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Un infierno llamado Mariúpol

Agencias
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Convertida en el símbolo del horror desde el inicio de la invasión, la ciudad sigue siendo sinónimo de muerte, hambre y destrucción en un momento en el que miles de ucranianos han huido de ella mientras otros tantos continúan atrapados

La asediada localidad ucraniana aún alberga a más de 100.000 personas que viven en unas condiciones límite, sin suministros y completamente incomunicados de sus familiares. - Foto: Reuters

Con 22 años, Dmitró ha visto morir a su madre por las bombas y no sabe dónde se encuentra su hermano. Valentina, de 74, solo quiere llorar al darse cuenta de que ya no le queda nada. A sus 84, Anatoli cree que la guerra en Ucrania es mucho peor que la que vivió en 1945. Son solo algunas de las miles de historias que se esconden bajo las bombas del «infierno» de Mariúpol. La ciudad portuaria, situada a orillas del mar de Azov, ha sido desde el inicio de la ofensiva uno de los grandes objetivos del Kremlin, convirtiéndose en el símbolo del horror del conflicto: más de 5.000 personas han muerto y el 90 por ciento de los edificios han quedado destruidos por los ataques.

A diferencia de los más de 100.000 habitantes que aún permanecen allí atrapados, para quienes apenas quedan suministros de alimentos ni agua potable, Dmitró, Valentina y Anatoli ya están a salvo. Tras sufrir semanas de bombardeos, muerte, hambre y sed, los tres pueden respirar tranquilos en un centro comercial de Zaporiya, la ciudad -a unos 40 kilómetros del frente y 220 de Mariúpol- convertida en centro de refugiados, donde no hacen más que llegar coches, furgonetas y autobuses repletas de centenares de personas que han conseguido huir gracias a los corredores humanitarios.

Durante la semana pasada, y gracias a las distintas ayudas para la evacuación de civiles, al menos 15 autocares alcanzaron suelo seguro provenientes de Mariúpol en una sola jornada, si bien el goteo de vehículos desde las inmediaciones de la denominada «ciudad infierno» sigue siendo incesante.

Así es como la llama Dmitró, que acaba de llegar de un pueblo -acompañado de un amigo de su edad-, en su camino desde la castigada localidad, situada en el sureste de Ucrania. «No hay palabras que lo puedan describir», cuenta al lado del autobús amarillo y de ventanas empañadas que alberga en su interior a dos decenas de mujeres, hombres y niños, ahora relativamente a salvo de las bombas.

Él se quedó en Mariúpol hasta el 21 de marzo, dos semanas después de ser testigo de una escena que solo puede explicar con la voz suave, una mirada perdida y los ojos hinchados. «Nuestro hogar se encuentra cerca de un corredor verde y cuando volvíamos a casa lanzaron misiles contra él. Mi madre estaba en el jardín y las bombas le hirieron en la cabeza. Murió dos días después en el hospital», lamenta.

Su padre, revela, está cuidando de su abuelo en un pueblo cercano a la urbe, pero de su hermano no sabe nada desde hace semanas. No tiene manera de comunicarse con él: las redes no funcionan y vive en una zona ocupada por las tropas rusas, junto a su mujer.

Valentina baja del mismo autobús que Dmitró con una gran bolsa de basura, llena de ropa y mantas. Camina apoyándose en unos bastones de montaña. «Quiero llorar», dice. «Cuando quemaron mi casa, me fui de Mariúpol. No tengo a dónde volver, no nos queda nada. No podía imaginar esto, de ninguna manera, que a esta edad no me quedaría nada», explica.

Búsqueda de familiares

El vehículo amarillo acaba de llegar al aparcamiento del centro comercial. Dentro y en unas carpas, distintos voluntarios dan de comer y beber a los refugiados.

En un panel se leen carteles de los que buscan a familiares. Se calcula que en la ciudad, de alrededor de 750.000 habitantes antes de la invasión, permanecen todavía 100.000 personas viviendo incomunicadas y sin suministros. «Estoy buscando a mi familia. A Liuda, mi madre, a Nastia, mi hermana, y a Natalia y Chole», es el mensaje que aparece en un papel escrito con letras naranjas con un número de teléfono al lado. «Por favor, evacuad a Serguéi y Valentina. Pasan la noche en un refugio», se lee en otro con una dirección.

A pocos metros de allí, en una esquina resguardado del frío y con Shishka, la perra que pertenecía a su hija, se encuentra Anatoli, que llegó hace solo unos días directamente de Mariúpol con ella. Espera paciente a que vuelvan de arreglar el coche para partir hacia Dnipró, una zona más segura a casi 100 kilómetros de distancia.

«Es horrible, es mejor no ir allí», recomienda, porque «los soldados están en la ciudad, matando a gente» y no hay gas, luz, agua ni comida, revela.

Él dormía con su hija y su yerno junto a las paredes de su casa, pero, según detalla, las noches no eran el peor momento del conflicto. «No hay ataques por la noche, es en cuanto sale el sol y hasta el anochecer cuando no paran de bombardear», explica.

A sus 84 años, esta es la segunda guerra que sufre, pero no se parece, cuenta, a la contienda nazi: es peor. «En la Segunda Guerra Mundial también apoyé al Ejército y cuando los alemanes se iban de Mariúpol salí a intentar matarlos. Pero esta guerra no tiene nada que ver, la gente está sufriendo y los rusos han hecho la ciudad añicos. Tienen armas muy poderosas, no como hace 70 años», lamenta.