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«En la red no hay referencia al abanico manchego»

D.A.F.
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Amparo Blázquez, artesana valenciana afincada en Ciudad Real, ha hecho del abanico una seña de identidad que expone en el Museo Elisa Cendrero

Amparo Blázquez, con uno de sus abanicos y el traje al que complementa. - Foto: Tomás Fernández de Moya

Nacida en Burjassot (Valencia), residente en Ciudad Real, donde ha desarrollado el abanico como arte y pasión, en parte también como homenaje a su tierra. Actualmente expone en el Museo Elisa Cendrero una exposición con distintos tipos de piezas, algunas acuarelas y varios trajes regionales.

¿Cuándo empezó a trabajar con abanicos?

Yo siempre he pintado, pero hubo un momento en el que de algún modo me enfadé con el arte y empecé a hacer patchwork y cosas así. Un día tenía que ir a una feria y tenía muy poquito material, había unas maderas, unas telas y por probar hice unos abanicos y ahí se quedaron. Fueron lo primero que se vendió. Empecé a investigar en internet y me di cuenta de que lo que aparecía como abanico manchego era el molino, la Virgen del Prado o la Virgen de no sé donde... no había nada se considerara propio en un abanico que lo relacionara con el traje manchego. En este caso, creo que lo más distintivo son las rayas, porque todos tenemos en la mente esa tela.

Y a partir de ahí, ¿cómo fue esa investigación?

La primera persona con la que fui a hablar y que también fue el primero que encargó un abanico fue Jesús Desdentado, de Mazantini. Tuve muchas conversaciones con él y me dejó toda una caja de libros y escritos. Me puse en contacto con Lola Asensio, presidenta del grupo Nazarín, de Miguelturra, con la que me unen lazos familiares. Si buscas algo en internet sobre abanico manchego no hay nada. Solo hay un poquito de información en algunos libros sobre la indumentaria antigua. Luego me puse en contacto con la Diputación para buscar cosas en la BAM, también con la Diputación de Albacete, porque la mayoría de esas obras están descatalogadas y tienes que buscarlas a través de grupos de folclore.

En el caso de los abanicos grandes, ¿qué relación hay entre esta pieza y el traje de la persona que lo lleva?

Yo pido a la clienta que me envíe una foto de la falda, el refajo, el pañuelo… Lo que hago es utilizar esos mismos diseños y parte del bordado, con lo cual se personaliza el abanico. También si me piden un determinado color o un detalle concreto, se lo pongo.

En la exposición, además de las rayas que menciona hay abanicos en los que muestra edificios e imágenes de la ciudad, ¿cómo dio ese paso?

Empecé durante la pandemia. Fue una forma de facilitar que todo el mundo pueda tener acceso a los abanicos. Los grandes con tela de rayas y encajes se hacen a mano y estos son una estampación. Cuando vienen los turistas a Ciudad Real y quieren comprar un pequeño recuerdo no hay nada que sea característico a precio económico. Los críos en las excursiones siempre buscan un detallito, alguna cosita, para regalar. Esto puede serlo. Yo hago la acuarela, la llevo a la imprenta a imprimir en buen papel y monto el abanico.

¿Cuál es el proyecto más complicado al que se enfrentó?

Ha sido hace poco. Acababa de salir de una baja de seis meses y recibí una llamada de Turismo de Castilla-La Mancha, me pedían diseñar un abanico y hacerlo en espacio de un mes. Dije que sí, pensando que serían unas 20 unidades, pero no, eran 200. Es un diseño que representa a Castilla-La Mancha con una imagen de amapolas y lavanda.

¿El público valora el trabajo de los artesanos?

Depende. La clientela que va a Almagro, al Festival de Teatro, que gasta mucho dinero, es un tipo de público con un nivel cultural alto. Sabe y aprecia el valor del trabajo que lleva una pieza única hecha a mano. Me dicen que es muy barato, que en Barcelona o en Madrid el precio sería muy superior. Y hay otros que se escandalizan porque lo comparan con el abanico de un bazar.