Milagro en 'el Serengueti'

A. Criado
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Enrique Salcedo se recupera poco a poco de las secuelas provocadas por el COVID-19 tras 163 días en la UCI y lanza un mensaje a los más jóvenes: "Esto no es una tontería"

Milagro en 'el Serengueti' - Foto: Rueda Villaverde

Su imagen leyendo una carta de agradecimiento a los profesionales sanitarios se hizo viral al instante. Entre tanta muerte y desolación, un soplo de esperanza, una mueca de alegría, una lágrima de emoción contenida. Enrique Salcedo, que el próximo mes de mayo cumplirá 73 años de edad, ingresó en el Hospital General Universitario de Ciudad Real el 19 de marzo y no volvió a pisar la calle hasta el 26 de noviembre, ocho meses y una semana después. Fue el último de los supervivientes de la trágica primera ola en volver a ver la luz del día. El exjugador del Manchego, contra todo pronóstico, remontó un partido que casi todo el mundo daba por perdido. El COVID-19 destrozó sus pulmones y le sumió en un profundo sueño de 163 días en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), más de cinco meses en los que sus seres queridos temblaban en casa cada vez que sonaba el teléfono.

Quique, como le llaman cariñosamente sus familiares y amigos, empezó a sentirse mal un día de principios de marzo en Villanueva de los Infantes, donde su mujer, Carmen Duque, trabaja como profesora en el instituto. Regresó a casa después de correr más de ocho kilómetros y empezó a tiritar de frío. En su primera visita al médico le dijeron que era un simple constipado, pero empeoró y ya en el hospital de la capital, el 19 de marzo, las pruebas a las que fue sometido revelaron el contagio de coronavirus. Casi un año después, sentado en un sofá con su inseparable medidor de la saturación de oxígeno a mano, reconoce que ha vuelto a nacer y que su recuperación es un auténtico «milagro». «Los médicos nos dijeron que nos preparáramos, que su estado era grave y nos podían llamar en cualquier momento», corrobora su esposa.

La carta de agradecimiento a los sanitarios, que a duras penas pudo leer momentos antes de abandonar la Unidad de Cuidados Intensivos, no fue un brindis al sol. Rafael del Campo, Luis Yuste, Mariana Portillo, Jesús Sanz, Elena la fisioterapeuta… Todavía se emociona al recordar sus nombres y la pasión con la que combatieron al virus durante los caóticos primeros días de la pandemia: «Iban ataviados con plastiquillos, pero se entregaban de una manera increíble y solo les importaba que estuvieras bien, que salieras adelante». Su ingreso se produjo solo cinco días después de que el Gobierno de España declarara el estado de alarma y hasta su traslado a la UCI, comenta su mujer, «permaneció en una zona habilitada en el hospital para los casos de coronavirus que los propios profesionales denominaban ‘el Serengueti’, porque aquello era peor que la sabana africana».

Milagro en 'el Serengueti'Milagro en 'el Serengueti' - Foto: Rueda Villaverde

La recuperación va más despacio de lo que le gustaría, pero ya ha logrado ponerse de pie, tiene una gran voluntad y mira al futuro con optimismo: «El médico me dijo que no tan deprisa, que era la persona que más tiempo había estado ingresada en la UCI y que también iba a ser la que más tiempo tardara en recuperarse, que tuviera paciencia porque había sido un milagro». Hay días que se hacen eternos, pero cuando el ánimo decae, recapacita y se dice así mismo que «lo mismo dan ya dos o tres meses más». En este proceso, el apoyo de su familia es vital y también el que recibe de amigos como Jorge Romo, compañero durante dos años en la construcción de las vías del AVE Ciudad Real-Sevilla: «Me llama todos los días desde Cáceres. Es como un hermano». Quique lleva ya unos años jubilado y antes de poner fin a su vida laboral como trabajador municipal en el Ayuntamiento de Ciudad Real, trabajó también en un almacén de aluminio y regentó un tienda de motos y bicicletas en la calle Alarcos.
Una espera angustiosa. Su mujer jamás podrá olvidar esta «horrible» experiencia. De hecho, aún se encuentra de baja por depresión y ansiedad. Los primeros meses, cuando no podía estar junto a su marido en el hospital, fueron especialmente dramáticos: «Nos dijeron que nos iban a informar de su evolución entre las 11.30 y las 12.00 horas y nos tirábamos todo el santo día esperando la llamada. Imagínate los sustos que nos llevamos cuando nos llamaron una vez a las diez de la mañana y otro días dos veces». A mediados de junio, cuando la presión hospitalaria se redujo a mínimos, pudo acompañar a Quique durante unas horas por las tardes y una vez que pasó a planta, durmió allí todas las noches. «La atención en el hospital fue maravillosa, pero cuando regresamos a casa nos quedamos un poco de la mano de Dios, y no por parte del médico, que tenemos su móvil y estamos en contacto con él, sino por el hecho de no recibir ayuda en casa para la rehabilitación, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, en Madrid», apostilla.

Enrique Salcedo, que ya ve la luz al final del túnel, quiere que su amarga experiencia no quede en el olvido, que sirva como ejemplo. Ahora, en plena discusión sobre qué restricciones establecer para Semana Santa, hace un llamamiento a la ciudadanía, especialmente a los más jóvenes, para que sean pacientes y responsables: «Hay que pararse un momento y pensar que esto no es una tontería, que al que le pilla bien… Yo hoy tengo la fortuna de poder estar hablando contigo, pero ¡cuántos muertos van ya!».
 

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