La tragedia se ha convertido en el escenario habitual de los egipcios desde hace unos meses. La primavera árab" ha dejado un gusto amargo, con militares que se aferran al poder y se resisten a aceptar las reglas mínimas de la democracia. Alegan motivos de seguridad para mantenerse en los puestos, que prometen abandonar a corto plazo pero en los que se mantienen sin que se conozca la fecha concreta en que dejen el gobierno. A la amargura, la decepción, la falta de recursos económicos y a las escasas expectativas de futuro se une ahora una nueva tragedia: la rivalidad deportiva entre los seguidores de dos equipos de fútbol ha provocado una batalla campal que ha provocado más de setenta víctimas mortales.
Las escenas dantescas son la prueba evidente de que tienen razón los que afirman que el gobierno aboca a Egipto al desastre, porque los nuevos jefes policiales no conocen su trabajo, el ejército interviene con brutalidad cuando interviene, y la organización de una operación de socorro o rescate es tarea imposible porque faltan medios. Medios que antes existían, lo que da la razón a quienes desde muchos sectores afirman desde hace meses que si no se producen cambios estructurales, empezando por el cambio político, Egipto va al desastre.
La Junta Militar se ve incapaz de controlar la situación, y además la desesperación social ante la falta de esperanzas en el futuro ha provocado que multitud de egipcios no tienen más ilusiones en sus vidas que ver vencedor a su equipo de fútbol, lo que ha generado un fanatismo exacerbado y una violencia que ha convertido los campos de deporte, los campos de fútbol, en potenciales centros de luchas callejeras, producidas por el resentimiento y porque por algún lado sale la rabia y la desazón que los ciudadanos llevan dentro. Todo ello ante la mirada unos gobernantes ineficaces que además no conocen el pulso de la calle.