Décadas de conflicto han dejado en el país cientos de armas.
La mayoría de los turistas que visitan Camboya disfruta del remanso de paz de los templos de Angkor, pero hay alternativas para quienes buscan emociones más fuertes, como el inmenso arsenal de armas que han dejado décadas de conflicto y guerra civil.
En el Club Feliz de Phnom Penh, en lugar de música o espectáculos de variedades, el cliente se encuentra con que la diversión consiste en disparar un sinfín de armas de todo tipo, tamaño y calibre, en las que los militares camboyanos han encontrado una nueva manera de hacer negocio.
La recepción del campo de tiro, situado dentro de la base militar de Pochentong, es una moderna cafetería adornada con metralletas de época en la que no hay ningún inconveniente en tomarse unas cervezas mientras el instructor de turno presenta el menú.
De primero, un AK-47 que, con 25 balas, sale por 40 dólares, lo mismo que cuesta su versión norteamericana, un M-16, pero solo con 15 proyectiles, a disparar de uno en uno o en ráfaga.
Otras especialidades de la casa son pistolas, revólveres, lanzagranadas, metralletas M-60 y granadas, a 50 dólares la unidad, que «se pueden tirar en un charco de agua o al suelo y ver la explosión», reza el menú.
La estrella es sin duda el lanzacohetes, que sale por 350 dólares, incluido el transporte. «Hay que ir a las montañas, no muy lejos. Pero está muy bien, disparas y ves como el cohete vuela y al final explota», explica Peth, un joven soldado que atiende a los turistas que acuden a la base y que se refiere al puesto como «mi tienda».
Cuatro visitantes hacen el pedido (dos M-16, un AK-47 y una Colt 45) mientras Peth insiste: «¿Seguro que no quieres la M-60? Es una gozada. Esta semana he colocado tres», comenta sin dar importancia a sus 80 dólares.
Vestido con una chaqueta del Ejército del país, el aprendiz de Rambo entra en la sala de tiro, una galería de 40 metros de longitud con una diana al fondo, colgada encima de un montón de neumáticos.
Tras un par de minutos de petardeo, la inversión en el Kalashnikov se ha reducido a una desordenada alfombra de casquillos y un repugnante regusto a azufre de la pólvora quemada.
En tan solo media hora, el establecimiento recibe a otros cuatro turistas y varios ciudadanos que acuden al lugar para hacer sus prácticas de tiro. «Vienen muchos foráneos», según Peth, quien da a entender que el negocio va viento en popa a pesar de que la ley camboyana prohíbe el uso de armas de guerra como las que se ofrecen en el club.
Al principio, en la década de los año 90, los campos de tiro fueron una expresión más de la economía informal hegemónica en el país y que, en su caso, buscaba sacar tajada del excedente de fusiles y pistolas generado durante los años de conflicto.
atracción organizada. Pero, hoy en día, dichos lugares son una atracción de lo más organizada. «Nos lo proporciona el Gobierno. Todo, instrumentos y munición», destaca Peth, que afirma que Camboya continúa siendo un lugar en el que unos cuantos dólares permiten dar rienda suelta a todo tipo de barbaridades.
El último ejemplo es el de Steve Lee, un cantante de country australiano que grabó en un campo de tiro el videoclip de su canción I like guns.
Con más de 1,25 millones de descargas en Youtube, las imágenes muestran al músico cargando y disparando todo tipo de aparatos hasta terminar utilizando un lanzacohetes B-40 contra un coche que el artista acababa de comprar para reducirlo a chatarra chamuscada. «Tuvimos todo el tiempo del mundo y pudimos disparar todo tipo de armas cojonudas que nunca podríamos ni tocar en Australia», manifestó Lee.
El artista aussie es todo un ídolo entre los activistas a favor del derecho a llevar armas en Estados Unidos, donde ya ha sido invitado a actuar en la próxima convención anual de la polémica Asociación Nacional del Rifle.
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