Aunque se han esforzado por eliminar la fiesta de San José, tan arraigada en España, se sigue celebrando su tierna figura en muchos lugares y por eso hay tantos que celebran su santo en ese día. Muchos lo han considerado uno de los santos más grandes de la Iglesia por haber tenido la suerte de cuidar y educar al Mesías. La tradición de la Iglesia hizo de él un varón virginal, pues si la Virgen era virgen él debía abstenerse de amarla carnalmente o al menos hasta cierto punto. Aunque pocos reparan en semejante esfuerzo, casi una tortura, para dominar el deseo con quienes señalan que María era prototipo de la nueva mujer y por tanto bellísima, hay varias interpretaciones. Teólogos hubo que señalaron que Cristo, símbolo de la humanidad, debía ser hombre perfecto y hermosísimo; otros dijeron que al contrario, pues son muchos los modos de la belleza y la perfección cristiana es la interior, por lo que sería normal o incluso feo, como Sócrates, una ostra desagradable por fuera y hermosa, una perla, por dentro.
Lo mismo serviría para la Virgen María, madre de Cristo y por tanto de Dios. Sin embargo, la tradición y los fieles han preferido representarla como una hermosa madre. Madre sin sexo. No son pocos los que de tales dogmas dudan, pero ahí están los milagros, para creerlos los que fe tan grande tengan, en estos tiempos promiscuos y procaces, impíos e infieles. Crea o no el lector en la virginidad de María y en la castidad de San José, en cualquier caso se muestran como modelos de una vida en familia, plena de amor y confianza. Para ayudar a la creencia numerosos artistas representaron a este patriarca como un hombre de edad avanzada que se casaría así con la joven virgen, para mostrarlo con menos deseo o tal vez más impotente; sin embargo, no era esa la costumbre en Israel, donde se casaban muy jóvenes y así se evitaban tentaciones a la vez que se daban más frutos, los hijos, tan necesarios para la nación. De haberse casado viejo habría sido un tipo raro. Pero los milagros inundan las Sagradas Escrituras y por eso y por su riqueza simbólica nos maravillan. Lo importante es que se muestra como icono de una vida donde una de las más poderosas pulsiones del ser humano, la sexualidad, por la que las bestias se pelean y a veces algunos se matan, queda subordinada al espíritu y cuando uno se centra en lo esencial, el amor, y así el resto, hasta lo que parece más central deja de serlo y por eso uno se libera del deseo y las pasiones. Lástima que estas lecciones del cristianismo no las tengan asumidas algunos miembros del clero católico, a veces obsesionados por el sexo, del que han de prescindir, oficialmente. Los casos que en varios lugares del mundo han saltado a la luz pública de clérigos corruptos no son los clásicos. Que un cura cometa algún pecado carnal o visite a ciertas señoritas, que haya barraganas, constituye una debilidad comprensible, aunque penosa en quien predica lo contrario. La historia nos muestra una enorme abundancia de tales casos y no pocos obispos y hasta papas con varios hijos ilegítimos. Por eso hubo pensadores que sostuvieron cómo con unos dirigentes tan corruptos, y no sólo por el sexto mandamiento, la Iglesia tenía que estar sostenida, pese a esos tipejos, por el mismo Dios, pues de otro modo una institución así tenía que haberse desmoronado. Pero los escándalos que ahora apartan a tantos cristianos de las iglesias son mucho más graves pues afectan a niños, a criaturas indefensas a las que corrompieron y destrozaron en su ingenuidad. El buen Dios todo lo perdona y así han de hacer sus devotos pero también han de poner medios para que eso no vuelva a suceder y se aparte de lugares clave a los lascivos, a esos curas que van con repugnante falo suelto atacando a los muchachos. Incluso el fundador de alguna nueva congregación religiosa, constituida como una legión y obsesionada por el bajo vientre, se ha visto como un monstruo rijoso e hipócrita. Aunque la mayoría de los sacerdotes son buenos y muchos trabajan para ayudar a los más pobres y miserables, sin que se sepa apenas de ellos, estas ovejas negras vestidas de pastores atraen a las peores manadas de lobos, y con razón. Afortunadamente, el pueblo cristiano y el que no lo es no sigue su baboso ejemplo, pues es un bochorno para todos. Por eso hay tanto cristiano anticlerical. Se trata de seguir a Cristo, más que a los sacerdotes, que a veces nos curan de espantos; pero los curas siguen ahí, para curar los males del espíritu, pues sin ellos sería difícil sostener el edificio construido sobre Pedro. Hay quienes dicen que si esos sacerdotes se casaran, como tantos hay y hubo en el catolicismo, se evitarían tales degeneraciones. Por otra parte, según los Evangelios, Cristo no habló del sexo, sino del dominio del cuerpo, de evitar la hipocresía y lo que nos hace daño, de no cometer adulterio pero también de perdonarnos. El neoplatonismo mezclado con cristianismo produjo desde el ex-vicioso San Agustín unas interpretaciones que hoy muchos discuten. En cualquier caso ahí continúa el ejemplo de San José. Los pederastas sacerdotales estropean su figura y tuercen hasta nuestros pensamientos. Jesús nunca fue atacado por un padre tan maléfico, según creo. Ya pueden hacer penitencia los clérigos y los fieles rezar y velar por ellos. San José, te rogamos por ellos. Ilia Galán
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