La Tribuna de Ciudad Real
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Hombres de hierro

Nieves Sánchez - domingo, 2 de diciembre de 2018
De rostros y manos curtidas por el vil metal, los chatarreros de ayer son las empresas de reciclaje del siglo XXI. Negocios que han pasado de padres a hijos, hasta sumar tres generaciones de un oficio en continua revisión

El fin del mundo tecnológico es lo más parecido a la montaña que crece a los pies de los hombres duros como el acero. Es el resultado de un gran destrozo, lo que queda tras la devastación de lo que ya no sirve, de lo viejo. Bajo un cielo de nubarrones entre grises y negros, se alza inmenso un gran amasijo de hierros, de trozos de metal de deshecho. Se perciben restos de electrodomésticos, de lavadoras, estufas y neveras, junto a resistencias de máquinas inservibles, utensilios de mil formas y manejos; hierros retorcidos, chapa descolorida y arrugada, madera y esqueletos de alambre que en un tiempo sujetaron vigorosos aparatos nuevos. Hay de todo y de nada, porque ya todo está obsoleto. Se ven bicicletas sin ruedas, carros sin capazos, sillas y estanterías, bidones oxidados, barreños, piezas que ya no se sabe para qué sirvieron, entre tuercas, tornillos y tubos. Todo eso se ve en la vetusta masa de hojalata oscura como el cielo de un día de perros.
«Una inspectora me dijo una vez que todo lo que hay aquí es un montón de basura y yo le dije eso lo ve usted, porque con lo que yo saco de vender todo esto me gano la vida». Con la chatarra, José Antonio Castellanos, su padre y sus hermanos, se han moldeado a sí mismos. Mientras a ojos de los demás sólo hay ruina y destrucción, suciedad y basura, para el chatarrero el montículo de tentáculos de acero es de proporciones armónicas, es bello. 
La chatarra que les llega cada día es su tesoro, su sustento, su manera de entender el mundo, el trato con gente nada corriente, el frío y el dolor en unas manos de cicatrices curtidas por el vil metal. Es una vida «muy dura», pero es mucho más que eso, es el presente y el futuro del planeta. En ellos y y en sus montañas de chatarra para reciclar están las claves de la supervivencia de la naturaleza. Esta es la vida de hoy de los hombres de hierro, de los chatarreros de esta vasta provincia.
Desde la carretera que une Tomelloso con Argamasilla de Alba se ve el gran cúmulo de chatarra de Desguaces Castellanos, quieto, a la espera. A la entrada de unas instalaciones con grandes máquinas de cortar, triturar y transportar, las hélices de un avión para pasajeros de poco más de 15 centímetros de altos, fabricado de restos de hojalata y madera, gira con el viento a modo de veleta desde que alguien lo construyó hace 17 años. El ruido a hierro quebrado de la radial no cesa, todo lo impregna.
De recoger la chatarra casa por casa, en los descampados y las fábricas, con carros y furgonetas y sacarse «cuatro perras» con la venta de metales, el chatarrero de antaño ha pasado a convertirse en el negocio de reciclaje del siglo XXI en un país que es potencia europea de la chatarra. Ahora ya no van puerta a puerta, la chatarra les llega a sus propias casas, a sus industrias, a plantas de gestión de todo tipo de residuos con cientos de homologaciones para que todo lo que no sirve pase a mejor vida, se reutilice.
Viste pantalón tejano, cazadora de cuero, camisa blanca y habla con una mano en un bolsillo y la otra en el cigarrillo. Es un hombre alto, fuerte, de frases cortas y voz gruesa. José Carlos es chatarrero y a mucha honra desde los 14, cuando empezó a ayudar a su padre en el oficio. «Tengo 43 años y no he querido ser otra cosa, me ofrecieron estudiar o trabajar y yo elegí esto y moriré chatarrero». Vive con orgullo lo que son él y sus hermanos, pero reconoce que hay mucho desconocimiento de lo que hacen. 
La chatarra ha sido un negocio familiar que ha tenido que reciclarse, adaptarse a infinidad de normativas que traen los nuevos tiempos hasta convertirse en una industria solvente que da de comer a muchas familias. «La herramienta ayuda mucho pero es un trabajo muy físico y muy duro, aunque económicamente compensa». En Desguaces Castellanos se recicla todo lo aprovechable, desde aluminio o cobre, que es lo que mejor se paga, pasando por el estaño, chatarras férricas o envases metálicos. Además, son Centro Autorizado de Tratamiento de Vehículos (CAT) por la Dirección General de Tráfico.
La oficina de la planta de reciclaje familiar de Argamasilla de Alba, el negocio que su padre levantó hace 42 años de la nada, es austera, con un mostrador, baños, dos mesas y tres ventanas con vistas a la morralla de hierro. Tubal Castellanos entra por la puerta, con bastón y cientos de batallas a sus espaldas, es el hombre que casi no comparte nombre con nadie. «Pocos conoceréis que se llamen como yo». Pero no podría haber tenido este chatarrero de 79 años, natural de Villarrobledo, un nombre más cabal a su oficio y sus conocimientos. Tubal es un nombre bíblico que representa la forma de trabajar el hierro y el cobre. «Empecé en un local del pueblo y en estos terrenos llevamos ya 36 años y a ello se dedican mis tres hijos, José Carlos, Manuel y Javier, y mi hija María Jesús, que no está aquí pero también forma parte de la empresa, y yo a eso le doy mucho valor, a que estén juntos los cuatro y unidos, a que se lleven bien».
Empezó hace más de 40 años a meterse en un mundo en el que no existía regulación alguna, sin saber lo que valía un kilo de chatarra. No tenía ni idea de eso ni de a quién se lo tenía que vender y aprendió de ver, de observar y perderse por los desguaces de Madrid, de hacer amistades en esos lares e ir dejando un buen nombre, que es lo que ha enseñado a sus hijos, que hay que ser serios y trabajar con honradez, a tener respeto hacia la persona que tratan, tanto si viste corbata y traje de chaqueta como si lleva mono azul de mecánico y tiene las manos manchadas.
José Carlos mira a su padre y se emociona, se le hace bola en la garganta el respeto y el amor que le tiene, hasta quedarse con el corazón en un puño al pensar en lo que llevan andado y limpiarse unas lágrimas que brotan solas de los ojos de un hombre en apariencia duro como el acero. «De él he aprendido todo, nos ha enseñado a trabajar duro, no nos han regalado nada porque hemos sabido hacerlo bien, adaptarnos como se debe a los tiempos que vienen». Sin embargo, repite José Carlos, el chatarrero no está bien visto por la sociedad. «Hay mucha economía sumergida contra la que no hacen nada y se ve como un trabajo marginal, pero si nosotros no existiéramos toda esta chatarra estaría en los ríos y los campos». Era muy joven, contaba apenas con 15 años cuando el aceite del latiguillo de un tractor le penetró la piel, le entró por la mano. «Pensábamos que no lo contaba, por eso tengo así la mano izquierda con esta cicatriz». Gajes del oficio de los hombre de hierro. 
El chatarrero de las antigüedades.

Al sector hay que mirarlo con otros ojos o sencillamente, mirarlo. Miguel Velacoracho Moreno no se siente reconocido en su oficio, «cuando la realidad es que nosotros hemos creado el medio ambiente». «Ahora somos recuperadores o gestores de residuos, que suena más moderno ¡Vamos, chatarreros y con mucho orgullo! Miguel tiene 52 años y es el propietario de Recuperaciones Velacoracho, en La Solana.
Es supersticioso y es el hombre que por tener tres hijas se considera «el más rico del mundo». «Soy chatarrero todos los días del año, porque estoy fuera con mi mujer de viaje o con los amigos y veo una antigüedad y estoy pensando en cómo traerla o cuánto dinero le puedo sacar». El negocio familiar lo inició hace 55 años su padre, Abel Velacoracho, cuando iba por las casas de La Solana con un carrillo recogiendo utensilios antiguos y electrodomésticos en desuso para vender las piezas, en los años de la postguerra, cuando las cosas no estaban fáciles para nadie. «Yo con 7 años ya ayudaba a mi padre en cosas que podía, le pasaba las herramientas, recogía, y con los años me incorporé al negocio familiar», hasta que definitivamente se puso al frente mucho antes de que falleciera Abel hace 16 años.
‘Cuidamos el medio ambiente, de la otra mitad te encargas tú’ reza un gran cartel en la puerta de entrada a la empresa de Miguel, donde lo primero que se ve es un muñeco pelirrojo con un acordeón sentado en una diligencia antigua de colores de alguna atracción de feria, tirada por dos caballos blancos, entre montones de chatarra. Miguel la mira mucho, de hecho le gusta mirarla. «Miro la chatarra con cariño porque es mi vida, me ha enseñado a vivir, es el trato con la gente y a mí eso me encanta». Se emociona también cuando habla de su padre, porque hay herencias, como el amor a lo que uno hace, el sacrificio y la honestidad, que se maman. «Yo tenía problemas en el habla y mi padre sin haber logopedas me levantó, me dio todo, me dio un oficio», el mejor del mundo para Miguel, que ve cada día cómo de cacharros que la gente desecha y él almacena y recicla para darle una segunda, tercera o cuarta vida, sale el pan de sus hijas y un trabajo que le engrandece y le llena. 
«Es cierto que es una vida peligrosa, porque trabajas con sopletes y radiales, yo no tengo mucha maquinaria y el peligro es grande, pero soy feliz con lo que hago». De no haber sido chatarrero hubiera sido arqueólogo, le gusta lo antiguo, por eso conserva desde hace más de 30 años un cuerno de toro que utiliza de salero y que llegó a sus manos entre toda la chatarra que entra a diario a su centro de recuperación de La Solana. 
En el vestíbulo de su oficina hay por todos lados utensilios y muebles antiguos, una máquina de escribir y otra de coser, candelabros, mesas y cajones de madera y todo tipo de artilugios que restaura para venderlos al público. Miguel se ve todos los programas de chatarra de los americanos, que de cualquier cosa hacen un reality y no entiende cómo en España estando a la cabeza en la recuperación de chatarra, ellos no reciben suficientes ayudas, «cuando sin nosotros dime tú qué sería de todo esto». 
Cortan la amalgama de hierros, la prensan, la desmenuzan y la separan, cada cosa para un sitio y con un coste. Son aprovechables el cobre, el bronce, las radiografías, la maquinaria industrial o el acero. La chatarra es todo material recuperable, un oficio «muy trabajoso». En los 35 años que lleva en el sector, el mundo de la chatarra se ha transformado, ha evolucionado en todo. «Ha cambiado sobre todo nuestra propia conciencia, antes hacíamos cosas que iban contra el medio ambiente, pero no conocíamos ni teníamos capacidad para saber el daño que le estábamos causando a la Tierra, con el tiempo nos han ido inculcando la importancia de reciclar, de gestionar nuestros propios residuos».Miguel es el hombre de hierro convencido de lo necesarias que son sus manos y sus conocimientos de chatarrero. 
El triturador de vehículos.

Un coche que entra en el desguace es en su mayor parte bronce, hierro, aluminio o latón. Una vez es triturado, descontaminado y reducido a fragmentos, ese vehículo puede acabar formando parte del marco de una ventana, de la puerta o de la vía de un tren, vete tú a saber. Felipe Martínez, su hermano y sus sobrinos, se dedican a la recuperación de vehículos cada día en Tomelloso, en Desguaces Martínez, uno de los 28 de la provincia que están autorizados como Centros de Tratamiento de Vehículos Fuera de Uso en Castilla-La Mancha, encargados desde 2008 de dar la baja telemática. 
«Mi padre empezó con este negocio hace 39 años, en 1979, y él me enseñó a ir recto y a no aprovecharme de la gente nunca. Nos dedicamos sólo a la recuperación de vehículos, intentamos buscar en el mercado aquellos que sean más modernos para el tema de repuestos, con golpes laterales traseros, porque a un coche anterior al 2000, prácticamente le pierdes dinero», cuenta Felipe orgulloso de haber aprendido todo lo que le ha enseñado este negocio, de la vida que le ha dado, de todo lo que ha viajado y le ha aportado un oficio que no para de evolucionar. «El objetivo de Europa es que se recicle el cien por cien del vehículo, nosotros llevamos ya muchos años haciendo las cosas bien, de hecho la primera  Ley  Integral de Residuos se puso en marcha en España en los años 90». El  75% del acero que se produce a nivel mundial procede de materiales reciclados. 
Adrián y José Martínez, sus sobrinos, son el relevo, la tercera generación de la empresa que levantó su abuelo. Cuidan cada tasación, tramitan las bajas y exhiben como un trofeo un almacén impoluto donde guardan etiquetadas cada pieza. «Este es el corazón del desguace, todas las piezas de repuesto llevan el modelo del vehículo y el año, lo tenemos todo informatizado, sabemos todo lo que tenemos y lo que no». Son el futuro de un sector que pasa de padres a hijos, que ha transitado de la familia a la industria. Los chatarreros de ayer son los gestores de residuos de hoy, pero sobre todo del futuro y así se  sienten ellos, piezas clave en la conservación del medio ambiente. Así lo ven los hombres de hierro, las miles de familias que comen en este país de revivir la chatarra. 

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Hombres de hierro Pablo Lorente
Hombres de hierro - Foto: Pablo Lorente
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