LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Los ausentes

25/02/2021

El Congreso de los Diputados celebró esta semana el cuadragésimo aniversario del fallido intento de golpe de Estado del 23 de febrero. Con la presencia del Rey Felipe VI, se recordó cómo la joven democracia española hizo frente al mayor desafío sufrido hasta entonces. Unos militares irrumpieron en la sede de la soberanía nacional y la secuestraron durante unas interminables horas. Al final, el golpe fracasó y el pueblo español respiró. Una fecha para celebrar, conmemorar y reflexionar. Sin embargo, unos jóvenes diputados indepes y otros del PNV, que van ya por varias txapelas centenarias, decidieron no acudir porque «no había nada que celebrar». Debe ser que hubiesen preferido a los milicos en el gobierno para seguir haciendo la revolución o la guerra santa. Quieren cargarse el régimen del 78, sin darse cuenta que son hijos del mismo y deben a él su condición. Pablo Iglesias estuvo, pero no aplaudió. Se entretuvo con el móvil, poniéndole deberes nuevos a la niñera.
Cuarenta años más tarde de aquello, el Rey que venció el golpismo está fuera, en el exilio, y aquellos que dieron un golpe de Estado en Cataluña hace cuatro años están dentro, en las instituciones. Para que luego hablen de la ingratitud hispánica. Caín y Abel se citan cada mañana en el Parlamento para darse cera y abrir y ahondar cada vez más la herida que se cerró entonces. Leo estos días un sensacional libro de Rafael Cabanillas, Quercus, donde deja una frase lapidaria para la Historia. «Dale al odio razones y verás correr la sangre por los albañales».
Estos hijos de papá con carrera en el sofá destruyen todo lo que tocan a paso de tambor. No puedo creer que la Esquerra sea tan talibana y cenutria para pactar de nuevo con el belga en lugar de los socialistas. A Puigdemont le han quitado la inmunidad y solo le queda entregarse o vagar solo por Europa igual que Antonio Pérez. La oportunidad que se abre para Cataluña tras las elecciones es directamente proporcional a la panza de Rufián, que llegó a Madrid para cuatro días y ahora cierra los restaurantes antes del toque de queda. Como decía Lázaro de Tormes y el Buscón, la abundancia nunca fue buena con el entendimiento.
El Rey Viejo permanece en el exilio observando de hito en hito lo que fue su país y lo que han hecho con él. Los niños de papá se ausentan porque no hay verdadera democracia, sin percatarse tampoco que fueron sus padres quienes lucharon porque sus hijos tuvieran lo que a ellos se les negó. Las civilizaciones entontecen y abotargan, se pisan los cordones solas, entre baños de opulencia y mariscadas. Luego vienen los bárbaros, conquistan el imperio y hay quien pregunta por qué.
La ausencia de los nacionalismos e independentistas es un conjunto vacío en el sumatorio de España. A estas alturas, ya somos varias generaciones las que no tenemos encima el pecado original del franquismo ni debemos hacernos perdonar nada. Los catalanes vivieron muy bien con Franco y los vascos también. El general se llevó arriba toda la industria para tenerlos calladitos e inflarles los bolsillos. Ahora vienen de ofendidos, cuando fueron ellos quienes aplaudían con las orejas silentes. Piden desagravios, que es lo mismo que pedir billetes. Hay que llevarse las manos a la cartera, como decía Baroja, que los conocía bien. España debe comprender ya que no puede cederse ante la estulticia y, mucho menos, ante la traición y el oprobio. Bastantes platos de lentejas nos han costado ya.