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Sociedad

Abrazar el miedo para emprender el vuelo

Raquel Santamarta - domingo, 15 de mayo de 2016
Natalia Sanchidrián. / - Foto: Pablo Lorente
«Una deuda pendiente». A sus 44 años, Natalia Sanchidrián desnuda su alma en 'Volando alto' 16 años después de que llegara a la UTCA del doctor Luis Beato tras caer en las garras de la anorexia y la bulimia

Hace dos años y medio, Natalia Sanchidrián decidió dejar atrás Ginebra (Suiza) y regresar a España para saldar «una deuda pendiente» y dejar de «huir hacia delante». «Me da miedo exponerme, que la gente sepa lo que me ha ocurrido, pero necesito liberarme de la máscara con la que he hecho creer a los demás que todo va bien», asegura una mujer de 44 años que desnuda su alma en Volando alto, un libro cuya lectura «te adentra en una dimensión diferente, donde sucesos desagradables llegan a cobrar sentido encontrando explicación a valores y emociones que llenan de vida nuestra existencia».

Así lo asegura el doctor Luis Beato, jefe de una Unidad de Trastornos del Comportamiento Alimentario (UTCA) de Ciudad Real que tuvo a Natalia por paciente. De eso ya han pasado 16 años, pero esta madrileña -afincada en Guadalajara- quiere desde su testimonio, emocionante y sobrecogedor, ayudar a otras personas a identificar, elaborar y transformar muchas de las creencias que nos limitan. Pero, sobre todo, a abrazar «el regalo de ser uno mismo».

Natalia sufrió abusos sexuales desde los cuatro años, lo que hizo del miedo y de la desconfianza sus principales compañeros de viaje. Su capacidad para enfrentarse a la vida estaba seriamente dañada. En Volando alto, libro que presentará el próximo 8 de junio a partir de las 19.00 horas, en la Biblioteca Pública del Estado de Ciudad Real, habla de «la importancia de sacar fuera el dolor que llevamos dentro».

En este sentido, Natalia, que desarrolla cursos y conferencias de técnicas de liberación emocional, así como de afrontamiento del estrés, apuesta por la regla de tres para «volar alto». «Se puede hacer en tres meses: misma hora y mismo día cada semana», avanza sobre un conjunto de estrategias claves para aceptarnos y visualizar en lo queremos convertirnos. «Hasta que no trabajemos el miedo, no vamos a ser capaces de acabar con un desorden alimenticio, una adicción o una dependencia», aclara.

A los 17 años colgó la mochila. «Dejé el instituto porque no me gustaba estudiar y, obviamente, tenía muchos problemas», según afirma. Su metro ochenta de estatura y su porte (ha sido modelo) le abrieron las puertas la compañía textil más grande del mundo. Pero, trabajando en una tienda, sus inseguridades empezaron a aflorar. «La manera que tenía una compañera de decirme que no me cabía el uniforme hundió aún más mi autoestima», apunta. Si no fue el desencadenante, al menos aquello sí se convirtió en el punto de inflexión. «La ansiedad que tenía me había hecho comer de más», señala Natalia.

En ese momento pensó que la solución a sus problemas estaba en la pérdida de peso y se agarró a una perversa herramienta para conseguirlo. «Quería ser más delgada», simplifica. Los vómitos tras los atracones se convirtieron en una constante difícil de erradicar. «Me di de baja, me despidieron y entré en una depresión muy grande. No sabía qué hacer ni dónde ir y, además, no confiaba en nadie», remarca. Cuando llegaron las taquicardias, Natalia sustituyó la bulimia por la anorexia. Y dejó de comer.

«Perdí 20 kilos y lo que es peor: la ilusión por la vida», señala. No en vano, se le pasó por la cabeza «hasta el suicidio». Y llegó a la Unidad de Trastornos del Comportamiento Alimentario (UTCA) de Ciudad Real, entonces ubicada en el Hospital del Carmen, para aprender a convivir con el descontrol. «El hecho de que Luis fuera hombre me echó para atrás pero, poco a poco, se ganó mi confianza y comencé a mejorar», según recuerda. Pero, en el preciso instante en el que le planteó el alta, Natalia se vino abajo: «No quería salir a un mundo que para mí era peligroso».

El doctor Beato le propuso un traslado que, de entrada, rechazó. «Estaba muy asustada», apunta. Y es que, aunque resulte paradójico, el profesional se pone en la defensa del trastorno, para que el enfermo lo ataque. La meta no es otra que conseguir que el paciente encuentre sus propias razones para curarse. Y, en este sentido, el psiquiatra Luis Beato sostiene que «sólo lo logra quien aprende a manejar sus fracasos». «Ni todo es blanco, ni todo es negro. Hay grises en el medio», promete Natalia desde su experiencia. «Si yo he podido, los demás también pueden», subraya.



«No tenía muchos sueños». Cuando finalmente abandonó la UTCA, tras algo más de un año de terapia, Natalia «no tenía muchos sueños». Pero, aconsejada por los que la querían, metió sus miedos en la maleta y se fue a Cookham, un pueblo inglés a orillas del río Támesis que se convirtió en una especie de edén perdido para ella. «Estaba muy cómoda porque mi trabajo, de camarera, no me exigía ninguna responsabilidad», precisa.

Pero, tras un fructífera conversación con una supervisora, decidió salir de la zona de confort y emprender el vuelo. Fue así como se fue a una editorial, donde estuvo cerca de cuatro años, antes de irse a una sucursal. «Después de ocho en Inglaterra, me fui a Alemania. Y de ahí a Suiza», relata. Para entonces, Natalia ya era azafata de la compañía PrivatAir. «Siempre he sido un culo de mal asiento y me ha gustado conocer gente que no me conociera», confiesa una mujer que también ha residido en República Dominicana y Buenos Aires aunque, para ser sinceros, se ve en un futuro en una casa de campo en Galicia. «La naturaleza me relaja y sus paisajes me recuerdan a Escocia e Irlanda», según manifiesta.

Tras poner en marcha Flying High, una empresa dedicada al crecimiento personal a través del coaching y de la gestión del sistema de creencias, Natalia tiene en mente montar su propia editorial. No en vano, al margen de Volando alto, título que le viene al pelo a una mujer que siempre ha tenido la cabeza en las nubes, «más en el cielo que en la tierra», tiene otros dos libros escritos pendientes de ver la luz: Feliz de ser yo y El milagro de compartir. Intercambiando felicidad. «Siendo muy niña comencé a escribir en diarios todo lo que no podía expresar de otra manera», explica matizando que ha esperado a ser «lo suficientemente fuerte» para poder contarlo.

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