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Javier Ruiz

LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Toledanías

07/07/2022

Hace algunas semanas, probablemente coincidiendo con Corpus, me dijo una oyente que le gustaban y era seguidora de lasToledanías que hacía en Onda Cero Radio Toledo de vez en cuando. La verdad es que había realizado pocas hasta el momento, pero no renuncio a ampliar la gama en un futuro. Se trata de breves comentarios, en torno a treinta segundos, sobre aspectos curiosos de la ciudad de Toledo. El nombre me vino así a la cabeza, casi por inspiración divina, pensando que ningún otro mejoraría la esencia de lo hecho, producido y vivido en esta ciudad milenaria. Las dispuse por estaciones, como las sonatas de Valle, si bien solo terminé las de verano y otoño. Pero lo bueno de las toledanías es que muchas de ellas se escriben en presente y probablemente en futuro, aunque todas echen su ancla al pasado. Toledo es una ciudad mágica donde pueden suceder escenas fuera de tiempo y lugar como la que viví el domingo y que hoy cuento en La Tribuna.
Madrugué como cada fin de semana con el fin de hacer Senda y Valle. Para quienes no son de la ciudad, decir que la primera recorre el meandro del río por abajo y el segundo lo hace por arriba. Toledo es una ciudad de mañana, muy temprana, aunque pocos lo sepan. Por eso está tan deshabitada a esa hora. Pero la leyenda se abre y agiganta al vecino y caminante si es despierto y detiene sus ojos. Transitaba por Santo Tomé y enfilaba la calle del Ángel, bajada de la Judería y camino directo a San Juan de los Reyes. El sol no había amanecido aún y el aire soplaba en la nunca, abriendo paso a la mañana y silbando entre los tiestos y macetas de las balconadas. Y fue ahí, en un suspiro, cuando un canto de lejos vino a sacarme de mis pensamientos y acercar el oído a la piedra. Un susurro, como leve destello, canto de cuna, letanía mecida por el viento salía de entre las altas piedras conventuales. Un frescor ligero, una rosa de la mañana, un cabello despeinado y suelto bajaba de entre los muros en forma de arrullo, canto y oración. Eran voces celestiales que sujetaban el alba y lo acurrucaban en un lecho de tocas y rosarios. Nunca se dieron las gracias a Dios con tan amorosos silbos nacidos del mimo y cuidado de tan añosas manos. Sí, eran las monjitas de San Antonio, ventanas abiertas, haciendo los laudes de la mañana. Paré el camino, me detuve, cerré los ojos y di con la espalda sobre la pared. Y ahí pasó un tiempo, no sé cuánto ni cómo y vi otra vez la maravilla surgir del río, el cielo abierto en torres y chapitales, el mudéjar llorando al nacer, la roca pariendo del suelo y las algas. Vi Toledo surgir de nuevo en la cuna de sus voces, el canto antiguo en mundo nuevo, la mañana despierta en albores de piñones y ruecas. Y fui feliz y respiré y pensé hondo que aquello no pasara y pudiese detenerlo para llevarlo dentro y contarlo. Aunque no me entendiesen y llamaran loco, pero lo viví y me sacudió todo entero. Fue irme varios siglos en el tiempo y no tener carne ni cuerpo ni alma siquiera transmutada en las voces angelicales que la sostenían. Eso es Toledo en la mañana, estas son las toledanías que nacen de la piedra y a la piedra caen y callan si no las descubre antes el viajero o el vecino. Había visto a dos de ellas, dos de las hermanas, rezar el Rosario varios días antes calle arriba, pero jamás había oído sus voces levantando la mañana en jazmines limpios de claridad y viento. Hasta el Padre Tajo blandía sus aguas como si fueran níveas y cristalinas en la época de Garcilaso. Toledo lo había vuelto a hacer, partera de la Historia que trae criaturas nuevas cada día para quienes saben verlas. Y seguí caminando. Y di gracias a lo Alto por haberme puesto en mitad de la maravilla.