Los socialistas han terminado con su operación de relevo: está en la esencia de su filosofía e historia. Los medios de comunicación conservadores dicen que no ha sido perfectamente democrático, ignorando que la perfección solo puede darse en el cielo, y que ni en él ni en sus aledaños hay democracia, ni se la espera. Pero yo creo que el Congreso ha sido un buen ejercicio democrático en una nación en la que otros partidos de fuste, juran y perjuran que no hay nada más democrático que poner de jefe entrante al señalado por el jefe saliente. Pero no nos engañemos, eso, en puridad, ni es un líder, ni siquiera un presidente: es un "jefe", tal como gritaba la derecha organizada por la Iglesia -la CEDA- cuando se creyó en la obligación de combatir a la recién llegada República en beneficio de la monarquía, y que aclamaban a Gil Robles al grito de «¡Jefe!».
Las herencias marcan y nuestros conservadores radicales apenas si han limado algunas formas; pero su filosofía y respeto a los demás siguen siendo los mismos. Por desgracia. Ayer por la tarde, por internet, seguí los resultados del congreso del PSOE. Salté de periódico en periódico para leer opiniones recientes sobre la elección de su líder. Losantos -que no Los Santos- decía en Libertad Digital: «El PP ya solo depende del PP», y por si quedaban dudas de su ácido ninguneo, añadía: «El PSOE es incapaz de ser una oposición leal, de la misma forma que es incapaz de ser un gobierno leal». Los integristas de Intereconomía tampoco se molestan en aparentar buenos modales: «Un "maquiavelo" al frente del PSOE», titula con escasa originalidad y agresiva aversión. Y aquí parecen acabar reacciones "conservaduras", para dar paso a conservadoras más discretas, que supongo que a partir de hoy se irán endureciendo, como es natural.
«Rubalcaba Secretario General por 22 votos», anunciaba La Razón en un titular bastante aséptico, prácticamente análogo a los de El Mundo y ABC; aunque éstos últimos destacaban manifestaciones en torno a las relaciones con la Iglesia Católica, en las intervenciones de los candidatos. Rubalcaba señaló que la entrada del PP puede suponer el atraso de España en las libertades y derechos de treinta años, porque tiene demasiadas prisas en dar gusto a la Iglesia, ansiosa por imponer sus leyes a la sociedad, sin importarle si sus ciudadanos son fieles suyos o no: si eso fuere así, habrá que denunciar el Concordato. Carme Chacón fue más allá: defendió, sin más, la obligación democrática de mantener la laicidad estatal en el s.XXI. El caudal de aplausos que desencadenaron, exige comentario aparte.
En cuanto a los dos periódicos tildados de "progresistas", poco hay que comentar: naturalidad no exenta de tranquila alegría por la victoria de su candidato Rubalcaba en El País, e innegable tensión en Público, que venía a anunciar una dramática división en el PSOE, quizá porque su candidata no había triunfado.