Pedro Jiménez, José Luis Merino y Tomás Jesús Serrano durante su ordenación como sacerdotes por el obispo prior, Antonio Algora
Era un poco antes de las 10.30 horas de la mañana y ya no cabía un alfiler en la Catedral, donde los más precavidos acudían con sus sillas y taburetes de casa. Y es que fueron muchos los familiares y amigos, además de la comunidad del seminario, sacerdotes, religiosas, misioneros y feligreses los que ayer quisieron acompañar a Pedro Jiménez (Membrilla, 1984), José Luis Merino (Villahermosa, 1984) y Tomás Jesús Merino (Villahermosa, 1984) en su ordenación sacerdotal.
La eucaristía, concelebrada por algo más de medio centenar de sacerdotes de la Diócesis, fue presidida por el obispo prior, Antonio Algora, quien dijo que siempre es gratificante imponer las manos a los nuevos sacerdotes que luego serán agregados al presbiterio de la Iglesia Diocesana: «Han escuchado y atendido la llamada de Dios y han elegido el Evangelio para decir hoy, Señor, tu conoces todo. Sabes que te quiero», dijo monseñor Algora, quien también habló de que la ordenación de estos tres nuevos presbíteros lleva a que la Iglesia sea más y mejor y a que los diocesanos estén mejor formados.
Durante su homilía, el prelado se refirió también a las noticias con las que últimamente «se han acostumbrado a abrir los telediarios», por lo que aludió a las crónicas de la conferencia episcopal por el derecho a la vida o los reportajes sobre los pecados de los sacerdotes. «No lo traigo para aguar a la fiesta», señaló para a continuación decir, «sino para hablar de los aventurados de Dios que le siguen. Vuestra recompensa será grande en los cielos, ese cielo que abarca también esta tierra», subrayó.
El de ayer fue también un día en el que se vivieron muchos momentos de emoción, sobre todo cuando los tres jóvenes fueron revestidos por el obispo con la estola y casulla tras ungirles las manos como consagrados al servicio de Dios.
Muy cerca de la puerta principal se encontraban Cristina Gómez, Alicia Cazallas y María Caballero. Las tres eran amigas de Pedro Jiménez en Membrilla y del que destacaron su bondad y «lo buena persona que es».
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