Los gigantes del mar

Óscar del Hoyo (SPC)
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Misteriosas y plásticas, las ballenas francas poseen un extraño magnetismo que sigue cautivando el alma del que contempla los sugerentes y acrobáticos bailes y escucha los hipnóticos sonidos del mamífero más grande del planeta tierra

Los gigantes del mar

Puerto Pirámides. Patagonia argentina. Los rayos de sol de los últimos días de la primavera austral ya calientan. La mañana despejada del mes de noviembre promete una excelente jornada de avistamiento, aunque la mayoría de las ballenas ya han decidido abandonar con sus cachorros las tranquilas aguas de este genuino santuario marino. A escasos metros de la costa comienza el espectáculo. Delicado, sutil, suave y preciso. El sugerente movimiento que estos impresionantes cetáceos realizan para desplazarse en las aguas azules de la Península Valdés contrasta con sus mastodónticas dimensiones -las hembras pueden llegar a alcanzar alrededor de 16 metros-.
Curiosas y confiadas se acercan a la embarcación, se aproximan a la superficie y asoman sus cabezas, pero pronto la extraordinaria quietud se interrumpe con un enérgico sonido gutural. Parece un lamento. Un estruendoso ronquido similar al de un oso, pero mucho más pausado, casi cansino. Al estremecedor susurro le sigue un contundente soplido que anuncia la súbita expulsión de una fina columna de aire y vapor. La ballena se sumerge de nuevo, pero deja su mejor regalo para el final. Tras desaparecer por unos instantes, su enorme y simétrica cola se eleva, dibujando en el horizonte una estampa irrepetible, que quedará siempre en la retina del que la contemple y que dará paso a una majestuosa cascada natural antes de volver a esconderse en las profundas aguas del mar.
Con un peso adulto cercano a las 40 toneladas, la ballena franca austral (Eubalaena australis) sigue en peligro de extinción. Como consecuencia de que flotan una vez muertas, de su lento nado y de que su cuerpo puede rendir en torno a 7.200 litros de aceite, esta especie ha sido considerada durante años como la correcta (right=franca) para cazar. Su población en la zona argentina, donde supone cerca del 30%, disminuyó de forma trágica durante el siglo pasado y, aunque su número llegó a reducirse hasta los inquietantes 300 ejemplares, en la actualidad, gracias a que fue declarada como especie protegida en 1935 y a la diversidad genética de un pequeño grupo, cuenta con cerca de 2.700 miembros, con un esperanzador ritmo de crecimiento anual del 7%. Hoy, sólo Rusia, que devolvió el pasado año las últimas belugas que mantenía retenidas, y, sobre todo, Japón cuentan con flotas específicas para su caza masiva, mientras que Noruega se escuda en los estudios científicos para llevarla a cabo a menor escala.
Los gigantes del marLos gigantes del marA estas controvertidas capturas que diezman de forma notable a la población, hay que sumar un incipiente problema de naturaleza muy distinta: el acoso de las gaviotas. La existencia de enormes basureros que se enclavan cerca de la costera ciudad de Puerto Madryn ha desencadenado el aumento de la población de estas aves, cuya variada dieta se suele completar con los energéticos trozos de piel de las ballenas que flotan, tras desprenderse por la fricción derivada de los saltos o de la misma cópula. Pero ahora, las gaviotas no se sacian y son muchas las que deciden picotear directamente en los dorsos de estos enormes mamíferos. Esta peculiar conducta trae consigo la aparición de grandes úlceras e infecciones en la piel de los cetáceos, lo que provoca que, al tener que sumergirse una y otra vez para evitar los insidiosos picotazos, consuman una enorme cantidad de energía que posteriormente les imposibilitará llegar a las zonas claves en su alimentación. 
Argentina se ha convertido en un auténtico santuario para esta especie. Desde que en 1984 se promulgara una ley que declaraba monumento natural a todas las ballenas que se visualizaran en sus aguas jurisdiccionales, la llegada de estos imponentes cetáceos a las costas cercanas a Península Valdés para reproducirse, parir y amamantar a sus ballenatos se incrementa cada año. «Aquí se sienten seguras. Saben muy bien que nadie las va a atacar . No perciben peligro alguno», comenta Horacio Otamendi, guía de la compañía Peke Sosa, una de las muchas que se dedican al avistaje de estos singulares mamíferos.
El período de gestación de las ballenas varadas, que sólo tienen crías cada tres años, se prolonga durante un año, mientras que el amamantamiento de los cachorros se extiende a lo largo de otros 12 meses. Los ballenatos, a los que se les puede apreciar nadando junto a la madre y haciendo sus primeras piruetas, nacen con una longitud cercana a los cinco metros y medio, llegando a tomar hasta 200 litros de leche diarios.

 

Huellas dactilares

Una de las peculiaridades menos conocidas de las ballenas es que no resulta nada complicado identificarlas de por vida. La cabeza de cada animal posee desde su etapa fetal una serie de callosidades de un color gris oscuro que funcionan como huellas dactilares. El tamaño, la distribución o la forma varían con claridad de una ballena a otra, pero no se modifican nunca durante el crecimiento. Estas rugosas y elevadas áreas de la piel albergan densas colonias de pequeños crustáceos que, en determinadas ocasiones, pueden hacer que la ballena presente tonalidades blancas, amarillas e incluso rosas. «Es muy fácil saber qué ballena es la que estamos viendo. Los callos actúan de huellas dactilares y es muy sencillo reconocerlas. El más significativo es el que nosotros denominamos bonete, que suele ser el de mayor dimensión y casi siempre está localizado en la punta del hocico», relata Otamendi desde la embarcación, al mismo tiempo que varias ballenas asoman sus colas y las vuelven a esconder a escasa distancia.

 

Dieta y saltos

Lenta y en silencio, como si tratase de mimetizarse con el entorno. Una parte de la cabeza de una vieja ballena se erige indiscreta por encima del agua. Nada a una velocidad constante en línea recta, buscando saciar su cada vez más incómoda hambruna. Poco a poco va elevando su frente y va dejando descubrir el gran secreto de su boca; sus brillantes, largas y afiladas barbas. Al contrario de lo que se puede llegar a pensar por su descomunal tamaño, la dieta de estos espectaculares mamíferos está basada en seres microscópicos o de reducidas dimensiones.
Los gigantes del marLos gigantes del marSu mecanismo de alimentación consiste en desplazarse lentamente la velocidad puede situarse cercana a los 4 kilómetros por hora- con su boca entreabierta. Gracias a las 260 barbas corneas de hasta 2,40 metros que cuelgan de su maxilar superior, realizan un peculiar filtrado que las permite sólo engullir agua y plancton. Cuando su boca está llena, el animal empuja la lengua contra el paladar, lo que genera una presión que provoca que el líquido se vea obligado a salir a través de las barbas, permaneciendo la comida en el interior. «El alimento queda siempre atrapado entre los pelos de las barbas y se asemeja a una papilla. Las ballenas eligen sus rutas condicionadas por las grandes bolsas de krill.
Hay muchos estudios que han tratado de calcular la cantidad de comida que podrían engullir. Lo más probable es que, teniendo en cuenta que nadando a una velocidad de dos nudos y medio sobre una zona donde se concentre mucho plancton, podría capturar alrededor de 280 kilogramos cada hora», desvela el portavoz de Peke Sosa.
Los meses de septiembre y octubre son los más idóneos para observar in situ el comportamiento de estos colosos del mar, aunque en noviembre también se pueden contemplar. Durante esas fechas, las ballenas abandonan las latitudes más frías con el objetivo de llegar a enclaves costeros de poca profundidad, donde se concentran para reproducirse, parir o amamantar a los ballenatos.
Uno de los espectáculos más llamativos y estéticos que se presencian es el denominado breaching, impresionantes saltos fuera del agua que ejecutan desde que son cachorros. Con una elegancia impropia de un animal de estas proporciones, son capaces de retar a la fuerza de la gravedad con un imponente salto, en el que consiguen completar una espectacular pirueta de 180 grados antes de volver a zambullirse en el mar.
De sangre caliente y dotada de pulmones, la ballena franca austral es uno de los animales más plásticos y misteriosos del planeta azul. De su conservación y del control de su caza masiva e indiscriminada depende que las generaciones venideras puedan continuar deleitándose con estos excepcionales gigantes del océano.