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José Luis Loarce

Con Permiso

José Luis Loarce


Mar de septiembre

07/09/2021

Hoy volvemos a las páginas de septiembre como colegial sumiso de antaño, a la pizarra de la actualidad de cuando no había tablet ni noches que sucedieran a los días. Volver, volver a la columna. Pero la columna no ha vuelto, no. Sigue en el mar. No quiere ver este océano reseco y cuarcítico, sino un Atlántico de luna creciente y donde las olas que no acaban de llegar nunca son una pared de soledad contra el cielo. Es el «mar de olas de zinc y espumas de cal», de Juan Ramón, el mar que luchaba por encontrarle o porque el poeta de Moguer lo encontrara, como el amor. Es el mar que viene para alejarse, como esos cuerpos enborronados de tatuajes y salitre que pese a todo no quieren ser distintos en la diferencia, ni únicos en su unicidad. 
A donde uno viera el mar por primera vez y volviera otras veces para ver si era el mismo, y llegara hoy de nuevo como insistiendo en lo que de mítico e iniciático podría tener aquel mar de los sesenta, ¿es todavía posible retornar? Claro que está la plaza de las Flores y un banco de hierro en la esquina y los azulejos azules y blancos…,  pero nadie te ofrece a probar el bombón helado adolescente y desconocido, y de las puertas de las casas blancas de pescadores oscuros no cuelgan cortinas de redes, con las que sus pobladores son rescatados de los fondos marinos del sur como seres mitológicos.
A mis mares eternos y desconocidos llegan también los libros como si fueran esas tablas neumáticas que han convertido los bordes del mar en una pasarela del paddle surf; e igual que las bellas se atan al tobillo su tabla para no perderla, los libros se nos atan o nos amarramos siempre a ellos, para que nos naveguen. Esa es toda la marinería de que uno es capaz, la lonja de secano de la escritura. Un holandés, no sé si errante, Toine Heijemans (En el mar, Acantilado), con su hija a bordo en aguas hostiles, me susurra en la arena que «conforme nos adentrábamos en el mar, el mundo se hacía cada vez más nuestro». Las olas fugitivas acaban depositando en Adrián el limo cubano y final de esa gran novela de Leonardo Padura que es Como polvo en el viento (Tusquets), que sopla desde su cumpleaños. Flor, antes de volver una y otra vez a Tolstoi, palea en el tiovivo desenvuelto y sincero que nos pasa Cristina, la Feria (Círculo de Tiza), de Ana Iris Simón, criptanense de la que esperamos más incorrecciones literarias.
Barridos que somos al fin por un mar hipnótico y libre, un mar tumbado sobre la arena como una estatua helénica, al abrigo incierto de todos los septiembres a los que nos han regresado.