Los niños son imprevisibles y sinceros. Por eso suponen un constante reto que alimenta, en cada sesión, la puesta en escena con la que Mirta Portillo se trata de meter a su público en el bolsillo. Y casi siempre lo consigue en muy pocos minutos y con un inagotable repertorio de sorpresas. Ayer, en la Biblioteca Pública del Estado, esta afrocubana le echó mucho cuento y desplegó un espectáculo de música, energía, humor y colorido que entretuvo a mayores y pequeños con historias de la tradición oral que despiertan valores para la vida en el marco de un mundo de fantasía.
Desde el corazón de la Habana, esta profesora de adolescentes jubilada, que «tenía que haber sido maestra», según confiesa, encandiló a los asistentes con la historia del dedo pulgar, «el único que se encuentra solo en la mano», y les descubrió por qué el agua de los ríos siempre termina por llegar al mar.
Además, en un ambiente de juego y fiesta, la infatigable narradora hizo uso de su talento narrativo para hablar del mal hábito del chupete, pasada cierta edad. Mientras que a los más mayores les mostró con maestría los problemas que trae consigo no usar correctamente las letras, especialmente la H, en este caso «la gran ofendida». Y, por último, contó las anécdotas de una bruja muy fea, pero muy buena; y estableció las diferencias entre el ratón de campo y el de ciudad.
Vestida de naranja, «el color más tropical», Mirta Portillo acercó a Ciudad Real un poco de su alegría y de un trabajo creativo que nació hace ya 13 años en un barrio de la capital cubana, donde puso en marcha un proyecto comunitario denominado El parquecillo de los cuentos.
La Portillo cautiva. De eso no hay ninguna duda. Logra la atención del público y cierra siempre con un final impactante, de esos que se quedan para el recuerdo. Le gusta enseñar y aprender. Y eso se nota. Considera los cuentos como un puente mágico que le conduce hacia el público y sabe como nadie tejer una atmósfera de complicidad.