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Foto: EFE

Personajes con historia - Alhamar 'el Rojo'

El primer rey nazarí de Granada


Antonio Pérez Henares - 25/07/2022

Cuando se habla del último reino musulmán, el de Granada, el nombre que a todos nos viene a la cabeza es el de su último rey, Boabdil, el que la rindió a los reyes Católicos no sin antes haberlo dividido con sus conjuras y ansias de sucesión prematura e incluso traicionado poniéndose al servicio de los cristianos, tras haber sido capturado por estos, que prefirieron soltarlo y que siguiera sembrando cizaña. El lloroso Boabdil, goza, ya ven que cosas, del reconocimiento y prestigio, supongo que habrá incluso algún converso que se bautice con su nombre, del que carece quién en verdad lo merece: el fundador de la dinastía, el jefe militar y hábil diplomático que supo conservar aquella última porción Al-Ándalus, en su extremo oriental y lograr crear en ella una dinastía, la suya, la nazarí, que duró más de dos siglos. 

 Ese hombre no era granadino, sino un jienense de Arjona, al que los cristianos llamaron por sus cobrizas barbas, Alhamar el Rojo y al que hubieron de aprender a respetar.

Muhammad ibn Nasr, así era su verdadero nombre musulmán, el primer rey nazarí y fundador del reino que resistió a los cristianos durante más de dos siglos tras el fin de Al-Andalus y la caída de Cordoba y Sevilla, era un noble hacendado nacido en Arjona (Jaén) en el año 1194, patria también y por cierto del padre de la novela histórica española, Juan Eslava Galán. 

Se decía descendiente de la muy ilustre y antiquísima familia árabe de los Ibn Nasr, quienes afirmaban haber estado entre los primeros que acompañaron al Profeta durante su hégira, o sea la huida cuando fue en principio rechazado.

La familia acabó arribando a Zaragoza, el más poderoso enclave de la marca oriental musulmana, señorío primero de los Abu Qasi y luego de los Hudd hasta ser efímeramente tomada por los almorávides que la perdieron al poco a manos cristianas de Alfonso I el Batallador (1118). Los Banu Nasr, que tenían posibles partieron hacia el sur y se establecieron en Arjona, donde tuvieron extensas propiedades agrarias y donde creyeron estar por mucho tiempo a salvo de los cristianos del norte. 

Y más menos lo estuvieron y Alhamar dedicado a los trabajos del campo, hasta que sucedió lo de las Navas y Al-Ándalus vio como se iba aproximando su fin, pues el imperio almohade, ahora su dueño y señor, se descompuso tras la terrible, y ya no recuperable, derrota de su califa Al-Nasir

Aunque, tras la trascendental batalla, las hambrunas de los años siguientes, por una terrible sequía, y las dificultades sucesorias en Castilla y Aragón retrasaron el golpe final, cuando ya se asentaron en sus tronos por un lado Jaime I y por el otro Fernando III, primos y amigos, se lanzaron al asalto definitivo, el uno por Levante y el otro directo hacia el Guadalquivir.

En el territorio musulmán, las taifas habían vuelto y un adalid murciano, de nombre Ibn Hud, se había convertido en el reyezuelo más poderoso llegando a dominar tanto esa zona como las de Córdoba y Sevilla. Pero lo cierto era que los ataques cristianos cada vez le arrebataban más ciudades y le iban mermando cada año el territorio. Por el sector de Arjona, Alhamar aguantaba con mayor fortuna las embestidas hasta que se cansó de obedecer a Ibn Hud, que no le aportaba ayuda alguna y se declaró sultán de aquella región.

Ya puesto, no se conformó con ello sino que rápidamente comenzó su expansión y enfrentándose al reyezuelo le arrebató Guadix, Baza, Jaén, Úbeda, Porcuna, y hasta Córdoba también, en 1233. Y en el año siguiente, mediante una hábil conjura y el asesinato de quien había apoyado para echar de allí al hermano de su rival, logró poner en Sevilla como rey a un pariente suyo.

Sin embargo, la bonanza le durará bien poco. Ibn Hud logró el reconocimiento del califa como gobernante de todo Al-Andalus, reconquistó Córdoba y los sevillanos obligaron a huir, para no acabar degollado, a su representante allí.

El Rojo vio que la suerte había cambiado y se avino a plegarse a la autoridad de su rival y reconocerlo como emir. A cambio consiguió él ser reconocido como señor de su Arjona natal, la poderosa Jaén y Porcuna. No era mucho, pero menos era perderlo todo en un combate desigual. Decidió esperar su oportunidad.

Ocasión que no tardó en presentarse. Los castellanos tomaron la emblemática y todavía gran ciudad de Córdoba (1236) y no solo se establecieron firmemente en ella sino que avanzaron por los cuatro costados y la autoridad de Ibn Hud que hubo de aceptar vasallaje y enormes impuestos decayó hasta tal punto de perecer asesinado por sus propios súbditos en el año 1237.

 

Señor de la guerra

Entonces Alhamar se movió con gran celeridad y a lo largo de siguiente año se apoderó de Almería, Málaga y Granada, donde se decidió, por su emplazamiento y defensas, a fijar su nueva capital, proclamándose ya rey con el nombre de Muhammad I. Había nacido la dinastía nazarí.

Alhamar el Rojo comenzará en breve, además, la construcción del gran edificio monumental, que la elevará a la cima del reconocimiento, ahora mundial, el de la Alhambra, en el sitio y lugar donde estaba la vieja fortaleza y que tanto él como sus herederos convertirán en una de las joyas del patrimonio histórico artístico universal admirado hasta el día de hoy.

Aquel momento, sin embargo, de expansión y cierta tranquilidad, no iba a durar mucho. El rey castellano Fernando III no había dejado de observar su expansión territorial y se lanzó contra él. Tomó su natal Arjona, cercó aunque infructuosamente Granada y apretó el sitio a Jaén, donde había fracasado anteriormente en más de una ocasión. Esta vez no soltará la presa. 

En el año 1246 Alhamar se vio obligado a pactar y entregar la poderosa e inexpugnable alcazaba. El nazarí consigue mantener Granada y Málaga, y que se le reconozca como soberano de ellas, pero habrá de declararse vasallo del rey castellano, pagar anualmente la cifra de 150.000 maravedís al año y prestar ayuda militar si es requerido por un periodo de 20 años.

Pudo parecer un mal negocio, pero lo fue muy bueno. Le permitió, al emplazarse en un territorio menos disperso y más concentrado, fortificarlo bien y se garantizó no solo la paz con el poderoso Fernando sino su protección contra los ataques aragoneses que por el otro flanco lo amenazaban también y que entonces volcaron sus ataques en Valencia y las islas Baleares hasta apoderarse de ellas. 

Por su parte Alhamar también cumplió, pues aunque es poco conocido el hecho, medio millar de jinetes granadinos participaron en 1248 en la definitiva conquista por el rey Fernando III de la ciudad de Sevilla.

Las relaciones entre ambos reyes se mantuvieron en lo pactado hasta la muerte del cristiano e incluso continuaron por un tiempo con su hijo Alfonso X el Sabio, pues el nazarí también coadyuvó a la toma cristiana de la única taifa musulmana, con la excepción de la granadina, que quedaba por conquistar, la de Niebla. 

 

Hábil negociador

Pero tras aquello ya solo restaba el reino nazarí y Alhamar presintió que el siguiente objetivo iba a ser él mismo, por lo que estableció negociaciones con el nuevo imperio emergente al otro lado del estrecho, el de los benimerines. En 1264 el pacto con Castilla se rompió, al comprobar el castellano que el nazarí alentaba con sus tropas sublevaciones de mudéjares en la zona de Murcia y en la ciudad de Jerez. Las rebeliones fueron sofocadas por tropas conjuntas castellano-aragonesas, pero cuando estas dieron un paso más y amenazaron Granada sufrieron una seria derrota y hubieron de regresar.

 Pero los problemas de Alhamar no habían hecho sino comenzar. Sus parientes puestos al mando por él en Málaga y Guadix, molestos por su arrimo a los benimerines, se declararon vasallos de Castilla. El Rojo sitió entonces Málaga, pero no la pudo tomar y tuvo que acabar pactando pagar un nuevo tributo anual al castellano de 250.000 maravedís, renunciar definitivamente a Murcia y Jerez para que no siguieran apoyando a los sublevados y él los consiguiera someter (1266). Alhamar se la guardaría a Alfonso X, apoyando después a los nobles castellanos sublevados contra él en el año 1272 y consiguiendo tomarle Antequera.

 Su reinado llegaba a su fin, había cumplido ya los 78 años, había fundado un reino y lo había sabido defender pero no iba a morirse tampoco como correspondía ya a un hombre de su edad. Seguía montando a caballo, una de sus grandes pasiones, y fue una dura caída de su montura, la que lo mató cuando ya iba camino de cumplir los 80 años, una edad verdaderamente provecta para el tiempo y la vida que había llevado.

 El pequeño reino se mantuvo tras él. Los reyes cristianos, enzarzados en luchas internas le permitieron sobrevivir. Hubo una razón poderosa, más allá de que su fortaleza defensiva y sus alianzas africanas lo hacían muy difícil de conquistar, como se vería muchos años después: los reyes castellanos preferían su oro y los soberanos nazaríes estuvieron más dados a pagarlo anualmente o cuando fuera menester que a meterse en una guerra total que pudiera terminar con él. Así, entre unas cosas y otras la dinastía nazarí fundada por Alhamar el Rojo perviviría hasta el año 1492, cuando la rindió Boabdil.