La Tribuna de Ciudad Real
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17 de noviembre de 2018

Los únicos

Nieves Sánchez - domingo, 9 de septiembre de 2018
Los únicos
Los únicos que resisten en los singulares poblados que creó Franco son los hijos y nietos de los primeros colonos. La despoblación cerca el deseo de los más jóvenes por permanecer y aviva en sus mayores el miedo a la soledad.

En Consolación la quietud tiene vida propia. Es el único pueblo donde a cualquier hora son las diez y treinta y siete minutos. Hay paz, puertas abiertas, campo y silencio, cercanía y gente en la noche, aunque muy poca, al fresco. A León todo eso le gusta, es su vida, no ha conocido otra cosa, lo que le mata es que no haya clavos y tener que coger el coche a sus 77 años para recorrer 12 kilómetros hasta la ferretería de su particular calvario. A Use por el contrario no le duelen las tiendas que nunca existieron, sino los atardeceres de verano en los que se escucha el rugido de la A-4 en lugar de las voces de la chiquillería en el barrio. Tiene 50 años y los mismos kilómetros por delante para trabajar, alternar y comprar.

León Díaz es uno de los cinco primeros colonos agrícolas que llegó hace 69 años desde Membrilla a un nuevo y coqueto pueblo de colonización a orillas de la autovía que surgió de un comentario del dictador. Use Díaz Arroyo es su hija, uno de los tres niños de su quinta que nunca se ha ido de Consolación, ejemplo vivo de los 300 núcleos rurales que levantó Franco en mitad del campo de una España pobre y con hambre. En Ciudad Real los únicos que quedan son nueve de esos pueblos, algunos de ellos como Llanos del Caudillo han crecido, otros como Consolación pierden población por la falta de empleo, recursos y servicios.

Hace 20 años los únicos colonos que quedaban en este pequeño pueblo creado de la nada entre Valdepeñas y Manzanares tuvieron que decidir si querían renombrar sus cinco calles. Use fue la primera en hablar: «Poetas, que lleven el nombre de poetas y yo quiero vivir en la calle Miguel Hernández». Y así fue. El de Orihuela, los hermanos Machado, Lorca y Quevedo se instalaron en las fachadas y la vida de la pequeña aldea. Corrían nuevos tiempos para los vestigios del franquismo en la provincia. Jóvenes vecinos como Use empezaban a marcar el rumbo de estos poblados.

Son hijos y nietos de los primeros colonizadores que nacieron en municipios cercanos y fueron trasladados a los pueblos de colonización para poblarlos entre 1940 y 1970. Los únicos que quedan son la esperanza de esos núcleos inventados, son su verdadera patria porque en ellos ya han nacido y se han criado. Viven allí felices y se mantienen firmes en su deseo de resistir hasta que el tiempo les quite la razón.

Huir de la soledad. Consola barre desde hace 23 años con una gran escoba y recogedor las calles de Consolación, a los pies de un ayuntamiento viejo, vacío, sin alma, de cristales rotos, balcones sucios y un reloj que se detuvo algún día a las diez y treinta y siete minutos en la fachada de un Consistorio que nunca llegó a funcionar como tal sino como casino. «Ya no hay la gente que había y es una pena, pero todavía hay escuela y eso es símbolo de futuro», defiende Consola sin parar de limpiar.

El sol de las ocho y media de la mañana colorea de naranja la plaza con una fuente, la ermita en honor a la Virgen de Consolación cuyo campanario se ve desde la autovía Madrid-Cádiz y un colegio que educa a 13 niños de un pueblo singular construido en forma de herradura. En uno de sus viajes por la provincia Franco dijo: «Esto está sin pueblos», refiriéndose a los 27 kilómetros baldíos que había entre Manzanares y Valdepeñas. De esa frase nació Consolación.

León y su mujer Juana quieren huir «porque quién queda ya aquí» y ya tienen trazados en su mente hasta tres planes de evacuación. Hacia La Solana con su otra hija; a Membrilla, el pueblo donde nacieron y de donde partieron, o a Valdepeñas donde habitan los clavos que León necesita a tiro de piedra para sellar su miedo a la soledad. El plan de Use es permanecer, volver cada día a dormir, resistir donde ha sido y es feliz, luchar para que no desaparezca ese pueblo nuevo que se le conoce popularmente como el barrio. «Es que no me falta nada, sólo gente. Tengo coche, trabajo en Valdepeñas en un centro de día y tengo allí mis amigos y cuando vuelvo tengo la paz del pueblo, lo que me duele es que se esté quedando vacío». De 300 personas que habitaron Consolación en sus inicios quedan apenas 100, eso sí la mayoría jóvenes pero con trabajos todos fuera del barrio. «Yo no tengo niños pero entiendo que las parejas que los tienen al final busquen otras cosas que aquí no hay».

León mira a su hija atento, con las manos entrelazadas sobre la mesa en un patio de color añil manchego de la casa que el régimen le dio a sus padres. Llora, es de lágrima fácil, especialmente cuando recordar toca. «Yo estoy muy agradecido a Franco, no puedo decirlo de otra forma. En mi casa no pasamos hambre porque mi padre era una aguililla, pero teníamos muchas necesidades y con esto nos dieron la vida». No se le olvida el primer chasquido del interruptor al entrar a la casa y hacerse la luz eléctrica o el agua corriente en los grifos. «Teníamos cubierto el abrigo y la comida y podíamos dar un futuro a nuestros hijos, pero ahora qué hacemos aquí. Ya vendí las tierras, sólo quedan tres personas de mi edad y ahora yo querría vender esta casa y si sigo es por ella». Por Use, que no quiere irse. «Llevo aquí 50 años, pero si al final es lo que toca lo haré, de todas formas ha habido gente que se ha ido y luego ha vuelto y cuando se quejan de que aquí no hay nada siempre digo lo mismo, es que nunca ha habido nada, estos pueblos se inventaron para lo que se inventaron, sabíamos dónde vivíamos y somos lo que somos gracias a que a nuestros padres les dieron esto».

Hay bar, albergue, una piscina, dos molinos que tapan los dos pozos que dan agua al pueblo y donde permanece el símbolo del Instituto Nacional de Colonización (INC); un centro social, calles demasiado vacías, casas de fachadas distintas, muchas abandonadas y otras en alquiler y venta y una fonda que se cae a trozos como muestra de la decadencia de un pueblo de agricultores y granjas avícolas que llegaron a producir el 2% de los huevos que se consumían en el país. Pero el barrio sigue vivo y todavía hay gente que no se quiere ir.

En el pueblo colmena. Trini y Gema Abraham resisten también en cuerpo y alma en Villalba de Calatrava, uno de los cuatro pueblos de colonización, junto a Bazán, Umbría de Fresneda y Mirones, que Franco levantó en 1955 en la finca Mudela, en Santa Cruz, donde solía viajar a cazar perdices, codornices y tórtolas. Tienen 37 y 35 años, trabajan en Santa Cruz y el Viso, pero viven con sus padres en Villalba, el pueblo que se proyectó en forma de colmena y donde resisten durante todo el año sólo dos familias, una de ellas los Abraham-Verdejo. Es la aldea de la escuela devastada, de los grafitis de ‘I love Villalba’ en derruidas fachadas, de la plaza con su pequeño escenario de las verbenas de cada agosto por fiestas y la ermita del retablo de Pablo Serrano como punto de referencia de unas calles sin alma que conforman el panal de una colmena.

Trini habla rápido y con un entusiasmo desmedido de su pueblo. Lo enseña como el que enseña un tesoro, el tesoro de Anastasio, su padre, que llegó allí muy niño desde Las Norias, una finca de labranza a un par de kilómetros. Es el único colono junto a Juan Antonio Altozano que permanece con su familia en el pueblo. El resto son casas vacías o residencias veraniegas de gente que se marchó, vendió o alquiló. «Nosotros no vivimos la dictadura, nos da igual quién levantara esto, lo importante es que es nuestro pueblo, donde hemos crecido y en el que mi padre tuvo una oportunidad».

Trini luchó durante años desde la política por la aldea, por su padre que fue alcalde de Villalba y le pidió que ella continuara; por mejorar los caminos de acceso, por traer servicios, autobuses, contenedores, por generar turismo, que ve como solución a la despoblación de su pueblo, pero se cansó. «Parece que no le importamos a nadie». Ahora, disfruta de cada cena en familia al fresco, de las fiestas locales, de cada matanza en enero y sufre cuando ve ya prácticamente derruido el colegio que dejó de funcionar hace más de 40 años y las pistas en las que la gente joven echaba partidos entre casados y solteros no hace tantos años, cuando todavía había concurso del botijo y pandillas que asaltaban en bicicleta los caminos del Campo de Montiel. «No sé dónde está mi futuro, posiblemente tenga que irme algún día, pero no quiero que el pueblo muera, soy muy feliz aquí». En Villalba, la única y última morada de Anastasio, donde sí se quiere quedar hasta el final aunque no haya con quién hablar.

Bazán, por su parte, tiene bar y eso la convierte en ‘capital’ de los pueblos de colonización de la finca Mudela. Emiliano y su mujer lo reflotaron hace dos años cuando se trasladaron con sus dos niños pequeños allí desde Valdepeñas. Almudena charla con él desde la barra con el primer café con leche de la mañana. Tiene 44 años y su marido José María fue el primer niño que nació en Bazán. «Sus padres fueron de los primeros colonos y él ya nació aquí, fue el primer bautizo del nuevo pueblo».

Cerca del bar, en un banco a la sombra frente a la ermita, resisten al calor del mediodía López Orellana, Ángel Camacho y Aniceto Manzanares, de 96, 88 y 74 años, de los primeros colonos de Bazán. Conversan de la vida, de Franco y de lo que vendrá. «A los que tenían una miaja de tierras les decían que si querían irse a los pueblos nuevos tenían que entregar lo único que tenían y esos se quedaron y los que no teníamos ‘na de na’ más que hambre nos vinimos para Bazán». Desde hace más de un par de décadas son ya dueños de todo aquello que la dictadura les cedió, sin embargo sienten, por la edad, la necesidad de huir de la soledad.

Los mirones de verano. El presente y el futuro en Mirones late por corazones como el de Daniel Velasco, un joven de 29 años que desde muy niño repetía y repetía que algún día se casaría en su aldea, en la ermita. El sábado pasado lo hizo en una ceremonia medieval, rodeado por sus vecinos, amigos y familia. En un lugar recóndito, perdido en el monte, que la dictadura creó a unos 14 kilómetros de Calzada. Allí le dio el sí quiero a Andrea en una fiesta nunca vista en un pueblo donde ya no vive nadie. «El futuro pasa por la caza y la explotación turística y cinegética de la zona. Se puede hacer mucho más de lo que se hace por las aldeas, a mí me gustaría criar a mis hijos aquí».

Mirones, al igual que Umbría, es una aldea que se ha convertido en residencia de vacaciones, ya que el resto del año apenas hay de forma permanente una familia. Prado Pradas pasa el verano entero en su vivienda en la que hace años tuvieron bar y tienda. Tiene 54 y llegó allí siendo bebé, su padre se trasladó del Viso al nuevo pueblo para ser uno de los guardas de la finca Mudela. Le da pena ver el pueblo vacío. «A nuestros padres les costó mucho trabajo levantar estas casas, Mirones se hizo de familias que vinieron sin nada y les dieron una oportunidad, por eso no nos gusta que se hable mal, entre comillas, de estos lugares. Independientemente de las ideas de cada uno, eso hay que reconocerlo».

Prado como Use, Daniel, Trini o Almudena son los nuevos habitantes en estos poblados. Son sus nuevos dueños, el futuro. Los únicos que resisten al envite de la despoblación.

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