10 días de homenaje y luto por los 1.099 muertos

Nieves Sánchez
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José Ángel falleció a los 57 años tras 13 días de oscuridad y vacío en su familia

10 días de homenaje y luto por los 1.099 muertos

Camino del hospital en el coche me dijo: sé fuerte y cuida de tu madre, todo va a salir bien». Hay palabras que son una tortura, miradas que se quedan para siempre e imágenes que no se desvanecen, por mucho que las lágrimas día a día las empañen. La última vez que Héctor vio a su padre fue al final de ese trayecto, de espaldas entrando por la puerta de Urgencias, sin saber que ya no lo abrazaría nunca más.
Ese último viaje de 25 minutos del pasado 22 de marzo, esos 28 kilómetros entre Pedro Muñoz y Tomelloso, que Héctor hubiera alargado 100 años más, fue su último recuerdo con el hombre que le dio la vida, que le enseñó «todo», que le inculcó que hay que ser positivos y tirar para adelante «pase lo que pase», pero sobre todo que hay que ser «buena gente», portarse bien con todos.
«Así era él, muy positivo y divertido, muy luchador, muy amigo de sus amigos y bueno, muy bueno con los demás. Eso nos enseñó y eso me queda, por eso cuando murió no nos lo creíamos ni nadie se lo creían en el pueblo». Héctor tiene 26 años, muchas lágrimas que no le dejan hablar y un viaje, una conversación y una imagen marcadas en el corazón, donde la herida duele mucho todavía. «Es que tengo clavadas sus últimas palabras, yo le preguntaba qué le pasaba y lo intentaba animar en el coche, ha sido muy duro, no se puede explicar».
José Ángel López Rodrigo tenía 57 años, dos hijos de 33 y 26 y una debilidad, su nieta, su única nieta de 4 años. Vivía en Pedro Muñoz con su mujer y murió el pasado 2 de abril en el Hospital de Ciudad Real, donde llegó un par de días antes desde el centro hospitalario de Tomelloso al empeorar su estado de salud desde que ingresara el 22 de marzo. Era comercial, representante en la zona de La Mancha de una empresa murciana y viajaba bastante para visitar a sus clientes, pero en marzo, cuando el virus empezó a borrar miles de vidas, comenzó a sentirse mal, le faltaba el aire, pero lo achacaba a las preocupaciones y al agobio del trabajo. Pensaban que era ansiedad.
«Mi madre no nos quería preocupar a mi hermano y a mí, pero no se encontraba bien y ese día me llamó para que lo llevará a Tomelloso porque estaba peor, había ido al centro de salud con un dolor en el pecho y aquel viaje lo tengo grabado, lo dejé en la puerta de Urgencias, me despedí y fue la última vez que lo vi». A Héctor le cuesta acabar las frases. Se agolpan demasiados sentimientos en él, demasiadas horas pegados al teléfono, demasiados días de oscuridad.
Héctor recuerda que los primeros días en el hospital estaba bien, animado y podía hablar. Después empeoró y se lo llevaron a Ciudad Real. En total fueron 13 días de angustia de una interminable pesadilla. «Los últimos días ya no podíamos hablar con él, era el médico el que nos llamaba para darnos el parte y había días que era más optimista y otros que no».
José Ángel era diabético y tenía sobrepeso pero no presentaba patologías previas en corazón o pulmones. La prueba de la COVID-19 se la hicieron ya en Tomelloso, donde ingresó con neumonía y dio positivo. «Horas después de su traslado a Ciudad Real empeoró y ya lo sedaron y eso fue un infierno, nosotros en el pueblo, él allí solo», relata como puede Héctor.
A las cinco de la tarde del 3 de abril la mujer de José Ángel recibió una llamada, su marido y padre de sus hijos no estaba bien y no sabían ya cuánto aguantaría. Falleció tres horas después.
«Lo siguiente que vimos fue una caja, lo enterramos el 3 de abril. Así pasó todo y no te lo crees, no quieres creértelo. Recuerdo ese día con el corazón encogido y la rabia y el dolor por no poder hacer nada, ese día pensé que la vida no es justa». Héctor, su madre y su hermano empiezan ahora a reconstruirse sin su pilar, sin su «comandante». «Estamos más unidos que nunca, pero sobre todo, muy orgullosos de él».