Ir a ver un partido de fútbol y no regresar nunca parece una estupidez más que una maldición. Es cierto que hay algunas personas que parece que viven de fútbol, pero siempre será preferible a morir de fútbol.
El martes pasado tuve la ocasión de comer, en un restaurante de Miranda de Ebro, horas antes del encuentro que el equipo local iba a librar contra el Athletic de Bilbao. Estaba en compañía de un mirandés, Ernesto Sáenz de Buruaga, y en las mesas se veían bufandas de un equipo o de otro. Algunos comensales lucían la camiseta rojiblanca del Athletic y, de mesa a mesa, se cruzaban miradas de complicidad. De repente, el comedor se llenó con los gritos de ánimo de los bilbaínos, que fueron escuchados en silencio por los mirandeses, quienes, al acabar, lanzaron sus gritos y la entonación del himno. Bromas, risas, fanfarronadas humorísticas, y un ambiente de fiesta, tan amistoso que parecía fraternal.
Los seres humanos no somos tan distintos. La genética de los bilbaínos o de los burgaleses, o de los andaluces, no es demasiado diferente de la de los egipcios,.
He estado en Egipto, conozco a algún que otro egipcio, y nunca he atisbado en ninguno de ellos visos de fiereza, ni de criminalidad. Más aún, siempre he encontrado una señorial cortesía.
Para morir de fútbol hace falta algo más que un partido: un ambiente lleno de odio, un rencor larvado, unas circunstancias donde la animadversión haya llegado hasta más allá de las lindes que dan paso al aborrecimiento. El ambiente político y social de Egipto no es el más propicio para la serenidad, y cuando la abominación contra algo o contra alguien está latente puede estallar en un estadio de fútbol, en una carretera o en la fila de una tienda. Hay un odio frustrado que puede explotar en cualquier momento y que es aprovechado por los demagogos. Lo ha sido en un país que está lleno de cualidades, y en el que la eventualidad del momento le ha llevado a la triste fama de ser escenario de una trágica estupidez en la que se llega a morir de fútbol.