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martes, 22 de mayo de 2012
Opinión
Cuaderno de invierno

El último día de Zapatero

Manuel Juliá - domingo, 05 de febrero de 2012

Aquí termina mi tiempo dijo Zapatero mostrando en los ojos el húmedo brillo de las despedidas. Su rostro estaba lleno de melancolía y sombras. Tenía la sonrisa más leve, también más arrugas y ojeras, y me imagino que un resquemor profundo le iría desde los músculos al alma. ¿Pensaría en la voracidad con la que los sectores reaccionarios de este país se lanzaron a su cuello nada más llegar al poder? Al cabo, como ahora Rajoy, sólo cumplía lo prometido en el programa. Y quería cumplirlo con presteza. Sentía que el esfuerzo reformista de la transición ya había cumplido su fin. Y que era necesaria una simetría con el entorno europeo, y sobre todo, convertir a España en un modelo de progresismo. Pensó que debería dar amplios pasos hacia la libertad en un país harto de maltratarla en su historia.

Así que, con su habitual entusiasmo, abordó la tarea de modernizar nuestras leyes. Lo hizo sin eufemismos ni hipocresías, y por eso en muchos sitios se puso a España de ejemplo. Me acuerdo de la admiración que le tenían en Italia, Inglaterra o Portugal. Pero en tanto, el inmovilismo nacional, la caverna agria y recalcitrante, consideró que al gobierno había llegado el Anticristo. De esas lenguas se escucharon los más vejatorios insultos. Tenían una necesidad angustiosa de masacrarlo y considerarlo un personaje a erradicar. Para ellos, Zapatero cargaba contra todo lo establecido: la religión, la familia, los toros, las viejas costumbres… Por tanto, ese conglomerado de guardianes de la «verdad» y la «patria» se juramentaron para destrozar al personaje con inquina. Felipe González no tuvo que soportar tanta artillería. Fue Zapatero el que sufrió todo el odio acumulado contra la izquierda en los años de la transición. A todo eso él respondía con una sonrisa, un argumento meditado y la fe en sus ideas. Sobre todo en lo que respecta a la solidaridad social. Ahí era perceptible que creía en la defensa de los débiles. Los ancianos abandonados, las mujeres maltratadas, las bolsas de pobreza sentían que había un presidente con la férrea decisión de ayudarles. Con Zapatero fue más firme la justicia que la caridad.

Dicen que su gran error fue cómo trató la crisis. Pero si somos justos hemos de decir que fue un error general, pues nadie supo verla venir ni tratarla con la precaución debida. O que propició un amplio despilfarro público. Pero observemos que de ese vicio pocos se salvan, pues los derroches inundan siglas, instituciones, bancos, familias… Y como lo que aquí escribo no es a débito de nadie, sino en ejercicio de mis percepciones libres, me apetece decir que con este hombre se ha sido injusto. Sobre todo cuando ha sido, al final, el político menos egoísta del reparto.

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