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Una mirada a la clave de la batalla de Alarcos

D.A.F.
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La Casa de la Ciudad acoge la exposición de una maqueta en la que se observa la disposición inicial de las tropas para el combate librado entre cristianos y musulmanes en julio de 1195

Clemente Dorado y Antonio José Martín Consuegra, responsables de esta maqueta. - Foto: Tomás Fernández de Moya

Una maqueta a escala 1:300 comprime en 1,60 por 1,20 metros, las piezas esenciales del inicio de la batalla de Alarcos, que tuvo lugar el 19 de julio de 1195. La obra se expone hasta el 30 de septiembre en la Casa de la Ciudad.

El autor de este diorama es Clemente Dorado, maquetista que completa el material exhibido con otra maqueta de la puerta de Toledo, carteles explicativos, una pequeña composición con miniaturas algo más grandes (las de la maqueta dejan la figura humana en menos de cinco milímetros) y dos maniquíes con la indumentaria y armas de un guerrero cristiano y otro musulmán, cedidas por Ramón Orozco, integrante de grupos de recreación histórica y de la Asociación Regimiento Provincial de Milicias de Ciudad Real 1809.

A su conversación con La Tribuna, Dorado acude con el historiador Antonio José Martín de Consuegra, quien le asesoró en la construcción de este diorama y cuyos trabajos sobre la batalla fueron su principal inspiración.

Clemente Dorado y Antonio José Martín Consuegra, responsables de esta maqueta.Clemente Dorado y Antonio José Martín Consuegra, responsables de esta maqueta. - Foto: Tomás Fernández de Moya

El conjunto muestra la disposición de los contendientes, con la caballería pesada cristiana, la principal fuerza ofensiva con que contaba Alfonso VIII, enfrentada a los voluntarios de la infantería ligera islámica. Dorado explica que esta milicia «aguantó las cargas de caballería hasta que los jinetes agotaron sus fuerzas», momento en que las tropas más profesionales del contingente islámico (infantería pesada y caballería ligera) avanzaron desde los flancos y la retaguardia para derrotar a los restantes caballeros cristianos, mientras la infantería castellana, inferior en número, contemplaba el desastre.

Dorado subraya que el monarca cristiano tuvo que emprender la huida, mientras que la negociación para rendir la plaza quedó en manos de Diego López de Haro.

El maquetista no descarta que en el futuro se pueda ampliar esta pieza, «si hay ayudas y tiempo para hacerla», puesto que incluye el castillo de Alarcos, pero no su villa y tampoco está recogido el curso del río Guadiana, un elemento decisivo que «explica la importancia de este emplazamiento».

Dorado quiere que su maqueta haga más comprensibles los hechos de hace ocho siglos y, al mismo tiempo, que el espectador tenga una contemplación activa. Así, minutos antes de atender a este diario, está enfrascado en una animada charla con un joven marroquí que le cuestiona la colocación de las unidades de la infantería almohade, que en su opinión deben estar más juntas. El maquetista asiente a la observación, porque lo importante «es la mejor comprensión de lo que ocurrió aquel día».

En cuanto a los maniquíes, comenta que ambos bandos utilizaban armas similares, por lo que la principal diferencia es el mayor uso de la cota de malla por parte de los cristianos, especialmente por los caballeros, cuya armadura «podía llegar a pesar 30 kilos, sin contar las armas» y aunque los escudos son diferentes en cada bando, «unos y otros están hechos de madera cubierta de pieles».

A su vez, Martín de Consuegra, recordó que este combate «fue decisivo en la historia de España y tuvo repercusiones tanto en el campo cristiano como el musulmán». Por un lado, detuvo el avance de Castilla hacia el sur, un impulso que no se retomó hasta 1212 con la campaña de las Navas de Tolosa, y por otro fortaleció y enriqueció al emir almohade. «Al Mansur pagó la construcción de la Giralda de Sevilla con el dinero que capturó en Alarcos», señala como ejemplo.