scorecardresearch

Magnicidios que sí cambiaron la historia

Georgino Fernández (SPC)
-

La condena al vigilante que amenazó de muerte a Pedro Sánchez trae a la memoria cinco grandes crímenes de Estado en España: los de Prim, Cánovas del Castillo, Canalejas, Dato y Carrero Blanco

Funeral de Carrero Blanco en Madrid en 1973. Un armón de artillería transportó el féretro de Blanco por Madrid el 22 de diciembre de 1973. Para muchos, su asesinato encendió la mecha de la Transición, el paso de la dictadura a la democracia.

La Historia reciente de España se ha teñido de negro con cinco grandes magnicidios. Explosivos, revólveres y hasta trabucos fueron empleados para ilustrar esta crónica trágica.

La condena de siete años y seis meses que hace poco más de una semana impuso la Audiencia Nacional a Manuel Murillo, el vigilante jurado que amenazó con asesinar a tiros al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha vuelto a poner el foco sobre esta palabra tan sonora: magnicidio, que siempre va acompañada de tintes tremendistas. La RAE la define como la «muerte violenta dada a una persona muy importante por su cargo o poder». En el relato español sobre muertes violentas de personajes públicos destaca un quinteto de atentados cometidos sobre otros tantos jefes del Ejecutivo, asesinados en el ejercicio de su labor gubernativa entre los siglos XIX y XX y en un margen de tiempo de 103 años.

Crímenes que fueron planeados y ejecutados para cambiar el curso de la Historia y que se iniciaron con la muerte del general Prim en 1870 para culminar con el asesinato de Carrero Blanco en 1973. En medio, figuran los de Cánovas del Castillo en 1897, José Canalejas en 1912 y Eduardo Dato en 1921.

Si bien las amenazas mortales al líder del Ejecutivo socialista no pasaron de ser más que una sucesión de escritos intimidantes en redes sociales, en los otros casos la determinación de los asesinos sí terminó haciéndoles cruzar la línea que separa las amenazas de los hechos consumados.

En el caso del ahora condenado, como advirtieron los magistrados de la Sala, «fue interiorizando que la solución para producir un cambio en la situación política española pasaba por causar la muerte del presidente del Gobierno».

Esa fijación con dar un vuelco al sistema político es, sin duda un nexo común, entre todos los magnicidas. Se acaban viendo como brazos ejecutores de un designio al que no pueden oponerse. «Soy un francotirador y con un tiro preciso se acaba el Sánchez antes de que del todo hunda a España», escribió Murillo.

Pero a diferencia del episodio protagonizado ahora por este vigilante jurado, en el espacio de poco más de un siglo, España fue sacudida por cinco sonoros magnicidios.

El más lejano en el tiempo es el del general Prim, Juan Prim i Prats, presidente del Consejo de Ministros, que fue asesinado en 1870. Ocurrió la noche del 27 de diciembre. Volvía a su casa, en la calle del Turco (hoy Marqués de Cubas) cuando dos carruajes le cerraron el paso y de ellos salieron tres individuos que le dispararon varios trabucazos. Llegó malherido al Palacio de Buenavista (entonces sede de la Presidencia) donde tres días después falleció a causa, según la versión oficial, de una grave infección, una septicemia. Al día siguiente de su atentado pensaba viajar a Cartagena para recibir a Amadeo de Saboya, el nuevo rey que él apoyaba.

Trabucazos para acabar con el general Prim. Regresaba a su casa cuando tres individuos se bajaron de dos carruajes y abrieron fuego cruzado con sus armas repetidamente dejándole malherido. Trabucazos para acabar con el general Prim. Regresaba a su casa cuando tres individuos se bajaron de dos carruajes y abrieron fuego cruzado con sus armas repetidamente dejándole malherido.Casi tres décadas después, en 1897, el que cayó bajo las balas fue Antonio Cánovas del Castillo. El 8 de agosto estaba pasando sus vacaciones en el balneario de Santa Águeda de Mondragón (Guipúzcoa). Cuando descansaba en el porche leyendo el periódico se le acercó un terrorista y con un revólver mató al entonces presidente del Gobierno. Michele Angiolillo (26 años), un anarquista italiano que se hospedaba en el mismo balneario, fue detenido, juzgado y ejecutado. En el juicio afirmó que había sido una venganza por la persecución a los anarquistas en Barcelona.

Cánovas del Castillo, tiroteado en el balneario donde estaba de vacaciones. Estaba leyendo el periódico cuando el anarquista italiano Michele Angiolillo le disparó tres veces a quemarropa. Cánovas del Castillo, tiroteado en el balneario donde estaba de vacaciones. Estaba leyendo el periódico cuando el anarquista italiano Michele Angiolillo le disparó tres veces a quemarropa.En la mañana del 12 de noviembre de 1912, el que tuvo una cita con la muerte fue otro presidente del Gobierno, José Canalejas. Iba caminando por la Puerta del Sol en Madrid hacia el Ministerio de la Gobernación cuando se detuvo ante el escaparate de una librería. En ese momento, se le acercó un terrorista por detrás y le disparó tres tiros en la cabeza. Fue Manuel Pardiñas, otro anarquista que se suicidó con la misma arma del crimen.

Canalejas, muerto ante una librería. El presidente se paró ante el escaparate de una librería para echar un vistazo a unos libros. En ese momento, el anarquista Manuel Pardiñas le disparó en la cabeza. Canalejas, muerto ante una librería. El presidente se paró ante el escaparate de una librería para echar un vistazo a unos libros. En ese momento, el anarquista Manuel Pardiñas le disparó en la cabeza.Eduardo Dato fue el siguiente presidente en morir violentamente. La noche del 8 de marzo de 1921 volvía del Senado a su casa cuando al llegar a la plaza de la Independencia una moto con sidecar con tres hombres a bordo se colocó detrás de su coche y le dispararon repetidamente. Dato fue alcanzado por ocho balazos, tres de ellos resultaron mortales.

Dato, asesinado de ocho disparos. Tres hombres en un sidecar, como ilustra un periódico francés, le dispararon mortalmente. Dato, asesinado de ocho disparos. Tres hombres en un sidecar, como ilustra un periódico francés, le dispararon mortalmente.El último de la lista fue el almirante Carrero Blanco, el llamado a suceder a Franco. El 20 de diciembre de 1973 regresaba a su casa tras oír misa en Madrid, cuando la banda terrorista ETA hizo explotar al paso de su vehículo oficial una potente carga de 100 kilos de dinamita que lanzaron su pesado Dodge a más de 20 metros de altura.