No son los más espectaculares ni tampoco lo pretenden, pero sin ellos el Carnaval en Ciudad Real se reduciría a la mañana del Domingo de Piñata y a algún que otro grupo puntual disfrazado entre semana, casi siempre pasado el ecuador de las fiestas. Son las peñas locales, las que años tras año convierten la llegada de Don Carnal en la excusa para montar la fiesta en la calle, que es donde este reinado se celebró siempre. Entre sus integrantes es posible encontrar amas de casa, funcionarios, abogados, enfermeros, mecánicos, médicos o estudiantes que por unos días, o tal vez unas horas, se transforman en artistas, nativos de Brasil, modelos, indios o cualquier otra personaje. Todo vale, siempre y cuando el disfraz invite a la diversión y esté lleno de color. Es la magia del Carnaval y como toda magia, también tiene su truco que no es otro que dedicarle muchas horas, tantas como ilusión.
En la calle Virgen de la Carrasca, haciendo esquina, se encuentra la sede de la Asociación de Vecinos del Nuestra Señora del Pilar. A falta de unas semanas para que comience el Carnaval, el piso se transforma en un curioso taller de costura comandado por un grupo de siete mujeres que se han convertido, a fuerza de experiencia, en todas unas profesionales de la confección de disfraces. Manoli, Toñi, Josefa, Antonia, Chon, Mingui y Cristina conforman el curioso septeto que habla con La Tribuna mientras trabaja en la decoración del 'tipi' (tienda cónica en la que vivían los indios) que coronará su carroza.
Josefa explica, mientras pega cinta de carrocero en la tela, que lo que están pintando un día fueron las sábanas de paño «de mi dote», ahora recicladas para el Carnaval.
Frente a ella, Cristina y Toñi empiezan a darle color a la sábana con pintura al agua. «Los últimos cuatro meses antes de Carnaval nos juntamos aquí todos los días para ir haciendo cosas». Unos días toca preparar trajes, otros detalles de la carroza y otros complementos. Da igual el tiempo que le dediquen, saben que las últimas jornadas serán maratonianas. Esta es una regla no escrita pero sobradamente conocida por los carnavaleros. Y este año esa regla parece cobrar todavía más fuerza ya que «tanta austeridad» les hizo empezar a trabajar más tarde. Tanto, dicen, que lo más seguro es que tengan que comprar los disfraces «porque no nos va a dar tiempo». Pero solo los disfraces, el atrezo, lo ponen ellas. También esa es la causa de que este año solo participen en el Desfile del Domingo de Piñata y no en el de las murgas del primer domingo. Su ausencia se notará, son medio centenar de personas menos vestidas de Carnaval, en una ciudad a la que le cuesta disfrazarse. Mientras ellas cosen, eso sí, con una parada obligada para merendar, al otro lado de la calle, a eso de las 19.30 horas, los más jóvenes se juntan para ensayar la coreografía.
La Asociación Nuestra Señora del Pilar lleva casi dos décadas saliendo en el Carnaval, cada año disfrazados de algo distinto. Han ido de viejas, de los cuatro elementos, de guerreros, de 'hippies', y así hasta diecisiete disfraces.
Calcular exactamente cuánto cuesta poner una agrupación de este tipo en la calle es difícil, porque no se puede calcular ni la dedicación ni los materiales que cada socio aporta para que el coste no se dispare. A todo eso habría que sumar la cuota mensual de tres euros que pagan los socios (lo que supondría para una peña de 40 personas un total de 1.440 euros al año) y los premios que la agrupación consigue, aunque eso este año más que sumar resta ya que «todavía no hemos cobrado los dos premios de 2011». Un detalle que, sin embargo, no les detendrá.
Los Dinosaurios. Entre Los Dinosaurios, «son los jóvenes los que llevan la voz cantante», dice su presidenta, Consuelo Ortega. «Ellos son los que hacen y deshacen. Yo me limito a hacer las llamadas necesarias».
Ajenos al debate sobre si finalmente la austeridad dejaría herido de muerte el Carnaval de este año, los chicos del grupo Dinosaurio empezaron a trabajar en su disfraz en noviembre. No hubo dudas y la idea salió adelante sin apenas oposición. Este año, han decidido cruzar el Atlántico y traer a la capital un torzo de carnaval brasileño. 'Mojitos y caipirinha'.
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