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Juan Villegas

Edeumonía

Juan Villegas


Cultura de horizontes

14/01/2022

Andrés Calamaro tiene en su álbum El salmón, editado en 2000, una canción titulada Horizontes, de la que ha incluido una preciosa versión en un álbum de dúos que ha aparecido recientemente, Dios los cría,  y que en este la interpreta  junto al cantante uruguayo Fernando Cabrera. Alrededor del final del paisaje/ Del final del mar, del final del campo/ Se puede ver al horizonte perfectamente/ Voy a buscar un horizonte por las ventanas rotas/ Entre los vidrios rotos, voy a seguir buscando/ Entre los días tristes, voy a seguir esperando/ Encontrar el horizonte. Estos versos son parte de la letra de la canción, versos y música que pueden reconfortar en estos momentos de  larga travesía de casi dos años a través de una pandemia que se nos está haciendo ya demasiado larga, que nos está dejando agotados y que, entre otras muchas desgracias, como es las miles de vidas de las personas que se está llevando,  está dejando también una seria mella en la salud mental de una gran parte de la población. Es como si el virus arrastrase tras de sí un manto de oscuridad que va  extendiendo a su paso tristeza y  desolación,  desesperanza que se lleva de muchos  la alegría y sus ganas de vivir.  La situación es grave y esto ha provocado que hayan empezado a saltar las alarmas. Hasta tal punto se ha convertido en una realidad preocupante que a finales del mes pasado el Ministerio de Sanidad presentó un Plan Estratégico de Salud Mental SNS 2022-2026, aprobado por el Consejo de Ministros, para el que ha destinado una importante dotación económica, con el propósito de establecer y desarrollar medidas que pongan freno y remedio a esta otra lacra que va dejando tras de sí la pandemia. El número de personas que demandan los servicios de salud mental se ha disparado, siendo lo más preocupante el aumento de suicidios durante los dos últimos años. A la espera de que el Instituto Nacional de Estadística nos ofrezca  las cifras de 2021,  datos que se esperan con el temor a que la subida se haya incrementado nuevamente, 2020 fue el año que más personas se quitaron la vida desde que se registran los suicidios en España. 
   El suicidio es algo demasiado complejo, una realidad en la que intervienen factores y variables   que en muchas ocasiones no son fácilmente identificables y que requiere un acertado tratamiento  para el que sin ninguna duda la psiquiatría y la psicología son, evidentemente fundamentales. Son necesarios los programas de salud mental, el aumento de presupuesto orientado a mejorar los servicios sanitarios y de prevención. Pero no solo. Durante gran parte del siglo XX se ha ido tejiendo una visión demasiado trágica y atormentada del ser humano. Se ha ofrecido desde literatura y la filosofía, especialmente, una mirada desesperanzada de la vida y la historia de las personas, se ha fomentado una cultura extremadamente pesimista con respecto al sentido de la existencia humana. Se ha buceado en las miserias humanas y no se ha sabido o querido salir de estos pozo  demasiado oscuros. Se ha interiorizado por parte de artistas,  creadores culturales e intelectuales que solo las visiones atormentadas de la realidad humana eran reflexiones  profundas que nos acercaban a lo que en realidad somos y que, por el contrario, aquellos otros enfoques optimistas que han pretendido mostrar signos y señales para confiar en las bondades y grandeza del ser humano se han considerado antropologías bobaliconas o demasiado simplonas, ilusas o infantiloides.  Las élites culturales e intelectuales  se han recreado en el  catastrofismo y pesimismo antropológico y han contribuido en generar una cultura de la desesperación y la muerte. 
El suicido además de una tragedia personal que requiere de los mejores tratamientos médicos es también una fracaso social. El fracaso de una sociedad que no ha sido capaz de despertar a su alrededor deseos de vivir, que no ha sabido ofrecer motivos para no tirar la toalla. Cuando alguien se enfrenta a su última decisión y dice «hasta aquí hemos llegado, todo se va a terminar en este momento» está fracasando la sociedad entera por no haber  sido capaz  de trasmitir la ilusión de vivir y la confianza necesaria para saberse más fuerte que todas las dificultades. La pandemia está suscitando también serios replanteamientos vitales y dinámicas de cambio. No es mal momento por tanto para indagar, a pesar de todo, sobre la necesidad de una cultura luminosa, una cultura de horizontes y de sentido, que sea capaz de iluminar y despejar caminos, de brindar amaneceres y de cantar con Andrés Calamaro: Entre los vidrios rotos, voy a seguir buscando,/ Entre los días tristes,/ voy a seguir esperando Encontrar el horizonte.