y acompañado de Ercilla. En el trayecto se metió de por medio un enemigo de Ercilla, quien le buscó pendencia, acabando ambos a mandobles y estando a punto el poeta de matar a su rival. Don García, con una maza que llevaba en el arzón del caballo lo derribó de un golpe y, aunque se refugió en un templo, fue apresado. El gobernador, furioso, condenó a los dos rivales a muerte y a ser degollados al día siguiente por haber puesto en peligro la suya provocando aquel incidente. 

Intentaron muchas personas influyentes persuadir a Hurtado de Mendoza para que suspendiera la ejecución, pero no hubo manera. Se estaba ya levantando el cadalso cuando dos mujeres, una española y otra india, lograron acceder por una ventana a la estancia de don García, que se había aislado y prohibido que se le importunara con aquello. Ellas consiguieron, con muchas súplicas, que finalmente accediera a no ejecutarles y les perdonó la vida. Eso sí, Ercilla estuvo tres meses preso y luego fue desterrado a Perú. Pasado luego un tiempo, la relación con García se restablecería y volverían a amigar. 

Aun así, el escritor dejaría en la propia La Araucana, relato y queja por todo el trato recibido: «Ni digo cómo al fin por accidente del mozo capitán acelerado a plaza fui sacado injustamente a ser públicamente degollado; ni la larga prisión impertinente do estuve tan sin culpa molestado ni mil otras miserias de otra suerte, de comportar más grave que la muerte». 

Para cuando regresó definitivamente a España, en el 1563, ya tenía compuesta la primera parte de su gran obra, que dedicó -¿a quién sino?- a Felipe II. Tuvo desde su salida a la luz un éxito fulgurante y le valió el elogio y el aplauso. También el reconocimiento del rey y su entrada en la corte, pues fue nombrado gentilhombre de la misma y, además, caballero de Santiago en la sede central de la Orden en Uclés, con lo que ello implicaba.

Enlace

Agasajado y celebrado, participó en misiones diplomáticas al servicio de Su Majestad, pero se preocupó además de hacer una inmejorable boda, pues se casó con una pariente cercana del marqués de Santa Cruz, el gran marino Álvaro de Bazán, quien unía a sus grandes dotes militares y navales, demostradas en Lepanto, una gran fortuna. Contrajo matrimonio en 1570 con María Bazán, que aportó como dote la nada desdeñable cifra de ocho millones de maravedíes, con lo cual el poeta pudo dedicarse por entero a culminar, tras fijar residencia en Madrid, las partes segunda (1578) y tercera (1589). Se tomó su tiempo, de su magno poema. 

A su joven esposa, con la que no tuvo hijos, aunque sí reconoció a dos naturales -uno de ellos perecería en la Armada Invencible-, le dedicó un poema muy sentido: «Era de tierna edad, pero mostraba / en su sosiego discreción madura, / y a mirarme parece la inclinaba / su estrella, su destino y mi ventura; / yo, que saber su nombre deseaba, / rendido y entregado a su hermosura, / vi a sus pies una letra que decía: / del tronco de bazán doña María». 

A su poderoso pariente también le dedicó otro tras su victoria naval contra los franceses en La Terdera de las Azores, que supuso acabar con los obstáculos para la llegada al trono de Portugal de Felipe II.

Murió en Madrid en 1594, a los 61 años y sus restos fueron enterrados en el convento de san José en la villa toledana de Ocaña, en cuya iglesia siguen hoy reposando.

En su tiempo mereció muchos elogios, puede que algunos de aduladores, pero no lo fue sino sentido el que tuvo para el nada menos que don Miguel de Cervantes, quien consideró a La Araucana una de las mejores obras épicas en lengua castellana y da prueba de su aprecio salvándola del fuego purificador a las que condena en El Quijote a las de la biblioteca del andante caballero y por la que había perdido el juicio. Más recientemente fue Marcelino Menéndez Pidal quien puso en valor su trabajo.