Antonio Gala visita el Museo Nacional del Teatro de Almagro
De palabra irreverente y descarada, gran azuzador de polémicas en el terreno de la libertad de expresión, Antonio Gala (esta vez sí) visitó ayer por primera vez la nueva sede del Museo Nacional del Teatro de Almagro, del que se considera «padre» y gran impulsor junto a su amigo «de siempre» Andrés Peláez, director del espacio y «madre» de la criatura. Media hora tarde a su cita, el periodista y escritor de Brazatortas, aunque cordobés de adopción, irrumpió en la calle Gran Maestre para «morirse de gusto» disfrutando de un legado documental e historiográfico que tenía que estar «por derecho» en la ciudad del teatro por excelencia.
Pasaban las 13.00 horas de un día soleado cuando, acompañado por Peláez y el primer teniente de alcalde del Ayuntamiento almagreño, Genero Galán, el Premio Planeta (El manuscrito Carmesí, 1990) cruzaba el umbral del museo que encierra en sus rincones bocetos de algunas escenografías basadas en sus obras, como la de Pablo Gago para Los verdes campos del Edén, junto al lado de escritores y directores que contribuyeron, finalizada la Guerra Civil española, a modernizar la escena de este país. Un momento en el recorrido del espacio museístico para que Gala evocara imágenes de su memoria: «Lo malo es que al ver estas maquetas recuerdo que soy un anciano y cuando escribí esas obras no lo era».
Son el resultado de los éxitos «sin fracasos» de sus novelas llevadas a las tablas, algunas con más suerte que otras, recordando el maltrecho estreno en 1966, en el María Guerrero de Madrid, de El sol en el hormiguero, del que se recortaron «18 folios». «Aún así yo lo considero un éxito porque disparó la alegre libertad».
Este año se cumplen veinte (1989) desde que la sede del Museo Nacional del Teatro la ostenta Almagro, y cinco (2004) desde que las colecciones se trasladaran a Los Palacios de los Maestres, hoy convertidos en una moderno y acogedor 'baúl' de la farándula española. Pelaez recuerda, así lo hizo ayer ante los periodistas presentes en su visita, los inicios de un proyecto de cuya ubicación tuvo que «convencer» a algunos. «Lo conseguimos (Gala y Peláez) y conseguiremos todo lo que nos propongamos porque siempre apoyaré todo lo que salga de la mente de mi amigo Andrés». Recuerda, aún así, que no se presentaron excesivas dificultades para hacer de Almagro abanderado del teatro nacional, «ya que si existía ese museo y sobrevivía debía ser aquí, en el sitio más atractivo».
Antonio Gala sonríe cuando habla de la tierra roja (Almagro proviene del árabe mág-a-rah que significa tierra roja), ciudad de la que tiene «los mejores» recuerdos y a la que hace mucho que visita pero «desgraciadamente» demasiado tiempo a la que no va: «Almagro significa mucho para mi». Recuerda que fue estando allí cuando Luis López Condés (alcalde socialista de 1987 a 1991) le brindó la posibilidad de asentar en la localidad la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores, llevada a Córdoba. «El primero en ofrecer su pueblo fue Luis, un hombre encantador que hizo algo que no podré olvidar». Precisamente, el escritor se refirió al reciente nacimiento de un «hermanito» de la fundación, concretamente en Portoalegre (Portugal).
biografía. Presume de que ha contado todo sobre sí mismo a lo largo de su bibliofrafía, sobre todo en sus artículos Dedicado a Tobías (1988) o en A quien conmigo va (1994), y aunque inmerso en sus Troneras, de las que recomienda Cuatro graves errores, Antonio Gala prepara, o mejor dicho está «tomando notas», para dar forma a su biografía: «Ahora se han empeañado en que tengo que escribir lo que no he escrito». Por ejemplo, incidir en esa manera suya de hacer gala de no entrar en política que recuerdan posiciones de un Gala que escribía 'No a la OTAN'.
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