Santa Muñoz tiene 57 años y una gran capacidad para afrontar las adversidades del día a día. La vida le ha enseñando a mirarla con sus claroscuros. El 16 de julio hará 23 que se quedó viuda con cinco hijos que sacar adelante. Entonces, la mayor tenía 13, casi recién entrada en la adolescencia, una etapa ya de por sí complicada. Un derrame cerebral se llevó a su marido muy rápido, demasiado como para tomar conciencia del cambio de situación, aunque «lo pasado, pasado está» y hay que moverse en un presente que, por desgracia, tampoco deja muchas opciones.
Con su pensión de 468 euros se las ve y se las desea para acabar un mes que tenga 28, 29, 30 o 31 días, siempre se hace largo. Hay que pagar luz, agua, butano... y la contribución que, cuando llega, le hace temblar. «La calefacción sólo la pongo cuando vienen mis nietos, para caldear la casa», confiesa. «Gracias a que mi familia me ayudan en todo lo que pueden», añade. Por ejemplo, lo de la peluquería lo resuelve con una de sus cuatro chicas aunque, al tener tres niños de ocho, cuatro y dos años , «dispone de poco tiempo»
En el hogar de María del Carmen Robledo sobreviven con un presupuesto realmente ajustado. Entran pocos euros para muchas bocas. Hoy se confiesa cansada: «casi no he dormido». El trabajo y los problemas le quitan el sueño. «Empiezo por la mañana temprano, a veces no como en casa y regreso por la noche», explica. Limpia todas las casas que puede para sacar unos 600 euros limpios al mes y poder llenar la nevera. Una de sus gemelas, de 21 años, se quedó embarazada con 17, pero al año siguiente volvió a caer en estado. Ahora, son seis en un piso de tres habitaciones. ¿El sexto? Su marido, con el que no tiene ninguna relación. «Estamos en trámites de separación», resume. Él no trabaja, sus hijas tampoco (aunque una de ellas cobra una ayuda de 400 euros tras formar parte de un plan municipal de empleo) y, según puntualiza, «ahora los niños son lo primero».
A sus 41 años tiene cargas familiares que pesan demasiado y que asume prácticamente en solitario. Su jornada comienza a las siete y media de la mañana: «tiendo la ropa, pongo lavadoras, levanto a mis hijas y a los niños, voy haciendo la comida y, mientras ellas llevan a la niña al colegio, visto al pequeño y le acerco a la guardería». Cuando se va a trabajar, Sandra y Soraya, sus gemelas, se hacen cargo del resto. «No han querido estudiar. Se matricularon en un Programa de Cualificación Profesional Inicial (PCPI) de auxiliar de oficina en el IES Maestre de Calatrava y, aunque el primer año muy bien, abandonaron al segundo», se lamenta su madre, a la que le hubiera gustado que aprovecharan las oportunidades para mejorar su calidad de vida.
La situación personal de Maite Fernández ha dado un giro de 180 grados. De pasar de «vivir cómodamente», está buscándose la vida cómo puede y «al límite». Su problema ya no es llegar a final de mes, sino «cómo llegar a primeros». Desde que en 2010 saliera de Mercadona tras 23 años, ha encadenado varios contratos, el último en una frutería, que le han llevado a las filas del paro. Pero la prestación por desempleo, de 568 euros, que ahora da de sí poco, se acaba en agosto. El tiempo juega en su contra y está cansada de echar currículos, «hasta en talleres mecánicos». «He llegado a ir a una casa a limpiar y me han dado tres euros por hora. Qué no me digan que el quiere trabajar, trabaja, porque no es verdad. O yo tengo mala suerte», señala. De hecho, a finales de abrilera uno de las personas que hacía cola en el Impefe para solicitar uno de los 153 puestos de trabajo del Plan de Empleo de la Diputación.
La edad tampoco está de su lado, aunque digan aquello de que «la veteranía es un grado». A sus 42 años le han rechazado de muchos puestos, sobre todo de dependienta, por esta cuestión. El mes lo inicia pagando los 370 euros que cuestan los 50 metros cuadrados en los que vive con su hijo Ernesto, de cinco años. Pero, cuando llega la matrícula del colegio y una factura como la última del gas, de 186 euros, las cuentas ya no salen. «El agua aún no la he pagado y estoy vendiendo unas carteras a dos euros para pagar la cuota de Amhida», confiesa ahogada por la crisis. Ernesto tiene déficit de atención e hiperactividad y, además, se da cuenta de todo. «El otro día me pregunta: mamá, ¿el Ratoncito Pérez trae dinero? Y me dice: habla con él y que me traiga un Playmobil, porque luego vas tú y me lo coges de la hucha», indica.
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