La Tribuna de Ciudad Real
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De vuelta a casa

M. Sierra - domingo, 2 de diciembre de 2018
De vuelta a casa - Foto: Rueda Villaverde
'Elisa Cendrero', el primer museo de la capital, una puerta abierta a conocer la Ciudad Real de finales del siglo XIX a través de los recuerdos de una mujer

Yo nunca la vi coser», dice con rotunda sinceridad Elisa Céspedes Medrano, nieta de la mujer que hizo posible que Ciudad Real tuviera el primer museo de su historia, Elisa Cendrero y Arias del Castillo y Fernández de Sierra (1888-1977). «Ella era más de leer libros, conversar, pasear», relata mientras recorre los pasillos de la que también fue su casa. Allí, junto con su abuela, su tía y su madre, vivió hasta los 18 años. Se le nota al moverse por la casa con esa soltura propia de quien no se siente ajeno.  
La casa de Elisa Cendrero fue el primer museo de la capital, por expreso deseo de su dueña. Un palacete de finales del XIX y principios del siglo XX que se levanta poderoso en la calle Toledo, a escasos metros del palacio provincial de la Diputación. La puerta de la casa es señorial, inmensa. Casi un adelanto de lo que espera al visitante al otro lado, un cachito de la historia pasada de la capital. Esta era la entrada al museo antes de que se cerrara para su restauración en un ya lejano 2005 cuando sólo se podía acceder al caserón heredado del que se ha recuperado el brillo propio del palacete que fue. Una puerta que ahora se abrirá solo en ocasiones especiales, pues en esta nueva etapa al museo se accede por un lateral, a través de un largo pasillo, que se levanta justo donde antaño «estuvieron los corrales y las caballerizas de la casa», lienzo sobre el que se dibuja la historia de una reforma, necesaria, pero demasiado larga.
Dice Elisa Céspedes Medrano que llegado el invierno, la vida familiar se trasladaba a la planta de arriba de la casa, que es toda una invitación a conocer la que fue la casa original tal y como la vivieron Cendrero y sus hijas. Uno casi puede imaginarse a las féminas de esta casa moviéndose de una estancia a otra, siguiendo los menesteres de una casa de estas características, en la que sorprenden estancias como la capilla familiar o la sala de lectura donde todavía hoy se guardan algunos de los libros que acompañaron a doña Elisa en su vida. Y luego las del día a día, tal vez más llamativas, como el comedor que la familia utilizó hasta el último momento,-el museo se entregó al Ayuntamiento en 1983-, no muy grande, presidido por una chimenea de mármol que hoy calla los relatos contados en torno al fuego. Frente a ésta, una de las vitrinas que a modo de ventana se acercan a los secretos de la familia, como el de las vajillas que utilizaban, algunas de ellas con la firma de La Cartuja.
De aquella casa que vivió Elisa Cendrero, un museo hoy de 1.500 metros cuadrados, cabe destacar también la amplia cocina, de la que ha sobrevivido la antigua cocina de carbón. Todo lo demás, una suerte de cachivaches culinarios y curiosidades varias del hogar «propias de otros tiempos», que pueden resultar sorprendentes al visitante o sólo un curioso guiño al pasado. Un molde de flores, calentadores de cama, ollas, cazuelas y braseros de brasas, son sólo algunos de esos utensilios que acomodan esta estancia, por la que apenas si pasaba doña Elisa, más amiga de saborear que de cocinar, según el relato de su nieta.
O su dormitorio, todo en madera. Una habitación decimonónica en la que impera el orden y en la que destaca la belleza del armario, del vestidor, y hasta de su cama que se nos puede antojar pequeña, pero sólo antojar. Tal y como está ahora es como la recuerda Elisa Céspedes Medrano, quien también señala que su abuela, reconocida en la ciudad por la labor social y cultural -que la llevó a conseguir a título póstumo el Cervantes de Oro-, era muy dada a aprovechar su tiempo libre para leer en la sala que hoy como ayer antecede al dormitorio, a escasos metros de dónde su nieta dormía. En esa estancia no hay camas sino vitrinas con todo tipo de artilugios de la vida diaria de la familia. Rosarios, guantes, aparatos de radio, un juego de delineación, una amplia colección de abanicos y hasta una vieja máquina que hacía las veces de cine cuando éste ni existía.
Una recreación del baño, de la salita de estar, «que no solíamos usar» que da a la calle Toledo, con balconada, completan la primera planta de este edificio que renace también con la intención de convertirse en sede del Ateneo Cultural. Un recorrido que obliga a fijarse en los detalles, mobiliario del siglo XVII al XIX, una amplia colección de armas de fuego y otras armas blancas «de la familia». El museo hay que mirarlo de arriba abajo, empezando por sus suelos hidráulicos, mosaicos habituales de un pasado más majestuoso que confirman el poder económico de la familia; y terminando por sus techos, con relieves propios de la época. Y con una parada obligada en la escalera principal por la que el visitante además de llegar al museo, comienza a sentirse parte de él . Porque ese es el acierto de este museo y de su reapertura, que está pensado para vivirlo de cerca, y no desde la puerta como ocurre en otros espacios de similares características.
La historia familiar salpica las paredes de este pasillo y las estancias en forma de fotografías en blanco y negro, como en la que aparece junto a su marido, Ramón Medrano y Rosales Maldonado y Medrano, caballero de la orden de Calatrava; y de obras de artes firmadas por artistas reconocidos de la época, como el retrato de su juventud, en pastel, de Ismael Blat en 1929. Sin pasar por alto otras obras que confirman el papel cultural de esta familia en la ciudad y esa idea de que Elisa Cendrero fue una reconocida mecenas, como las que heredó de su familia de Ángel Andrade y las que consiguió de Carlos Vázquez.
El Museo Elisa Cendrero, también archivo histórico municipal, además de permitir conocer un poco de la historia perdida del Ciudad Real de finales del siglo XIX y principios del XX, será sala de exposiciones temporales. La primera, se dedica a un viejo conocido de la familia, el ilustrador y pintor Carlos Vázquez , coetáneo de Joaquín Sorolla y afincado desde muy pronto en Barcelona.
Parte de su obra se reparte a lo largo de tres salas de la planta baja. Llega directa de los fondos del Consistorio, obligados a dormir el sueño de los justo a lo largo de los 14 años que ha durado una restauración que se proyectó para seis meses.
De la colección de Vázquez que recibe al visitante, con obras de pequeño y gran formato, cabe destacar algunos de sus cuadros más pícaros, con un lenguaje respetuoso pero sensual como los que aparecen en el taller de pintura que se ha recreado aprovechando el mobiliario cedido para la ocasión por la fundación Barraquer.
Más abajo, la historia de aquel Ciudad Real continúa, a modo de cuevas, que «salieron a la luz con la reforma pero que todavía no se han abierto al público», explica la heredera de Cendrero que reconoce que eran habituales este tipo de cuevas, lo que confirma que Elisa Cendreros todavía tiene futuro para seguir creciendo y descubriendo al visitantes los secretos de una ciudad con un pasado poco conocido. 
 

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De vuelta a casa Rueda Villaverde
De vuelta a casa - Foto: Rueda Villaverde
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