Adiós a un jugador de otro tiempo

Eduardo Gómez
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A sus 42 años Carlos Camacho cuelga las botas tras una carrera en la que se ha ganado el respeto de todo el fútbol, siendo el último superviviente de una época donde el compromiso era la clave

Carlos Camacho posa con algunas de las camisetas que ha defendido a lo largo de su carrera. - Foto: Tomás Fernández de Moya

Carlos Camacho (2-2-1977. Ciudad Real) deja el fútbol. A sus 42 años tiene claro que no todo vale. Recibió una oferta para continuar en el CD Manchego, pero esta vez las formas pesaron más y entendió que había llegado su momento. Sin querer entrar en muchos detalles, explica que «el final ha sido el que ha sido, pero mi idea era haber continuado». De hecho, se marchó de vacaciones con la idea de renovar con el CD Manchego y durante ese tiempo se preparó para ello. Cuando volvió a Ciudad Real confiesa que tenía la bolsa hecha para ir a entrenarse, como otro día más desde hace 25 años, pero esa mochila nunca volvió a pisar un vestuario. 
«Las circunstancias fueron las que fueron, tuve que tomar una decisión y creo que no me he equivocado. Ellos sabían que mi idea era seguir en el fútbol, pero vi desidia y falta de interés en tomar la decisión de mi continuidad y aunque luego se quiso arreglar, ya no había forma de hacerlo. Ha sido una decisión mía, pero que me han invitado a tomar. Me voy sin rencor. A veces las cosas no salen como uno desea», sintetiza.
Con su retirada no cuelga las botas un futbolista más. De alguna manera el fútbol provincial se queda huérfano de un jugador en especie de extinción. Apasionado de este deporte, asegura que desde el primer y hasta el último día «me lo he tomado con la máxima seriedad. He sido un profesional, pero en categorías amateur», argumenta.
Querido y respetado por compañeros, técnicos, directivos y árbitros, es uno de esos futbolistas de los que ya no quedan. Un ejemplo de dedicación y empeño, un maestro para los más jóvenes y un consejero para entrenadores y directivos. Un jugador de esos que todos anhelan tener en su plantilla.
Recuerda cómo sus compañeros de generación comenzaron a retirarse hace una década y sonríe cuando piensa que empezó a jugar con padres cuyos hijos han compartido después vestuario con él, caso de Juancho y sus hijos Juanfri y Carlos Lucio; o de Rubén Gómez; o del portero Nico Tapiador. Con el guardameta malagonero desempolva una de sus múltiples anécdotas. Y es que llegó a coincidir en el Piedrabuena con su padre Elías, tristemente fallecido. «Le comenté a Nico lo buena persona que era su padre y él se emocionaba», recuerda. De hecho, para muchos jóvenes ha sido casi como un padre y para los jugadores que venían de fuera era un perfecto anfitrión y el primero a la hora de integrarles. 
Para él empieza ahora una nueva vida, donde espera tener más tiempo para su familia y disfrutar del fútbol de otra manera, ese deporte que añora tipos como él, humildes, sencillos y lejos de estridencias. El último superviviente de una generación que no lo tuvo nada fácil y que hizo de la necesidad virtud para ir cumpliendo temporadas, siendo ejemplo dentro y fuera del vestuario porque «por encima del jugador están siempre las personas», concluye. 

 

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