Desde mi ventana

Antonia Cortes


Destruir para construir

02/07/2020

Un terrible ruido ha interrumpido su sueño. No sabe ni qué hora es. Aún su despertador no ha sonado. Al abrir los ojos de forma impulsiva se ha llevado las manos a los oídos. Las persianas subidas hasta arriba le adelantan sin abrir la ventana que el día será más que caluroso. De pronto, es consciente de que un hombre la mira. Está enfrente de ella, un piso por encima del suyo. Lleva una gran máquina entre sus manos. Mono azul de manga larga, un casco naranja, gafas protectoras y cuerdas de colores que rodean su cuerpo y que le protegerían ante una caída. Solo el pensamiento le provoca el mismo vértigo que siente al acercarse a la línea que limita el vacío.
El operario sigue con su trabajo mientras ella observa como los ladrillos quedan al descubierto y van cayendo. Caen poco a poco, despacio, siempre hacia la misma dirección en una operación más que planeada aunque no alcanza a ver el suelo donde quedan los escombros. Caen como a veces caen los proyectos, los planes, los sueños, los futuros y los frutos maduros no recogidos. 
Ese edificio de oficinas casi siempre vacías le ha acompañado durante la última década de su vida. Sus grandes ventanales deshabitados le han permitido pasearse por la casa sin cerrar las cortinas, sin tener que estar atenta a su vestimenta, sin la preocupación de ser observada, vigilada. En el fondo, todos somos un poco vigilantes de lo que nos rodea. 
Hay más hombres trabajando en las distintas plantas. Pequeños despachos raramente alquilados por inquilinos anónimos y por espacio de tiempo tan breve como una media primavera. Rompen paredes y los secretos que en ellas se han ido guardando con el paso de los años.
Ventila la habitación menos tiempo del habitual porque el ruido es cada vez más insoportable; porque el polvo llega mezclado con el calor de un julio recién llegado. Microscópicas partículas que se posan sobre cualquier superficie. Es como una especie de invasión extraña a la vez que la destrucción es más evidente. Destruir para construir. 
Ahora su pensamiento ha dado un giro. Piensa en esos espacios rara vez alquilados y en los motivos que los mantenían tan solitarios. Podría hacer una larga lista, aunque seguramente ninguna de las causas apuntadas fuera la acertada. Piensa también en el empeño irracional que, en muchas ocasiones, marca nuestras vidas, en ese no querer romper con lo que sabemos que ya está roto aunque no queramos verlo. Ciegos a conciencia.
Y sigue viendo como caen los ladrillos de un enorme edificio de numerosos pisos, aquel que le ha acompañado durante los últimos años. Caen y caen, pero ahora no ve ruinas sino el final de tristes espacios solitarios sobre los que se levantará un nuevo proyecto en el que habitarán nuevas vidas, otros secretos… Destruir para poder construir.