DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


La Alcarria íntima

16/04/2021

A Madrid, los hosteleros de mi tierra ya ni miran. Cualquier comparación les hunde aún más en la miseria. En la capital de todas las alcarrias, esta semana les han vuelto a chapar del todo. Es un déjà vu no sólo visto, sino sufrido y del que muchos ya no se van a levantar. Ayer escuché al último dueño del Chernóbil -algún vaso creo recordar que me he tomado en este veterano garito-, y es uno a los que la pandemia y los que la han gestionado se ha llevado por delante. No hay informe alguno que concluya, con criterios epidemiológicos, que el problema está en los bares y no en los trenes atestados de gente en hora punta. ¿Qué ocurre entonces? Que se han convertido en el blanco más fácil y, en muchos lugares, también en el más dócil.  
Pero volvamos a Madrid, sin entrar en más detalles del calvario que está viviendo la hostelería. Los madrileños siempre han mirado con envidia estas tierras de Guadalajara. La provincia más al norte de esta región inventada que llamaron Castilla-La Mancha emparienta mucho más con Madrid que con Albacete o Ciudad Real, y no sólo por una cuestión de proximidad. Los vínculos van mucho más allá que la simple geografía. En cambio, los que en su día decidieron, se movieron más por cuestiones políticas y de oportunidad, tras ver cómo Segovia quedaba finalmente integrada en Castilla y León. En Madrid hubieran deseado tener una hermana pequeña con la que ampliar su dominio y a la que acudir como vía de escape sin necesidad de traspasar sus contornos perimetrales. Esto en su día hubiera sido un argumento ridículo, pero en tiempos de pandemia y de confinamiento ha adquirido una relevancia esencial.
El día en que las puertas se abran, que nadie se asuste. Tenemos una provincia tan rica y variada que es normal que quieran venir. Son muchos y se harán notar, pero huyan de recurrir a la madrileñofobia ni a sandeces parecidas. Hay rincones para todos, aunque sean muchos; casi tantos como 7 millones a tiro de piedra. Lo normal es que inunden esos lugares que forman parte de los rincones imprescindibles. Es como si vas a Roma y no visitas el Vaticano, el Coliseo y la Fontana Di Trevi. Si dices que conoces Guadalajara se da casi por hecho que has estado en los pueblos de la Arquitectura Negra, Sigüenza y el Alto Tajo.
Viendo lo que puede ocurrir cuando se abra la veda -que esperemos que sea pronto porque eso será señal de una mejoría notable-, es momento de ir planteando alternativas. Además de la Alcarria más conocida de Brihuega, Pastrana y Cifuentes, hay otra Alcarria silente que esconde rincones con argumentos sobrados. Es esa Alcarria más íntima y ajena siempre a las aglomeraciones. Esa Alcarria a la que no se va nunca por primera vez, porque siempre se vuelve. Y en esas, he vuelto a Yebra, al sur de la provincia y mirando a las lindes con la Alcarria de Madrid. Allí han tenido a bien señalizar una ruta muy cómoda de 17 kilómetros -del Telégrafo al Pinarejo- con el picante suficiente para los que quieran experiencias más complejas y con la opción de acortarla en varios tramos para recorrerla con niños. No digo yo que en otoño no tenga su encanto; la primavera es la primavera y siempre enseña sus mejores galas: ese romero de flores moradas, las aliagas y su luminoso amarillo, las jaras y los tomillos. Como es bueno llevar a una bióloga en el caminar, María Llorente me hace detenerme en las amapolas moradas, los dientes de león y los zapatitos de la virgen, que son primas de las amapolas, pero de flor muy diferente. Y luego ese verde de abril que solo Castilla -siempre Castilla- sabe exhibir: verde de trigos y cebadas que la colza traslada al amarillo. Pasen, vean y disfruten.