Se está «planificando la urgencia» ante posibles brotes

Pilar Muñoz
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Un médico, una enfermera y una técnico auxiliar de Urgencias narran a 'La Tribuna' sus vivencias: el aluvión de enfermos, el miedo en sus ojos y sus terribles radiografías, los estragos del COVID-19 en sus pulmones

Se está «planificando la urgencia» ante posibles brotes

Han sido, son y seguirán siendo la fuerza de choque, el único sitio junto a la UCI en el que el paciente no se ha sentido desamparado, y donde, en demasiadas ocasiones se sentían «como si estuviéramos haciendo frente a un carro blindado con una lanza». Quien trasladar este sentimiento en la conversación mantenido con La Tribuna no es un novato en Urgencias, es David Mateo, un médico bregado, con años de experiencia, y a quién pocas cosas sorprendían hasta que llegó la COVID que «ha sido una auténtica barbaridad, nos ha desbordado completamente».
Recuerda el silencio, la mirada de miedo y angustia de los pacientes que llegaban en avalancha, radiografías de tórax horrorosas: «ha sido desolador, tenemos compañeros con secuelas psicológicas, llorando por cualquier chorrada». Y, a pesar de todo, los servicios de urgencias han respondido de manera impresionante, «casi hemos alcanzado la idealidad», asevera.
David Mateo lleva en Urgencias desde 2006. En 2008 obtuvo la plaza por oposición y estuvo cuatro años en el Hospital de Oxford y dando clases en la universidad. En Inglaterra tuvo la oportunidad de ampliar su formación como médico de Urgencias «de verdad, con rotaciones en anestesia, intensivos, unidades aéreas, etc.». Salvo ese paréntesis de cuatro años, de 2012 a 2016, siempre ha trabajado en Urgencias y en el helicóptero sanitario.
El problema es que, ahora, con el coronavirus «nos enfrentábamos a algo totalmente nuevo, sin evidencias científicas», en aprendizaje constante y «con instrucciones a veces contradictorias, como con la administración de corticoides o sin tener claro cómo ventilar a pacientes con pulmones muy rígidos que no ventilan bien, imagina un globo colapsado o con una coraza por fuera que no se puede inflar o desinflar. Tampoco podíamos poner aerosoles porque es una manera de expandir el virus», añade.
Al menos, podían dedicar todo su tiempo y conocimientos a los pacientes de COVID porque «la respuesta de todos los profesionales que habitualmente no trabajan en Urgencias ha sido impresionante y estamos muy agradecidos», se han encargado de todos los pacientes que eran de otras especialidades, traumatología, ginecología, oftalmología, otorrino, etc.
Reconoce que se ha perdido tiempo, cree que la respuesta internacional y las directrices de la OMS fallaron y, sin querer entrar en guerras políticas, piensa que «evidentemente ha habido un retardo en la respuesta porque estábamos un poco perdidos y quizá no se quería crear alarma, pero tampoco ahora es momento de buscar responsabilidades, si no de aportar ideas».
La idea que remacha una y otra vez es que «no hay que bajar la guardia, que hay que llevar mascarillas» y está convencido de que si no ha habido más contagios es «por las medidas de confinamiento y las mascarillas, de no ser por eso habría habido una expansión más agresiva», afirma.
El doctor David Mateo indica que están planificando la urgencia para posibles futuros rebrotes y picos de pandemia y recuerda la experiencia de la mal llamada gripe española de 1918, que en un primer contagio afectó a 3 o 4 millones de personas y después murió el 40% de la población en un segundo brote pasados tres o cuatro meses. Y recuerda también el fallecimiento de su amigo el piloto Florentino Sánchez, una «persona impresionante, admirable» con quien había trabajado en el helicóptero del Sescam, un hombre sano, que sólo tenía hipertensión, «pero se contagió y desde nuestra inexperiencia con el germen no pudimos tratarlo a tiempo, hizo una respuesta inmunológica exagerada y falleció», dice con dolor. La COVID-19 «nos ha arrebatado a gente que queríamos y también nos ha quitado lo que más nos gusta que es el abrazo de la gente que quieres, y esto nos está pegando una hostia impresionante», sentencia con pena.

 

También ha estado al pie del cañón, combatiendo el virus en Urgencias, el médico Antonio Ortega, veterano y reconocido en el servicio por su labor y entrega, que no dudó en incorporarse al cien por cien al servicio (estaba liberado al 50% como delegado sindical de CISF) para hacer frente a la pandemia.


Su compañera en  Urgencias Cristina Donate, diplomada Universitaria en Enfermería, tampoco dudó en incorporarse al cien por cien al servicio. Es igualmente delegada del sindicato CSIF y está liberada, pero ante la situación que se desencadenó en marzo por la pandemia se incorporó. Confiesa que tuvo miedo por sus dos hijos, pero pudo más su vocación de enfermera y entrega a los demás, como es el caso de Toñi Carretero, técnico auxiliar de Enfermería, que tiene tres hijos.
Están acostumbrados a hacer frente a situaciones difíciles y enfermedades muy graves: paradas cardiorrespiratorias, ictus, heridos en todo tipo de accidentes, tentativas de asesinatos ... Pero el coronavirus casi puede con ellos. Les ha dejado muy tocados. «Se nos ha quedado grabado la mirada de los pacientes, su miedo, su angustia. La gente tenía sensación de desamparo porque no podían entrar los familiares y no sabían si los iban a volver a ver. Nosotros intentábamos paliar su pena, cogiéndoles de la mano, tranquilizándolos», dicen ambas sanitarias que destacan el compañerismo y altruismo de gente anónima.
Toñi recuerda que «una tarde, en plena pandemia, llegó una mujer de unos 60 años que nos llevó cuatro bizcochos que había hecho porque estaba harta de ver las noticias y estaba muy agradecida al trabajo que estábamos haciendo. No tenía familiares sanitarios ni pacientes. Era una persona anónima. Nos emocionó a todos».
Cristina Donate y Toñi Carretero también coinciden en destacar el compañerismo y la labor de los jóvenes sanitarios. «No se han echado para atrás. Ole por ellos», dice con énfasis Donate. «Siempre he admirado mi profesión, a los sanitarios. Ahora aún más».

 

Desde la experiencia. Nada más llegar a Urgencias, tras dar el nombre, una celadora o celador te acompaña al triaje, de ahí al cuarto donde te pones el pijama para pasar a Rayos. Después te llevan a un box de Urgencias, te ve el médico, te hacen pruebas y mientras salen los resultados pasas a una zona de espera con distancia de seguridad y mascarilla. Nadie habla, todos callan. Más tarde llega el médico, te informa. Te vamos a ingresar. El miedo se apodera de tí. El personal de Urgencias lo sabe e intenta que el desamparo que sientes no se adueñe de tí. El trayecto de Urgencias a plantas es largo y se piensa mucho. La celadora o celador que traslada en silla de rueda o camilla al paciente lo sabe y trata de animarle, de que no piense en lo malo. Te vas a poner bien.