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Diego Murillo

CARTA DEL DIRECTOR

Diego Murillo


Defensa de la democracia

24/01/2022

Recopilando las últimas 'Coplillas de Ramón' allá por junio de 2000, de nuestro colaborador recientemente fallecido, los periódicos de entonces deslizaban ya el final de la guerra de Kosovo tras años de contienda en el denominado 'patio trasero de Europa' y donde el continente fue casi un mero espectador en un conflicto muy virulento para la modernidad que presumía Bruselas a las puertas del nacimiento del euro. Ahora, los tambores de guerra vuelven a sonar en la frontera de Ucrania, por tercera vez en menos de ocho años, mientras que en España retumba de nuevo el 'No a la guerra' en la voz del socio de Gobierno. Podemos, de acuerdo con su ideario, rechaza una participación de España en una hipotética intervención militar con la OTAN en un país, el nuestro, en el que poco o casi nada importa la política exterior. 
Resulta curioso cómo en este mundo tan globalizado, este tipo de noticias caigan en saco roto en la conversación cotidiana cuando al mismo tiempo nos quejamos de la subida de la luz y del gas y pedimos responsabilidad al Gobierno -al Ministerio de Consumo, por cierto, también de Podemos- para que nos arregle el desaguisado. Europa se ha levantado bajo unos cimientos de cooperación, de derechos y deberes, integración social, política y cultural que la han elevado a un estado supranacional digno de los libros de historia. Pero en ese camino de superación de guerras y conflictos internos, ha descuidado otra política, no menos importante, que consiste en influir y sentirse respetada en el exterior. En ese juego de crear con éxito el proyecto de cooperación entre países más importante en siglos, Europa se ha desentendido de otro pilar básico, la política exterior y de Defensa. Un complejo que le pesó entonces con la guerra en los Balcanes y le pesa ahora en una permanente tensión en la Europa del Este. 
La Unión Europea sale de esta tensión trastabillada y despreciada por su gran vecino, Rusia, que parece entenderse mejor con Estados Unidos pese a que Washington está a miles de kilómetros de Kiev, y ha conseguido, de momento, destensar militarmente un conflicto del que curiosamente salen beneficiados ambos países. Por un lado, Estados Unidos está garantizando el gas licuado a través de barcos a Europa porque Moscú cierra el grifo de su gaseoducto e impone un alto precio por este bien preciado en los meses duros de invierno. 
Miren ustedes si estas tensiones afectan directamente al bolsillo de los ciudadanos europeos que las subidas en la factura energética están desorbitadas y que tienen intención de parar hasta que el frío mengüe allá por primavera. Mientras, una parte del elenco parlamentario piensa que el buenismo de la diplomacia es el único argumento para jugar en un tablero internacional diezmado de liderazgo y con varias superpotencias al acecho de anexionarse nuevos territorios. El sentido, queramos o no, de las fuerzas armadas no es únicamente dar asistencia humanitaria y sanitaria a la población en el COVID o en catástrofes. Su afán, en estos tiempos de incertidumbre, es defender democracias, con el diálogo por bandera pero con la intimidación de una organización con la que Europa en estos momentos no cuenta.