Hay, en las comedias del Siglo de Oro, un afán por mostrar lo hermoso, lo perfecto. Sin que perfectos sean los personajes de la obra de Diego Velázquez del Puerco, adaptada y dirigida por Juan Dolores Caballero, éstos se alzan sobre el escenario para romper moldes bajo la belleza de lo grotesco.
Don Tristrás, Doña Estanguirra, Rey Perico, Chisgarabis, Don Gastón y Doña Escotofia. Seis. Son seis. Como los seis personajes de Pirandello o los cisnes de Grimm. Seis, como los reinos de la naturaleza. Son seis, pero bien podrían ser todos los que el sábado llenaron El Corral de Comedias de Almagro, donde los espectadores, uno por uno, se fueron quedando con parte de la sonrisa que a cada movimiento, los seis, regalaban.
Y es que, para contar la historia de El Rey Perico y la dama tuerta se puede empezar con la palabra encanto, y de ahí pasar al resto, que no son otras que frescura, fuerza y una impresionante disposición para hacer reír que nace de la unión de la compañía sevillana Teatro del Velador, la castellano-manchega La Cantera Producciones y la murciana Distrito Teatro.
Sin más decorado que una silla, las manos de Don Tristrás (Juanjo Macias) se ajustan a la perfección al cuerpo mutilado de Doña Estangurria (Eva Rubio), quien si bien al principio siente la más honda repugnancia por el galán, poco a poco acompasa su desinterés hasta apenas vacilar al elegir una alternativa a su destino. Apremiada por su padre, el Rey Perico (Manuel Solano) y hostigada por su prima, Doña Escotofia (Gloria Albalatae), la dama tuerta necesitará más que amenazas para superar su propia moralidad.
Convertidas las tablas del Corral de Comedias en un verdadero mundo al revés, es inevitable no darse cuenta, casi enseguida, que lo primero que hace la obra es cautivar, con vestuario, de Mai Canto, incluido.
Una historia propia. No sería posible reír del mismo modo sin la figuras del fiel escudero Chisgarabís (Abel Moral) y el, no tan duro, competidor de Don Tristrás, Don Gastón (Eduardo Tovar), quienes más que dotar a la obra de una divertidísima musicalidad, hacen de la música una historia propia. Y así, con historia propia incluida y guerra de por medio, mientras que los demás resuelven los lances propios del amor y el desamor, el caprichoso rey se deja seducir por el astuto Chisgarabás, para acabar reconociendo, al más puro estilo Billy Wilder, que nadie es perfecto.
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