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Miguel Ángel Jiménez

Comentario Dominical

Miguel Ángel Jiménez


Evidencias que no lo son tanto

22/10/2021

Es obvio, evidente, que a Dios hay que pedirle lo que necesitamos. Es una afirmación que hasta puede parecer de sencilla, simplona. Si soy orgulloso y soberbio, un corazón y unas actitudes humildes. Si soy perezoso, fuerza para levantarme cada día y afrontar la actividad con dinamismo. Si soy envidioso, rencoroso o soy esclavo de otro tipo de tendencia -que en realidad lo más profundo de nuestro ser es que somos hijos de Dios- tengo que pedirle, precisamente, de aquello que carezco o en lo que más débil soy. Incluso si nuestra fe es frágil o dubitativa, es fortaleza en ella por lo que hay que rezar a Dios. Más. Hay mucha gente que quisiera creer y no encuentra ni las formas ni las respuestas adecuadas. Y es que, creer ofrece una respuesta de sentido mayúscula y global y se vive mucho más plácidamente con respuestas que en la inseguridad del agnosticismo o de ateísmo. 
Pero, ¿y cuándo uno decide que ser soberbio es compaginable con una vida mediocre desde el Evangelio? ¿Qué es mejor arrepentirse más o menos profundamente, pero no pedirle a Dios que cambie la vida y el corazón? El pecado y vivir en un sindiós es más cómodo que la santidad. ¿Puede alguien llegar a decir con sinceridad de corazón que no quiere ser santo y conformarse con tener una relación, digamos, simplemente cordial con Dios? 
¿Qué responderíamos a una eventual pregunta de Jesucristo: «¿Qué quieres que haga por ti?»