Desde siempre el ser humano ha necesitado modelos para crecer y desarrollarse como persona. Sin duda alguna los primeros modelos en los que uno se fija son sus padres y otros familiares como abuelos, hermanos o tíos. Posteriormente son los maestros y conforme uno crece va tomando a sus ídolos como ejemplos en los que fijarse y a los que parecerse: deportistas, políticos, cantantes, actores…
Así uno va construyendo su carácter y su modus viendi, mezclando lo que le aportan sus genes con todo aquello que ve a su alrededor. Y parece que en los últimos años este «alrededor» anda bastante revuelto. Tal vez sea esa la razón de la pérdida y cambio de valores que sufre nuestra sociedad de hoy en día.
En algunos casos este primer modelo del que hemos hablado, los padres, no inculcan a sus hijos esos principios que son básicos para la convivencia, como la buena educación y el respeto al prójimo, porque ni siquiera entre ellos se respetan y es muy difícil que un niño aprenda por sí solo lo que está bien y lo que está mal, si no se rodea de ellos en sus primeros años de vida.
Y quizás el resto de los modelos tampoco estén cumpliendo correctamente su función de «dar ejemplo» a los demás, del modo en que se debiera, siendo particularmente sangrante el caso de nuestros políticos, por no comentar el lamentable espectáculo de determinados programas de televisión donde lo que se aplaude y se ejercita es el insulto.
Un líder, precisamente porque lo es, porque dirige multitudes, debería conseguir que en él se vean características y valores sanos y enriquecedores para los que le siguen. Y es triste aceptar que últimamente hemos debido acostumbrarnos a ver a muchos de ellos, sean del partido que sean, en el banquillo acusados de corrupción, cohecho, fraude fiscal… Es lamentable ver como nos mienten y como las acusaciones a diferentes ministros o presidentes de comunidades autónomas son el pan de cada día y ya no sorprenden al ciudadano, cuando, pensemos con la cabeza y con cierto sentido común, debería ser un hecho absolutamente inadmisible y minoritario.
Y una vez que esto se ha convertido en una tristísima costumbre, hemos tenido que ver cómo estos delitos se producen, también, en el seno de nuestra familia real.
Imagino que nuestro Rey esté totalmente decepcionado y abatido con el comportamiento nada «ejemplar» de su yerno, porque una de las únicas instituciones que parecía que debía dar ese buen ejemplo y que lo daba, también nos ha fallado.
¿En qué dirección debemos mirar entonces? ¿Qué valores están preconizando actualmente aquellos que deberían darnos lo mejor de sí mismos?
Sin duda alguna no debería ser la avaricia, que parece el único valor de muchos de ellos, lo que guíe su comportamiento, porque de siempre se ha dicho y ahora se está demostrando que «rompe el saco» y además «lleva a la cárcel».
No creo que Iñaki Urdangarín tuviera un mal sueldo ni le costara mucho, aunque él le confesara lo contrario a Fernando Schwartz, llegar a fin de mes. Y no cabe duda de que gozaba de privilegios que muchos mortales no gozarán nunca, entonces ¿Todavía era necesario tener más y más?
Todo, en esta vida, tiene un límite, pero para saber llegar a él hay que usar muy bien la cabeza y tal vez eso, ser sensato, sea lo más difícil de aprender.