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Juan Villegas

Edeumonía

Juan Villegas


El final del fin de la historia

23/09/2022

Con el libro El fin de la historia y el último hombre, que estuvo precedido por un ensayo titulado  ¿El fin de la historia?, Francis Fukuyama, sirviéndose de algunos presupuestos de tipo filosófico, intentó clarificar y explicar los acontecimientos que revolucionaron el mundo a finales de la década de los ochenta y principio de los noventa. Este influyente politólogo estadounidense de origen japonés logró mediante su teoría consolidar y extender la interpretación, desde una perspectiva de clausura no solo de una época sino de la propia historia humana, de unos precipitados hechos -la Perestroika y la Caída del Muro de Berlín, principalmente-  que desencadenaron la desintegración de la URSS y el fin de la Guerra Fría. La tesis principal que Fukuyama mantenía en estos escritos, asumiendo conceptos fundamentales de la filosofía de Hegel, consistía en que el motor que había impulsado el devenir de la historia del último siglo había sido la lucha entre ideologías. Fukuyama, al igual que los marxistas, parte de la idea de Hegel de que la historia es esencialmente dialéctica, dinámica, que está sometida a un continuo movimiento y cambio, siendo el motor de este cambio el conflicto, la confrontación, la oposición, la lucha. Para Fukuyama la historia de las últimas décadas se había  desarrollado sobre la fuerza del enfrentamiento entre los bloques Occidental (capitalista) y Oriental (comunista) liderados por Estados Unidos y la Unión Soviética. Con el fin de este conflicto, que habría llegado con el fracaso del comunismo y el triunfo en el orden político de las democracias liberales y de la economía de libre mercado, los motores de la historia se habrían apagado y el modelo occidental quedaría instalado sobre el planeta in aeternum. Fin de la historia. 
Pero contrariamente a lo que pensaba Fukuyama, parece que la historia haya vuelto a ponerse en marcha y que vuelven a escucharse los tenues latidos de su despertar. Los atentados del 11 de septiembre en Nueva York en 2001 representaron el primer intento serio de  hacer tambalear los pilares de occidente en esta nueva era post-historia preconizada por Fukuyama, una verdadera amenaza al orden establecido y al pensamiento único. Hasta ahora, las amenazas desde el terrorismo instalado en el medio oriente y algunos países africanos han sido constantes aunque no suficientes  como para derribar la hegemonía de Occidente.  Las cosas han cambiado, no obstante, desde la pandemia, punto de partida de una serie de acontecimientos que han puesto en jaque las tesis de Fukuyama.  La retirada de Afganistán de las tropas de los países occidentales y la invasión de Ucrania por parte de Rusia han derribado las piezas del tablero de la geopolítica mundial, han enterrado a Gorbachov, y han vuelto a levantar de nuevo un invisible telón de acero que vuelve a dividir el mundo en dos grandes bloques.  
El error en el análisis de Fukuyama, en parte asumido por él mismo con la publicación de un reciente libro titulado El liberalismo y sus desencantados. Cómo defender y salvaguardar nuestras democracias liberales, es haber considerado, al igual que hacen los marxistas,  que la historia se detendrá en seco en algún momento, para unos, cuando triunfe la dictadura del proletariado, para otros, entre los que se encontraba Fukuyama, con la globalización de las democracias liberales y el capitalismo. Unos y otros parecían ignorar, en palabras de nuestro pensador contemporáneo más importante, Xavier Zubiri, que la estructura de la realidad es dinámica y que la historia humana es un necesario y continuo devenir. Nada puede contener el irrefrenable impulso de la inteligencia y la  imaginación humana para descubrir nuevas posibilidades o inventar nuevos mundos, nuevas formas de ser o vivir. Las semillas del desencanto y el descontento permanecen siempre enterradas en el corazón de lo establecido a la espera de que llegue el impulso y las condiciones que puedan hacerlas crecer.   Siempre anidarán en el corazón del sistema el sentido crítico o los deseos de remover y derribarlo todo.  Ningún sistema policial, ningún régimen totalitario podrá silenciar eternamente la disidencia, acallarla, sofocarla hasta hacerla desaparecer para siempre. En el mejor mundo posible podrán, incluso, incomprensiblemente, florecer en lo más hondo del espíritu humano los deseos e instintos más irracionales de querer vivir en otro mundo peor.