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Juan Villegas

Edeumonía

Juan Villegas


La DGT y el demonio de Laplace

22/04/2022

La campaña publicitaria que ha lanzado la Dirección General de Tráfico durante esta Semana Santa ha vuelto a dar en la diana, sorprendiendo e impactando: «Los Treinta y seis». Su mensaje era claro, conciso y directo. Según el Big Data, 36 personas iban a morir por accidente de tráfico durante la Semana Santa. En esta ocasión el argumento al que ha recurrido la DGT es que el Big Data y los algoritmos son capaces de pronosticarlo todo, en este caso, el número de fallecidos en accidente de tráfico, su edad, cuántos de los fallecidos serán varones o mujeres, el lugar en el que ocurrirán los accidentes, la hora, con qué vehículo o la procedencia de las personas accidentadas. El anuncio terminaba haciendo un llamamiento a la población para intentar conseguir «que el Big Data se equivoque». Se ha sabido que la DGT ha contado con la ayuda de un experto en Analítica e Inteligencia de Datos quien a partir de millones de datos de accidentes ocurridos durante otras Semanas Santas, utilizando algoritmos y modelos matemáticos predictivos, ha dado con el número y perfil de los destinados a morir en un accidente de tráfico durante los pasados días de Semana Santa. Cerrada la operación de tráfico de Semana Santa, las personas fallecidas han sido 29 y no sabemos cuál ha sido el margen de error del Big Data, y si, como nos retaba el anuncio, se ha conseguido doblegar el destino. Pero solo es cuestión de tiempo, a la espera de un Big Data más reforzado y de una inteligencia artificial aún más potente capaz de operar con una mayor cantidad de datos y variables, que las estadísticas, previsiones o pronósticos ofrecidos por los modelos matemáticos sean tan seguros y certeros como la exactitud con que se sabe cuál será la posición exacta de la Tierra con respecto al sol dentro de unos años. 
Pierre-Simon Laplace, físico y matemático francés continuador de la mecánica newtoniana, pensaba que el universo podía ser concebido como un gran artefacto mecánico donde todo está ajustado y determinado con precisión, donde todo se mueve con arreglo a un orden establecido, a una leyes físicas en las que no cabe la más mínima desviación o error y, por tanto, donde todo es perfectamente predecible si se tiene un conocimiento adecuado y completo del sistema. Laplace en su Ensayo filosófico sobre posibilidades tiene un famoso fragmento donde establece que si una inteligencia sobrehumana (un demonio, llama él) conociera todas las fuerzas y cuerpos sería capaz de conocer todo el pasado, presente y futuro. Para Laplace, como para todos los mecanicistas clásicos, el azar no existe, es solo la proyección de nuestra ignorancia. El demonio del que habla Laplace nunca hablaría ni estadística ni probabilísticamente porque la historia del conocimiento humano es el esfuerzo para pasar de un lenguaje probabilístico a un lenguaje determinista. Es cierto que tanto la mecánica cuántica como la teoría del caos han supuesto una seria crítica al modelo mecanicista, pero el desarrollo de las tecnologías del Big Data y de la Inteligencia artificial así como los avances a través de las neurociencias en el conocimiento del cerebro y sobre cómo se genera «la decisión humana» están volviendo a revitalizar un cierto modelo determinista que mucho nos recuerdan al de Laplace. 
En el trasfondo del anuncio de la DGT se plantea una cuestión filosófica profunda que desde siempre nos ha «traído de cabeza» a los humanos: ¿somos libres o estamos sujetos a un destino, a una cadena de causas y leyes (físicas, psicológicas, sociológicas) que incluso podrían explicar las decisiones que tomamos en la creencia de que lo hacemos en absoluta libertad? Nos estamos acercando día a día a la inteligencia sobrehumana de la que hablaba Laplace. La inteligencia artificial y el Big Data han puesto rumbo al conocimiento total, a una omnisciencia con la capacidad de una visión total y de predecir todo tipo de acontecimientos. ¿De qué servirían entonces nuestros esfuerzos para alterar las predicciones délficas del cálculo matemático, nuestros intentos de corregir lo que es inevitable que ocurra? ¿No nos pasaría como a Layo y a su hijo Edipo que queriendo alejarse para escapar del oráculo y contravenirlo se acercaban aún más a su cumplimiento? La famosa tercera antinomia kantiana planteaba este eterno conflicto, el de una razón contradictoria incapaz de deslindar la libertad de la necesidad.